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Adiós al antiguo régimen de Serena Williams

Naomi Osaka ha derribado a palos el dominio de la estadounidense

Naomi Osaka, con el trofeo del US Open.
Naomi Osaka, con el trofeo del US Open. REUTERS

En el tenis, como en el fútbol, si corre la bola no corre el jugador. De ahí que los dos sean deportes de éxito: siempre triunfa el juego. Cuanto más corra la bola, menos corre el jugador. Roger Federer ha salido muchos partidos de la pista como si saliese de la cama, sin molestarse en sudar. A donde no le llegaban las piernas le llegaba el talento, como esos duelos en los que Messi se va del campo dejando un hat-trick y regalándole a su marcador una camiseta que parece que la acaba de comprar en la tienda oficial. “¡No la lavaré nunca!”, dice el defensor llegando al vestuario. No te preocupes, no hace falta.

Hace dos años, cuando el mundo del tenis empezó a girar la cabeza con asombro hacia una chica de 18 años, Naomi Osaka, cualquier vaticinio sobre ella corría el riesgo de quedarse corto. La dominadora del tenis mundial, Serena Williams, se acercó a un micrófono y dijo: “Tiene mucho talento. Es agresiva y muy joven. Puede ser muy peligrosa”. Cuando Osaka tenía dos años, Williams ganó por primera vez el Open USA. Era 1999. Osaka, pesadilla de los Salvini de este mundo, hija de un tahitiano y una japonesa, que emigró a Nueva York a los tres años, pasó el sábado por encima de Williams. Se le reprocha a la leyenda su reacción contra el juez de silla mezclando maternidad y feminismo con el reglamento, y robándole la gloria a su rival, pero no hay nada que tumbe uno de los relevos más clamorosos del tenis: el del cadáver de un mito, Serena, triturada en su patio por Naomi Osaka.

El sábado, Williams, ganadora de 23 Grand Slam, Osaka, de 20 años, le metió un 6-2/6-4 que dejó sin respiración al público de la Artur Ashe. No tanto por el resultado como por lo que vio venir: en la central de Nueva York, Osaka cumplió todas las promesas hechas a sí misma desde su adolescencia, cuando se anunció que sería la Serena 3.0, el mismo vendaval y la misma ambición, la misma potencia y la misma sensación de catástrofe, con ella en la pista, cuando los partidos se ponen para remontar. Osaka ha llegado a sacar con 17 años a 200 km/h, pega de lo lindo (sartenazos planos que destruyen la voluntad contraria) y ha decidido que su carrera se cimentará en lo mucho que corra la bola, no ella. “Míster, yo aquí he venido a tocar el piano, no a correr alrededor de él”, dijo Ronaldo Nazario cuando le castigaban en los entrenamientos. Osaka, 1.80 de altura, no sólo ha matado a su ídolo: se ha llevado por delante, a palos, el antiguo régimen.