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¿Qué es estar a la altura?

Competir en casa funciona como una poción mágica y te hace sentir que todo cuesta menos pero también provoca un exceso de responsabilidad

Laura Gil, con el balón, ante Kim Mestdagh en el España-Bélgica. Ampliar foto
Laura Gil, con el balón, ante Kim Mestdagh en el España-Bélgica. EFE

Es increíble cómo motiva saber que el público está contigo, que tus familiares podrán verte en directo sin una pantalla de por medio, y cómo esa motivación funciona en el organismo de la misma manera que una poción mágica y te hace saltar de la cama con la sensación de que todo duele menos, que todo cuesta menos.

¡Jugamos en casa! Normalmente utilizamos esta expresión cuando tratamos de transmitir que todo será más fácil, que todo está a nuestro favor. Pero no deja de ser curioso que cuando lo pienso como deportista me invada una sensación contradictoria. Quizás el Mundial de gimnasia rítmica de 2001 que disputé en Madrid tenga parte de la culpa. Recuerdo el temblor que creaba el movimiento de piernas de la afición en las gradas que colocaron en el IFEMA. Tenía la sensación de que en algún momento se vendrían abajo. El público gritaba y animaba como yo nunca antes lo había vivido hasta el punto de que apenas podía escuchar la señal de la música que daba comienzo a mi ejercicio. Nunca me había sentido tan querida y al mismo tiempo con tanta responsabilidad. Se disputa el Mundial de baloncesto y ¡jugamos en casa!

Cuando pienso en las lesiones con las que seguramente lleguen algunas jugadoras, ya sean crónicas o de última hora, y que van a tener que soportar a lo largo de estos días, siento que jugar en casa puede hacer las veces de anestésico. Es increíble cómo motiva saber que el público está contigo, que tus familiares podrán verte en directo sin una pantalla de por medio, y cómo esa motivación funciona en el organismo de la misma manera que una poción mágica y te hace saltar de la cama con la sensación de que todo duele menos, que todo cuesta menos.

También es gratificante sentir que los medios de comunicación se vuelcan en el seguimiento de tu deporte, ese que habitualmente está más descuidado y con menos páginas y presencia en informativos cuando se celebra en tierras lejanas.

Como deportista me gustaba esa atención porque me hacía sentir que lo que hacía interesaba a los demás, pero sobre todo porque por fin tenía un altavoz para explicar por qué el deporte que ocupaba las 24 horas de mi día tenía sentido para mí. También era la oportunidad para desmentir todo aquello que no describía mi convivencia con el alto rendimiento. Me daba la posibilidad de expresarme con voz propia. En voz alta.

Pienso en las jugadoras y no puedo evitar ver un recorrido de nuevos compromisos que uno no tiene cuando un gran acontecimiento como es este mundial se celebra en nuestro país. Y es aquí donde quería llegar. Como deportistas agradecemos la atención de los medios, faltaría más. Pero a menudo la obligación de estar a la altura de lo que otros esperan de ti —que en muchas ocasiones no tiene que ver con tus expectativas y lo que es más importante, tampoco con tus objetivos— provoca un exceso de responsabilidad. A veces el deportista es consciente de esa presión; otras es el técnico. El deporte te enseña que en cada temporada partes de cero. Que los resultados conseguidos el año previo no son una garantía para el siguiente y que, además, cuando obtienes un buen resultado, mantenerlo se complica porque hay quien por intentarlo no tiene nada que perder y tú sí.

La satisfacción de un deportista depende de las expectativas con las que partas. En mi etapa deportiva durante los Juegos Olímpicos de Sidney 2000 mi objetivo era hacer en competición el mejor de los ejercicios de entrenamiento. Ese era mi principal motor, mientras que mi expectativa consistía en ser consciente de que competir con el menisco roto me dolería pero no me impediría cumplir con mi objetivo. En definitiva, poder enseñar mi trabajo de 4 años en 90 segundos, al margen de las situaciones que aparecían y que podrían sabotearlo.

Más allá de las medallas, el objetivo personal de alguna de las jugadoras quizá consista en aprovechar lo mejor posible los minutos que le dé el entrenador, sean pocos o muchos. El de alguna otra, aguantar el dolor de su lesión, que no le impida dar lo mejor de sí misma. Quizás para alguna otra el principal objetivo sea sostener al equipo y mantenerlo unido, o llegar al final del torneo sintiendo que como equipo se han dejado la piel en la cancha.

Son evidentes los grandes resultados de nuestra selección de baloncesto femenino desde hace años, pero no seré yo quien señale la expectativa de éxito de nuestras chicas, o qué es «estar a la altura» en cada torneo. No al menos sin antes escuchar no solo lo que trasladan a los medios de comunicación, sino eso tan importante que funciona como motor y albergan dentro de ellas cuando compiten en otros países, y también cuando juegan en casa.

 

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