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El ‘crimen’ del entrenador

Es difícil afirmar que a un entrenador lo echan sus propios jugadores. Habría que demostrarlo, y entonces penetrar en el terreno de lo absolutamente sutil

Leo Franco da instrucciones a los jugadores del Huesca durante el partido ante el Valladolid, antes de ser cesado de su cargo.
Leo Franco da instrucciones a los jugadores del Huesca durante el partido ante el Valladolid, antes de ser cesado de su cargo. EFE

¿Pueden los jugadores echar al entrenador? ¿Cómo se hace? ¿Hablan con la directiva? ¿Le envían al presidente una carta anónima, escrita con letras recortadas de revistas, de diferentes tamaños y colores? ¿O encadenan malos resultados simplemente? ¿Ignoran las indicaciones del técnico? ¿Escatiman sacrificios? ¿Se rinden al derrotismo, jugando a estar cabizbajos, sin confianza? El fútbol es una fábrica de preguntas. Algunas ni siquiera pueden hacerse, solo pensarse, como si fuesen tonterías de cuarta categoría. Quizá lo sean. Pero quién no ha mirado de reojo, alguna vez, a la plantilla que sobrevive al despido del entrenador. En silencio, sin pasar de ahí. El fútbol posee sus propios tabúes, a los que espía con los ojos tapados, haciendo que no existen. Al fin y al cabo, se trata de un microcosmos en el que hay de todo, aunque en pequeño.

Es difícil afirmar que a un entrenador lo echan sus propios jugadores. Habría que demostrarlo, y entonces penetrar en el terreno de lo absolutamente sutil, y quizá inexistente, o ficticio. Pero no es raro pensarlo. Muchas veces la tribulación de un equipo en crisis esparce toda clase de recelos, hasta ese punto exasperado en el que cualquiera se vuelve sospechoso, a la manera de Asesinato en el Orient Express, cuando en sus primeras impresiones Poirot constata que todas las personas que compartían vagón con el asesinado, desconocidas entre sí, en algunos casos de distintas nacionalidades, tenían un motivo para matarlo. Los futbolistas son quienes sobreviven a una crisis de resultados que, salvo excepciones, se lleva al técnico por delante. Su culpabilidad es no pocas veces el efecto de una suposición, y también de un precio, más asequible que el de despedir en su lugar a una parte o a toda una plantilla.

El despido del entrenador es un crimen perfecto. No digamos si, con su sustituto, el equipo frena su caída y empieza a ganar. En poco tiempo ni siquiera se recuerda que antes hubo un técnico con el que todo iba mal, y al que hubo que echar. Ese crimen desaparece. Y las ganas de investigarlo también. Qué más da quién fuera el verdadero culpable: lo importante es que parecía serlo el entrenador. Hay un relato de Roald Dahl, titulado Cordero asado, en el que un marido llega a casa y le dice algo a su mujer que el narrador no desvela. Se supone que le pide el divorcio. Ella se limita anunciar que preparará la cena. Saca una pierna de cordero del congelador e, inopinadamente, golpea con ella la cabeza de su marido y lo mata. Después va a la tienda a comprar patatas y guisantes para al guiso, y al volver, ve al esposo tendido. Llora amargamente. Ni siquiera finge. A continuación, llama a la policía, que se pone a buscar el arma del crimen. Mientras, la mujer invita a los polis a cenar. Cando se comen el ultimo trozo de cordero, uno dice que el arma debería ser fácil de encontrar, pues la víctima tiene el cráneo hecho trizas. “Tiene que estar en casa”, señala. “Probablemente bajo nuestras propias narices”, afirma otro.

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