SERIE A

Ibrahimovic entra en la pesadilla

El sueco debuta con empate a cero ante la Sampdoria en el caótico Milan de Elliott, el primer fondo buitre de Wall Street que se hace con el control de un gran club de fútbol

Ibrahimovic, durante su estreno contra la Sampdoria.
Ibrahimovic, durante su estreno contra la Sampdoria.DANIELE MASCOLO / REUTERS

El regreso de Zlatan Ibrahimovic a San Siro en la jornada de la Epifanía añadió tanta emoción como incertidumbre al caldero burbujeante en el que se ha convertido el Milan. Los hinchas recibieron al nuevo fichaje con una pancarta colosal: “Bentornato Ibra”. La multitud, que abarrotó el graderío para recibir a la Sampdoria, expresó su anhelo ante la promesa de restitución mágica que supone el fichaje del futbolista sueco en edad de jubilarse. El ambiente era fantástico. No tardó en manifestarse, sin embargo, la penosa realidad orgánica, sellada en el marcador al cabo de 90 minutos entre pitos y reproches: Milan, 12º clasificado, 0; Sampdoria, 16º clasificado, 0.

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Ibrahimovic tiene 38 años. Hace una década, en 2011, levantó el último scudetto que lucen las vitrinas del Milan. Después, el jugador se marchó al PSG a lo que entonces pareció un retiro dorado mientras el club lombardo inició un imparable declive. Su presencia en el campo de juego este lunes animó a los seguidores a intuir que la fuerza del pasado equivalía a la fuerza del presente. Pero Ibrahimovic, con toda su energía contagiosa y sus toques de genio incomparable, no puso término a la senda de descrédito que recorre al club.

El partido multiplicó las incógnitas que gravitan sobre el Milan. Como equipo, es un misterio de mediocridad: Ibrahimovic, semiretirado, es de lejos el más competente del cuadro. Como proyecto empresarial, el que durante dos décadas fue el club más innovador del fútbol europeo, modelo de riqueza y de éxito, se ha transformado en un laboratorio destinado a la experimentación. Desde 2018, es el primer gigante del fútbol mundial gestionado según los principios más extremos de la explotación de activos financieros. Su propietario es Elliott Management, el fondo buitre más famoso de Wall Street.

El enredo fue vertiginoso desde que Silvio Berlusconi, tres veces presidente de la República, vendió el club al enigmático Li Yonghong, por 740 millones de euros. Corría el año 2017. Para financiar la operación, el empresario chino pidió un crédito de 300 millones a Elliott, la compañía estadounidense de gestión de inversiones, uno de los mayores acreedores mundiales de bonos de deuda de empresas y países en bancarrota en lo que va de siglo. En 2018, sucedió lo que Elliott había calculado, según Financial Times: el plan de Li Yonghong de reflotar al Milan con una estrategia de marketing basada en una supuesta base social de fanáticos chinos resultó inviable. La necesidad de hacer frente a intereses de un 11% anual derivó en la insolvencia, y el Milan acabó en manos de Elliott por un coste total de 400 millones. Apenas la mitad del valor de tasación por el que lo vendió Berlusconi unos meses antes.

Maldini, director deportivo

La idea fue de Gordon, hijo de Paul Singer, dueño y fundador de Elliott. En lugar de venderlo barato, el empresario integró al club en su patrimonio convencido de que contaba con herramientas para hacer lo que hasta ahora nadie había conseguido en la industria financiera: desentrañar el arcano que hace del fútbol un negocio demasiado volátil para asegurar grandes retornos. Seducido por las nuevas tecnologías y el empleo de datos a gran escala, Elliott concibió un plan para comprar jugadores jóvenes, revalorizarlos y venderlos, en un círculo virtuoso ideal cuyo único fin sería el enriquecimiento geométrico del Milan y la obtención de beneficios.

En este punto Singer discrepó de Paolo Maldini, su recién nombrado director deportivo. “Todo lo que no sea volver a la Champions antes de cinco años será un fracaso absoluto”, ponderó Maldini, que subrayó la necesidad de contratar futbolistas expertos, además de jóvenes consagrados por el algoritmo de los analistas matemáticos. “Ningún equipo formado íntegramente por jóvenes ganó nunca ni una Champions ni un scudetto”, insistió el técnico.

La plantilla más joven de Italia

El Milan comenzó la temporada con la plantilla más joven de la Serie A y las cosas comenzaron a torcerse. El 29 de septiembre, tras la derrota ante la Fiorentina (1-3), la grada de San Siro clamó contra Elliott en un prolongado cántico: “¡Estos propietarios no nos merecen!”. El pasado 17 de diciembre, después de sufrir una de las humillaciones más duras que recuerda la afición, el 5-0 en Bérgamo, el dueño de Elliott resolvió trascender su lógica económica para internarse en la madeja de la mística. El fichaje de Ibrahimovic, arrancado de su retiro en Los Angeles Galaxy por tres millones de dólares hasta el final de temporada con opción a una más, se parece a una respuesta populista contra la crisis.

Decía a comienzo de temporada Ivan Gazidis, el director general implantado por Elliott, que para conducir al Milan no necesitaba exprimirse los sesos: “Para mí este negocio no es un desafío intelectual. Esto es un desafío emocional. Básicamente hablamos de un grupo de veinteañeros millonarios pateando un trozo de cuero contra una red”.

Hasta hace unos meses, el Milan era un experimento de Wall Street. Ahora se parece a una pesadilla. Zlatan Ibrahimovic es el chamán elegido para resolverla.

UN HISTÓRICO EN HORAS BAJAS

Con siete Copas de Europa, el club italiano es el segundo más laureado en la máxima competición continental. La última la ganó en 2007.

Tres Intercontinentales y un Mundial de Clubes. Conquistó el mundo en 1969, 1989, 1990 y 2007.

En Italia, 18 scudetti. Igualado con el Inter, solo les supera la Juventus, con 35 títulos de la liga italiana.

Ocho Balones de Oro. Lo han ganado con la elástica rossonera Rivera, Gullit, Van Basten (3), Weah, Shevchenko y Kaká, este último en 2007.

La decadencia de los últimos años. Ganó la última liga en 2011 y en las seis últimas temporadas no ha pasado del quinto puesto.

El martirio de Suso: de ídolo a pitado

José Joaquín Fernández, conocido como Suso, fue el único jugador que no aplaudió a la afición de San Siro cuando la megafonía hizo sonar el himno del Milan momentos antes del partido que lo enfrentó a la Sampdoria. Fue como si el español barruntara que le esperaba un calvario de 90 minutos. Acertó de pleno.

Hasta el verano pasado, Suso fue uno de los jugadores con más proyección del Milan. A los 26 años, el zurdo de Cádiz, querido por la hinchada y respetado por sus colegas, disfrutaba de la condición de vértice de casi todas las figuras creativas del equipo. Con la profunda degradación del juego del Milan ningún jugador se ha salvado de cometer imprecisiones de todo tipo. Quizás las más visibles han sido las de Suso. Jugar a banda cambiada por la derecha no le ayudó ayer, cuando se quedó mano a mano con Audero, el portero visitante, y se dejó birlar la pelota por Colley, el central. Fue severamente pitado desde los cuatro costados del estadio.

Stefano Pioli, el entrenador, declaró esta semana en La Gazzetta dello Sport que era un decidido seguidor de los métodos de Pep Guardiola. Dijo que su meta era que el Milan dominara los partidos presionando en campo contrario, manejando la pelota y generando ocasiones de gol a discreción. "No me interesa la posesión sino los remates", apuntó. Lo que se ve sobre el campo cada jornada dista mucho de este modelo. Frente a la Sampdoria, como frente al Atalanta, el Milan lo libró casi todo al juego en largo. Desde el portero hasta los centrales, pasando por el mediocentro, se empeñaron en buscar a Ibrahimovic para que peinara los pelotazos. Ibrahimovic respondió perfectamente. Los que no aparecieron fueron sus compañeros, casi siempre fuera de sitio, y casi siempre errados.

Suso tuvo ocasión de resolver hasta tres jugadas desde la banda derecha en la segunda parte, pero sus centros y sus pases acabaron en la tribuna. La hinchada decidió culparle por unanimidad. Arreciaron los pitos ante el gesto aturdido del andaluz, que se mordía los dedos de rabia. Atento al martirio de su compañero, Ibrahimovic no dejó de animarle con aplausos y con gestos a la grada pidiendo clemencia.

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