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El más duro de los ‘matadores’

Héctor Horacio Scotta no era un artista. Ni siquiera era hábil. Ametrallar era lo suyo. Ese cañonero feroz ostenta desde hace 45 años una marca casi insuperable: marcó 60 goles en una sola competición

Scotta, entre Capón y Pereira en un Sevilla-Atlético de 1977.
Scotta, entre Capón y Pereira en un Sevilla-Atlético de 1977.

No todos los grandes futbolistas saben jugar al fútbol, si consideramos que jugar consiste en crear, combinar, ayudar y, en general, participar activamente en el movimiento del equipo. Algunos nunca se interesaron en hacer paredes o ceder balones a los compañeros: cuando lo hicieron fue por casualidad. Lo suyo era estar ahí, en una órbita completamente excéntrica, y ejercer un efecto magnético sobre el cuero. Que siempre acababa llegando. Un simple toque, dos como máximo en fechas señaladas, y hasta la próxima. Hablo de esa gente que no se dedica al fútbol, sino al gol. Un tipo de ariete cada día más raro en un fútbol que exige colaboración y en el que el delantero está obligado a trabajar también como primera línea de defensa.

Nadie esperó nunca que tipos como Hugo Sánchez, Gerd Müller o Romario de Souza persiguieran a su marcador o bajaran a ayudar a los centrocampistas. Eran maestros en lo suyo, el remate y el gol. De lo otro se desentendían. Pero era maravilloso contemplar cómo se despertaban esos gatos: pasaban en un segundo de la siesta al zarpazo. Y sus compañeros vivían con la tranquilidad de saber que les bastaba con lanzar un balón ahí lejos, al área rival, para atormentar al contrario y enardecer al público. Porque ahí lejos estaba el killer, listo para cumplir con su trabajo.

A Ferenc Puskás, que da nombre al premio anual al mejor remate, le llamaban Cañoncito Pum. A Mario Kempes le llamaban Matador. Ambos apodos serían aún más idóneos para un tipo que tenía un cañón en la pierna y que no mataba, pero casi. Pocos habrán olvidado, en Buenos Aires y en Sevilla, el temor que provocaban sus tiros libres. Y el ambiente fúnebre con que se formaba ante él la barrera, como si no se tratara de proteger la portería sino de alienarse en un paredón de fusilamiento. Héctor Horacio Scotta tenía un golpeo absolutamente violento.

No era un artista. Ni siquiera era hábil. Ametrallar era lo suyo. Hace unos años le contó a la revista El caño que si le dejaban lanzar desde la esquina no miraba a sus compañeros, sino al arco: “Yo pateaba desde el córner para hacer un gol. No tiraba el centro, le pegaba de chanfle a ver si entraba”. Tampoco tenía una gran puntería: “Una vez mandé un tiro libre al segundo piso de Racing”. El periodista José María Muñoz le acusaba de romper a balonazos los carteles publicitarios del Gasómetro, el estadio de San Lorenzo.

Ese cañonero feroz ostenta desde hace 45 años una marca casi insuperable. En 1975, jugando con San Lorenzo, marcó 60 goles en una sola temporada y en una sola competición, la nacional. ¿Alguien imagina anotar 60 veces en una Liga? Cierto que por entonces la temporada argentina se dividía en dos torneos, el Metropolitano y el Nacional, pero es lo mismo. El gran Pelé llegó a marcar 59 goles con el Santos en una Liga brasileña. Messi, durante un año natural (2012), también consiguió 59 goles con el Barcelona en la Liga española. En Argentina, nadie se ha acercado a Scotta.

En España, donde jugó con el Sevilla entre 1976 y 1980, dejó un reguero de conmociones. Un arquero tan curtido como Iríbar quedó en el suelo tras recibir un balonazo de Scotta. Asensi sufrió un impacto de Scotta en la boca del estómago; mientras lo reanimaban, le levantaron la camiseta y vieron que sobre la piel tenía la marca del balón perfectamente impresa, incluyendo las costuras.

Dudo de que alguna vez vuelva a verse a un tipo tan rudimentario y tan espectacular como Scotta.

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