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El vértigo de una campeona olímpica

Maialen Chourraut, oro en aguas bravas en Río 2016, cambia su preparación tras dos años de problemas físicos y por primera vez en años sale al extranjero de ‘pretemporada’

Maialen Chourraut, en un entrenamiento en lel río Segre el pasado día 14.
Maialen Chourraut, en un entrenamiento en lel río Segre el pasado día 14.

La resaca de un oro olímpico dura tanto que hay deportistas —como Maialen Chourraut, campeona de aguas bravas en Río 2016—, que llegan a desear no haberlo ganado. “Alguna vez lo he pensado, no te dejan vivir. Quieres entrenar y no puedes organizarte. Entrenar no es ir de pachanga, no es ir un poquito al gimnasio y luego a remar. Tienes unos objetivos y no puedes prepararte para ellos. Y yo, si estoy centrada en una cosa, solo hay eso, no soy multitarea”, confiesa sentada en un pequeño restaurante frente al río Segre tras pasar la mañana entrenando bajo la mirada de su entrenador y pareja, Xabi Etxaniz. Todavía tiene el pelo mojado.

Aguerrida, luchadora —"arisca”, como le gusta definirse— y peleona, Maialen solo piensa en el Mundial de la Seu del próximo septiembre y en los Juegos de Tokio 2020. Ha dejado atrás dos años muy complicados que le han impedido entrenarse bien. Sufrió vértigos y mareos a diario durante 12 meses. Una vez recuperada, encadenó varias infecciones y, tras meses de dolores en una costilla, descubrió que se estaba soldando. Había tenido una fractura sin diagnosticar, posiblemente de tanto toser por un catarro.

No le gusta hablar del pasado, dice que no quiere parecer una quejica. No lo es. En lugar de tomarse un respiro, parar y curarse, decidió seguir compitiendo, aunque no podía subirse con continuidad a la piragua. Entrenó como pudo entre octubre de 2016 y febrero 2018. Esta temporada no ha tenido vacaciones, y ha cambiado la preparación para recuperar el tiempo perdido y ponerse ya en modo Tokio. “No queda nada para los Juegos. Quiero hacerlo lo mejor posible. Me gusta competir siendo competente para poder estar en la pelea. Si estoy en la pelea, tengo con qué soñar”, cuenta con la garra que la caracteriza. Está de buen humor y ya se ríe de todo lo que sufrió en los meses anteriores. Le diagnosticaron vértigo posicional benigno. Le mandaron unos ejercicios específicos y le dijeron: “Tranquila, en 21 días se te pasa”.

“Cada día Xabi me preguntaba. Al día 14 seguía igual, al 17 también y el 20… Pero, efectivamente, el día 21 se fueron”, recuerda. Y fue una liberación. El primer episodio de vértigo lo tuvo en octubre de 2016. “No sé qué los generó. Sé que el día que tuve el primer episodio me volqué muy fuerte en el canal y también empezó con los primeros compromisos fuera de la Seu. Tuve muchos viajes ese año. Los días que tenía competición siempre soñaba que tenía vértigo y me despertaba con vértigo. No me podía mover y me preguntaba: '¿Estoy soñando o es que tengo vértigo?' Me movía y uaaa, era vértigo”, cuenta.

“Al principio no cogía ni el coche ni la bici. Tenía miedo de dar volantazos, pero luego te das cuenta de que te da siempre en los mismos gestos. Y aprendes, pero hasta entonces igual pasa un mes y medio”, añade. No dejó de entrenar, simplemente evitaba aquellos gestos que le provocaban los vértigos. No esquivaba puertas en el canal y entrenaba siempre de pie en el gimnasio. Eso le hizo perder movilidad, seguridad y reflejos. Para recuperarlos, Xabi introdujo aspectos nuevos en la preparación. “Se llaman circuitos de trabajo cognitivo. Los hacemos en con saltos y plataformas. Es un trabajo de acción-reacción en el que hay que moverse de un lado a otro esquivando balones, lanzando pelotas o haciendo malabares”, detalla Xabi.

"No puedo parar"

“Pensé que los vértigos me iban a durar toda la vida y que estaba tarumba. Me decía: igual tengo ansiedad y no lo sé porque vivo feliz y tranquila”, analiza Maialen. “Luego te acostumbras. A mí me duraban tres segundos, pero me quedaba todo el día la sensación de mareo de coche, como si hubiera pasado cinco puertos de montaña”, matiza. “Se acostumbró porque tomó la decisión de acostumbrarse y hacer como si no los tuviera”, interrumpe Xabi. “Al mes y medio, me dije: 'A tomar por saco, es que tengo que ponerme fuerte. No puedo parar’. Aun habiendo ganado los Juegos no tenía la plaza en el equipo, había que hacer las pruebas de selección y antes las copas de España. No podía dejar de entrenar un año, no podía quedarme fuera del sistema. Decidí seguir a ver si se me pasaba y mirarlo todo a final de temporada”. Y así lo hicieron.

Solucionados los vértigos con la visita a un otorrino de Madrid, empezó a tener dolores en una costilla y a encadenar una infección tras otra. Meses después descubrió en un tac que se estaba soldando. “Ahí sí que no podía subir a la piragua por el dolor. Ahora bien, como no podía hacer otra cosa que cocinar, en casa comían todos los días como si fuera domingo”, cuenta entre carcajadas.

Se le ilumina la cara cuando se le pregunta por lo que más disfruta ahora. “Sentir la ligereza en el agua… no tengo palabras para describirlo. Es la caña-recaña poder volver a hacer maniobras y remar”, contesta. A principios de enero volará a Australia, a entrenarse durante dos meses en el canal de los Juegos de Sidney donde competirá a finales de febrero (Oceanía Championship y Australian Open).

Lleva años sin salir de la zona de confort del canal de la Seu que conoce como sus bolsillos. “Normalmente, el comienzo de temporada era más enfocado al trabajo de concreción y observación. Este año la hemos cambiado, vamos más a la confrontación y a la competición porque Maialen tiene que recuperar eso, el punto mental competitivo más que fisiológico”, apunta Xabi. “Me quedé con muchas telarañas en el cuerpo, me falta juego. No uso igual el cuerpo. Los entrenamientos cognitivos me han venido bien porque estoy mejorando en equilibrio, seguridad, atención y reflejos. Y ahora necesito competir y probarme con las demás”, concluye Maialen que a sus 35 años dice que no tiene ninguna gana de retirarse.

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