LA LUCHA CONTRA EL RACISMO

Craig Hodges, el destierro de la voz negra

Tras conquistar dos anillos con los Chicago Bulls de Michael Jordan y tres concursos de triples del All Star, el escolta de Illinois pagó su activismo político en la NBA con el ostracismo

Craig Hodges junto a Michael Jordan, en un partido de los Bulls en 1992
Craig Hodges junto a Michael Jordan, en un partido de los Bulls en 1992

El 1 de octubre de 1991, cuatro meses después de que los Chicago Bulls de Michael Jordan ganaran el primer anillo de su dinastía en la NBA, Craig Hodges, acreditado triplista de aquel equipo entrenado por Phil Jackson, se presentó en la recepción oficial de la Casa Blanca a los campeones con una misión que trascendía el protocolo. Ataviado con un llamativo dashiki blanco, que deslumbraba entre el sobrio desfile de trajes de chaqueta, el escolta de Illinois quiso ejercer de portavoz de la comunidad afroamericana y le entregó al presidente George Bush una carta de ocho folios. “No pretendo mendigar nada al Gobierno (…), pero trescientos años de esclavitud han dejado destruida a la población negra y es hora de elaborar un exhaustivo programa de transformación social (…) Ojalá estas cuestiones se sitúen en lo más alto de la agenda política nacional”, rezaba parte del texto. Un cuarto de siglo antes del Black Lives Matter, grabado ahora sobre el parqué de la NBA, y de la imagen de Colin Kaepernick, rodilla en tierra durante la interpretación del himno nacional, que costó el ostracismo al quaterback de los 49ers, Hodges emprendió un viaje que también acabó en destierro.

“Los chicos de mi barrio hacían deporte con una intensidad que la gente con recursos o que nunca han sufrido racismo no puede entender. El deporte era como crecer con un billete de lotería. Podíamos tener pocas opciones pero alguna había. Era el deporte o la calle”, cuenta Hodges en sus memorias, ahora editadas en castellano por la editorial Capitán Swing (Tiro de larga distancia. Triunfos y luchas de un activista negro en la NBA). Descendiente de esclavos, hijo del movimiento de liberación negro y convencido luchador por la justicia social, Hodges hizo carrera sintiendo el baloncesto como plataforma vital y, sobre todo, reivindicativa. “El deporte había abierto una brecha en el muro que impedía el paso a los negros, pero admirábamos a quienes intentaban derribarlo por completo. No recuerdo quién ganó qué en los Juegos de México 68. Lo que sí recuerdo es tener ocho años y ver la imagen de Tommie Smith y John Carlos levantando el puño con el saludo del Black Power. No tenían miedo”, rememora el exjugador de los Bulls en su biografía.

Al contrario que en estos días, en los que los Milwaukee Bucks se atrevieron a paralizar los play-offs y figuras como LeBron James lideraron un plante que sacudió el deporte estadounidense, como reacción a la muerte de George Floyd y el tiroteo contra Jacob Blake ―“Demandamos cambios ya ¡Queremos justicia!”, clamó Lebron dispuesto a impulsar el plante iniciado por los Bucks―, Hodges se encontró una NBA en la que la lucha contra el racismo sistémico estaba cercenada de forma estructural a través de “sutiles presiones de propietarios y medios de comunicación”. El 75% de los jugadores y la mayoría de la pléyade de estrellas de la época eran negras, pero el activismo político era tabú como comprobó desde el principio. Después de pasar por Clippers, Bucks y Suns; en 1988, con 28 años, Hodges llegó a los Bulls gracias al impulso de su mentor, Tex Winter, entonces técnico asistente en Chicago.

Un desafío deportivo al que Hodges sumó otras causas pendientes como la denuncia de la brutalidad policial contra el afroamericano Rodney King, la negociación del plan de pensiones de los jugadores o el impulso, junto a la organización de Jesse Jackson, de un boicot contra la todopoderosa Nike por no redistribuir los enormes beneficios que obtenía gracias a la comunidad negra con la contratación de empleados o directivos afroamericanos. “Te entiendo, pero yo no estoy dispuesto a hacer eso”, respondía Michael Jordan a cada una de las tentativas de Hodges pidiéndole su icónico respaldo. Después, en un artículo en el New York Times, acusó al mito de “rajarse” siempre y “esquivar sus obligaciones como modelo social”. Para entonces, Hodges ya acumulaba dos triunfos en el concurso de triples del All Star y muchas reticencias entre los responsables de la Liga.

Vigilado por el poder pero dispuesto a ser fiel a su conciencia y a la huella de Bill Russell, Oscar Robertson y Kareem Abdul Jabbar, Hodges quiso aprovechar su momento de exposición ante el mundo entero. Tanteó la posibilidad de hacer un plante antirracista en el All Star del 91, como el de 1964, y también en el primer partido de las finales ante los Lakers. “Estás loco”, le respondió Jordan. “Es demasiado extremo, tío”, sumó Magic. Hodges ganó el anillo con el equipo de su ciudad, pero su felicidad fue incompleta. “No había aprovechado aquella plataforma para ayudar a mi pueblo a lograr una victoria diferente”, recuerda. “Teníamos un jugador cuya popularidad superaba a la del Papa. Si aquellos Bulls hubieran hablado con una única voz en defensa de las libertades, el mundo habría prestado atención”, recalca Hodges en sus memorias.

En 1992 logró su segundo anillo y el tercer galardón como mejor triplista del All Star. Pero pronto descubrió los límites de la libertad de expresión y las facturas a su espíritu reivindicativo. En una secuencia asfixiante, Jerry Krause le comunicó que los Bulls no contaban con él; su agente, Bob Wolf, también le dio de lado; y ninguna de las llamadas a representantes y franquicias recibió respuesta. Para poder seguir su carrera tuvo que volar a Italia donde jugó una temporada en el Cantú. A su regreso, la depresión se convirtió en rabia y denunció a la NBA por discriminación racial. Los abogados de la Liga se ventilaron el pleito con suficiencia. “Es absurdo pensar en una conspiración”, declaró el comisionado David Stern. Hodges perdió el juicio y fue vetado hasta para entrenar en un pabellón de Chicago del que Jordan era copropietario.

Tras gastar la indemnización de los Bulls en pagar su acuerdo de divorcio, cayó en la ruina y se vio obligado a vender sus dos anillos de campeón y su colección de trofeos y camisetas. La condena silenciosa se prolongó 13 años, hasta 2005. En su reenganche con los Lakers, Philip Jackson decidió reunir al exitoso equipo de trabajo que le acompañó en Chicago, con Tex Winter como mano derecha. Ambos se acordaron de Hodges y le contrataron como entrenador de tiro. Allí permaneció seis años y vivió la conquista de otros dos anillos.

Sus hijos, Jibril y Jamaal se titularon en la Universidad Estatal de California en Long Beach. Jibril lo hizo además como el mejor triplista de la historia de la universidad, pero no recibió ninguna opción para probar con algún equipo de la NBA. “Nos sentamos a menudo en el sofá y vemos a los chicos con los que creció, como Steph Curry, y charlamos de cómo podía haber sido todo si yo hubiera seguido las normas. O si otros hubieran estado dispuestos a luchar conmigo”, reflexiona Hodges. En 2015 la ESPN le propuso grabar un documental y le llevó ante la valla de barras negras que rodea la Casa Blanca para leer aquella carta que le entregó a George Bush padre, vestido con el mismo dashiki. “Pensé en las vidas arrebatadas por la policía, en la lucha de mis antepasados, que fueron traídos a Estados Unidos en concepto de propiedad. Pensé en los que nunca tendrán una oportunidad. El mundo es diferente, pero sigue siendo el mismo. La competición es dura, pero pelearé hasta el bocinazo final. Para que cuando este llegue mis hijos sepan que hice cuanto pude. Se lo debemos a nuestros antepasados. Se lo debemos al futuro”, cierra Hodges en su biografía.

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