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El poder y el escudo

Es el signo histórico, emocional y aglutinador de los hinchas, el corazón gráfico que distingue a cada club de los demás

Josep Maria Bartomeu, en la Asamblea de Compromisarios del Barça. En vídeo, declaraciones de Bartomeu en Catalunya Ràdio.

Nadie duda de la representatividad simbólica del escudo. Es el signo histórico, emocional y aglutinador de los hinchas, el corazón gráfico que distingue a cada club de los demás y, por lo tanto, la señal básica de pertenencia a un equipo, aunque eso nunca ha evitado retoques y variaciones de toda clase en los escudos. Probablemente no existe un equipo en España que no haya modificado su principal recurso simbólico. El Barça lo ha rediseñado 11 veces en 119 años. Es decir, un repaso estético cada 10,8 años, promedio que se puede calificar de bastante ligero. El domingo, sin embargo, la asamblea de compromisarios, representante legal de los 120.000 socios del club, rechazó de tal manera la propuesta de modificación del escudo que no se llegó a votar. El presidente Bartomeu ordenó una retirada estratégica y apartó el conflictivo punto del orden del día. Este lunes declaró la defunción del nuevo escudo. Ha muerto antes de nacer.

Pocas veces ha sido más previsible una derrota. La directiva no entendió que el rechazo no tenía nada que ver con las emociones, ni con la estética, aunque lo pareciera. Se trataba de una cuestión de poder. Lo que ocurrió está relacionado con la difícil supervivencia de las viejas estructuras societarias en el modelo actual del fútbol, edificado sobre las sociedades anónimas y no sobre la propiedad popular, sin ánimo de lucro mercantil, como ocurre en España con el Real Madrid, Barcelona, Athletic y Osasuna, únicos exonerados por la ley que consagró el nacimiento de las Sociedades Anónimas Deportivas en 1990.

El caso del Real Madrid y del Barça es más relevante que nunca. Todas las ventajas de su peculiar estructura, comenzando por un presunto mayor control social y un grado superior de actividad democrática dentro de los clubes, se encuentran más cuestionadas que nunca por la transformación del fútbol en una apabullante plataforma de negocios. Frente a los nuevos depositarios del poder —banqueros estadounidenses, jeques árabes y oligarcas rusos—, los dos grandes clubes españoles afrontan el futuro con un margen de maniobra cada vez menor. Entre otras cuestiones, están limitados por un modelo que impide ampliaciones de capital salvajes, especular con las acciones y entregar el club a un solo inversor. Es posible que estas limitaciones tengan algo que ver en la misteriosa atonía del Real Madrid en los tres últimos mercados de verano.

Hace tiempo que el Barça y el Real Madrid mantienen una delicada convivencia con la estructura económica dominante en el fútbol. Con toda seguridad esa relación se transformará pronto en resistencia y quién sabe si en capitulación, aunque suene a quimera. El fútbol se mueve a la velocidad de la luz en todos los ámbitos: en las reglas que lo transforman en el campo de juego y en las decisiones que señalan su futuro empresarial. En medio de este agresivo panorama, el viejo modelo se resiste como puede. Esa fue la cuestión que se dirimió en la asamblea del Barça, con el escudo como coartada.

Aunque a través de una decepcionante participación —600 compromisarios representaron la opinión de 120.000 socios—, la asamblea utilizó el debate sobre el escudo para proclamar su poder y colocar a los dirigentes en una situación de derrota sólo posible en el viejo modelo que sostiene al Real Madrid, Barça y Athletic. Cuando los representantes de los socios observaron la magnitud de su victoria, se crecieron y torpedearon el nuevo límite de deuda que pretendía fijar la junta de Bartomeu, típica propuesta que las directivas saben tramitar en las asambleas con una buena dosis de vaselina. Esta vez, no. Los socios comienzan a comprender que su modelo está en grave peligro y que no hay mejor resistencia a los tiempos que vienen que proclamar su poder, si es necesario a voz en grito.

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