TENIS | US OPEN

Thiem ya no es el chico bueno

El modélico austriaco, ambicioso y en constante evolución técnica y física, celebra su primer grande después de haber perdido tres finales y se consolida como la alternativa más firme a los tres gigantes

Thiem posa con el trofeo de campeón del US Open en la Arthur Ashe de Nueva York.
Thiem posa con el trofeo de campeón del US Open en la Arthur Ashe de Nueva York.Danielle Parhizkaran / Reuters

A punto de comenzar el tie break de una noche al límite desde el punto de vista emocional, Dominic Thiem apenas puede articular la pierna derecha, con el cuádriceps absolutamente contraído. Pero el austriaco, un boina verde con una raqueta en la mano, sigue, sigue y sigue. Ha remontado dos sets en contra y va a darle finalmente la vuelta a un partido que Alexander Zverev tuvo a un centímetro. Sin embargo, Thiem ya no es un proyecto ni mucho menos un aspirante, sino toda una realidad. El 2-6, 4-6, 6-4, 6-3 y 7-6(6), después de 4h 01m, le encumbra por primera vez en un grande y premia a un tenista que dignifica su oficio y en permanente evolución.

“La primera vez que pensé realmente en la posibilidad de ganar un Grand Slam fue hace dos años, cuando jugué contra Nadal en Roland Garros. Perdí pero, desde ese momento, siempre soñé con esto y creí que era capaz de hacerlo”, exponía de madrugada Thiem, cuyo triunfo en Nueva York le desembarazó, de alguna manera, de ese estigma de hombre optimista que choca una y otra vez contra un muro. Cayó aquel 11 de junio en París, también en la final francesa de la temporada siguiente y este año, en Australia, frente a Novak Djokovic. Y temió, claro, que le atrapase el espíritu segundón de Raymond Poulidor.

No quería, de ningún modo, seguir el desafortunado destino que en su día condenó a Ivan Lendl, Andre Agassi, Goran Invanisevic o Andy Murray, derrotados en sus tres primeras finales de un grande. Tampoco, y esto mucho menos, que su fama de chico bueno y deportista modélico le acarree episodios como el que sufrió el año pasado en París, cuando Serena Williams le interrumpió en plena rueda de prensa y solicitó que le desalojaran al enterarse de que el que estaba ahí dentro era él, porque ella quería hablar e irse rápido, y ese tal Thiem (“es una broma, ¿no?”) aún no era nadie.

Pues bien, Thiem ya posee su preciado trofeo y se coronó como el primer jugador de los noventa que alcanza la cima en un major. Se convirtió, además, en el quinto tenista que logra voltear dos sets adversos en una gran final, tras Björn Borg (a Manolo Orantes, en el Roland Garros de 1975), Lendl (a John McEnroe en el RG de 1984), Agassi (a Andri Medvedev en París, 1999) y Gastón Gaudio (a Guillermo Coria, también en el Bois de Boulogne, 2004).

Tierra batida, y mucho más

No es casual el triunfo de Thiem, mayúsculo jugador y el aspirante que más empeño de todos a puesto en ofrecer una alternativa a los tres gigantes. Triunfa el austriaco a los 27 años y en un terreno que tal vez no era el esperado, puesto que lleva colgado el cartel de heredero de Nadal sobre la arcilla, pero su tenis abarca mucho más. Disfruta también en el cemento, terreno en el que el año pasado elevó su primer Masters 1000, en Indian Wells, y donde su arsenal ofensivo ha ido redimensionándose.

Y es que Thiem es un campeón camaleónico, en constante reinvención. Se desprendió el año pasado de la paternalista figura de su técnico desde los nueve años, Günter Bresnik, y formó un combo estupendo con el chileno Nicolás Massú, ganador en 2004 del oro olímpico tanto en individual como en dobles. Una maniobra clave.

Agregó a su equipo en enero a Thomas Muster, el último austriaco que había celebrado un Grand Slam (RG 1995), pero no hubo feeling y en dos semanas deshizo abruptamente la fórmula. No quedó clara la ruptura, pero Thiem siguió adelante con su ambicioso plan y acarició la victoria en el Open de Australia; sin embargo, Djokovic emergió aquella noche australiana del fango y le privó otra vez del éxito, por lo que se llevó otro golpe anímico a la vez que al aficionado reforzó todavía más ese instinto de arrimarse al derrotado, y más en el caso del modélico y resiliente Thiem, todo empeño, todo orgullo, todo resistencia.

Cincelado por el cubano Duglas Cordero, su capacidad de sufrimiento y su físico siguen dando saltos cualitativos y cuando se detuvo la actividad en marzo, como consecuencia de la pandemia, él no echó ni mucho menos el freno de mano. Siguió un duro plan específico de trabajo (“siempre entrega el cien por cien”, señala el preparador) y se puso manos a la obra como nadie, jugando el máximo número de partidos posible. Participó en el polémico Adria Tour, una exhibición en Berlín, Kitzbühel, el torneo ideado por Patrick Mouratoglou en Niza y Cincinnati. “No siento que el parón me haya perjudicado”, advirtió a mediados de julio.

Posteriormente voló a Nueva York, y en Flushing Meadows fue sorteando escollos hasta salir, por fin, en la foto como campeón. “Empecé a tener calambres y fue duro seguir en pie, pero lo hice”, subrayó con la copa entre las manos, tras derribar a Zverev en un desenlace inverosímil. “Hace cuatro años vi que eras especial. ¡Felicidades! Lo mereces tanto… El US Open es tuyo, amigo”, recordó el futbolista Gerard Piqué a través de un tuit acompañado del vaticinio que hizo en 2016: “Dominic Thiem, futuro número uno de la ATP”.

De momento, entra en la lucha directa por ocupar el trono. Gracias a su triunfo neoyorquino se sitúa a solo 725 puntos de Nadal en el ranking y a 1.735 de Djokovic, con Roland Garros en el horizonte. Acudirá allí, por primera vez, con una estrella de campeón sobre el pecho y algo más que una amenaza. Después de un titánico proceso de ascensión, Thiem ya no es solo el chico bueno al que la gente quiere. Ya sabe ganar.

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