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Modric y el buenismo

El croata es el único futbolista visitante que juega entre silencios en el Camp Nou

Modric, defendido por Franco Vázquez, este miércoles en el Pizjuán.
Modric, defendido por Franco Vázquez, este miércoles en el Pizjuán. Getty Images

A Luka Modric siempre lo ha monitorizado el aficionado blaugrana con cierta aflicción, como esos padres que observan al hijo predilecto persiguiendo su propio destino, alejándose con cada decisión de una vida que, durante años, planearon a sus espaldas. Al principio, llamó la atención su más que razonable parecido físico con Johan Cruyff, apenas un chiquillo de nariz afilada que comenzaba a despertar el interés de los grandes clubes europeos defendiendo la camiseta del Dinamo Zagreb. Luego llegaría su desembarco en la Premier League, que se ocupó de estrechar todavía más el vínculo. Enrolado en aquel Tottenham vigoroso, junto a Gareth Bale o Peter Crouch, la parroquia culé detectó en él un abecedario común, las cualidades propias del futbolista menudo y magnético que despachaba el mediocampo con idénticas herramientas a las utilizadas por Xavi o Iniesta en su propio jardín. Entonces, sin apenas reparar en ello, sucedió lo impensable.

Su llegada al Real Madrid, por expreso deseo de Mourinho, sorprendió a propios y extraños, tan inflamado el club blanco en su papel de némesis azulgrana que la pausa del croata sonaba a rendición. Era aquel un equipo en el que juego y relato parecían tejidos al contrataque, en el que no se entendía la felicidad sin vértigo, el beso sin arañazos. En ese Bernabéu con alma de hipódromo aterrizó Luka Modric y sus modales suaves de monje escribano: fino en el trazo, detallista hasta el extremo, maestro del color. En Barcelona, por el contrario, sus primeras actuaciones se digerían con cierta soberbia pública “no tiene sitio en este equipo”, se decía- pero con un dolor sordo, íntimo, inconfesable.

A Modric se le puede reconocer sobre el césped del Camp Nou con los ojos cerrados. Es el único futbolista visitante que juega entre silencios, una consideración que los aficionados más respetuosos con las tradiciones del Estadi reservaban para los ídolos locales. Una de las grandes revoluciones del cruyffismo fue precisamente esa: la de interpretar los partidos valiéndose del oído, sin necesidad de clavar la mirada sobre el terreno de juego durante los noventa minutos. Al croata se le pita y ultraja como a cualquier rival -lo cortés no quita lo incendiario- pero a lo largo del partido siempre se encuentra un minuto para guardar silencio, obviar el color de la camiseta que defiende, y recrearse en la partitura que desprende su fútbol.

Muchas cosas han pasado desde su llegada a España, allá por 2012, alguna de ellas esta misma semana. Luka Modric ha sido galardonado como el mejor futbolista de la pasada temporada y su nombramiento no ha suscitado la habitual catarata de lisuras y objeciones que solían acompañar a las coronaciones de Leo Messi o Cristiano Ronaldo. En Modric hay algo de Xavi, de Iniesta, de Pirlo, de Gerrard… De todos aquellos centrocampistas olvidados por la tiranía del gol pero también por la estupidez de unos premios que se empeñan en retratar el fútbol como una disciplina individual, como un vulgar concurso de solistas. Que la FIFA haya decidido premiarse a sí misma con Luka Modric supone una espléndida noticia para todos, también para quienes reniegan del fútbol inteligente, lacónico y preciosista que representa el croata. Esta vez sí, ganó el buenismo.

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