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Pequeñas zonas de guerra

El fútbol formativo lleva años convertido en un gran agujero negro por el que, demasiado a menudo, se cuela lo más nefasto de una sociedad desnortada

Partido de fútbol base con los padres fuera del recinto este pasado mes de abril.
Partido de fútbol base con los padres fuera del recinto este pasado mes de abril.

A Álvaro José, un niño almeriense de nueve años, le rompieron la tibia y el peroné durante un partido de benjamines el pasado fin de semana. El chasquido de los huesos fue tan fuerte que el escalofriante sonido se recoge en un vídeo grabado desde la grada, a varios metros de distancia. También la displicencia del colegiado, que justifica como reglamentaria la entrada y señala saque de banda. Mientras el muchacho se retuerce de dolor sobre el campo, y para terminar de componer una escena que sobrepasa en varios tonos de negro lo dantesco, un adulto lo increpa al grito de “¡anda, anda, farsante!”.

El fútbol formativo lleva años convertido en un gran agujero negro por el que, demasiado a menudo, se cuela lo más nefasto de una sociedad desnortada, agria y ridícula. No son pocos los campos de juego convertidos, cada fin de semana, en pequeñas zonas de guerra donde los niños saltan al campo con sangre en el ojo, alentados por entrenadores absurdos que confunden a un equipo de alevines con el Manchester United y jaleados, a su vez, por una jauría de padres que disfrazan de pasión sus propias frustraciones. A unos y otros no parece importarles demasiado si sus cachorros disfrutan o no, ni siquiera el grado de aprendizaje o evolución formativa que alcancen con la actividad extraescolar, de ahí que la pregunta más común frente a un niño futbolista sea, todavía, el clásico “¿ganasteis?”.

Hace años, en las escuelas deportivas municipales de Poio, recibimos la visita de Baltazar, aquel mítico delantero del Celta al que la prensa apodaba el Artillero de Dios. No se dejó un solo detalle al azar. El campo se decoró con vallas, balones medicinales, bancos de abdominales e incluso tuberías de cemento sobre las que, los más habilidosos, eran capaces de desplazarse como leñadores canadienses, adelante y atrás. A la señal del concejal de deportes –mi padre, para más inri- los entrenadores comenzaron a marcar el paso con sus silbatos y los figurantes, docenas de niños vestidos de futbolista, interpretamos aquella danza castrense lo mejor que pudimos. Baltazar debió quedar tan impresionado que, al ser conducido a la caseta de vestuarios para completar la visita, se giró hacia mi padre y le preguntó: “¿Aquí es donde guardan las armas?”.

Muchas cosas han cambiado desde entonces pero no la más preocupante de todas: la participación devastadora de adultos deformados en lo que, a ciertas edades, no debería pasar de un simple juego entre niños. Lo sucedido esta semana en Almería, además de focalizar un grave problema por enésima vez, ayuda a identificar algunos de los resortes que permiten perpetuar estas actitudes generación tras generación: la condena tibia, la naturaleza fatalista del asunto, la contraposición de la mayoría silenciosa frente al energúmeno que llama farsante al niño de los huesos rotos… Se trata, en definitiva, de remarcar la excepcionalidad del hecho para no tener que afrontar una realidad tan descorazonadora como habitual.

Álvaro José, por cierto, necesitó de cirugía urgente para tratar de reparar sus graves lesiones, una de ellas “cerrada con unión defectuosa” según el parte médico del Hospital Mediterráneo. La pregunta ya no es cuántos meses tendrá que esperar el habilidoso muchacho antes de poder jugar al fútbol otra vez, la pregunta es si querrá.

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