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Mal Serena, ridículo el ‘coaching’

Es difícil de entender que una deportista de su magnitud y su prestigio no pueda controlar los nervios en la pista, pero también es un sinsentido que el entrenador no pueda decirle una sola palabra al tenista

FOTO: Serena Williams consuela a la campeona Osaka durante la ceremonia final en la central de Nueva York. / VÍDEO: El enfrentamiento de Williams con el árbitro.

Es una pena que al día de siguiente de la final femenina del US Open la portada de los periódicos la ocupe una situación desagradable para los seguidores del tenis y, desde luego, poco deportiva. Serena no tuvo su mejor día en ningún sentido, desde luego. Recibió un aviso porque su entrenador le hizo indicaciones desde el box, otro por romper la raqueta y, finalmente, Carlos Ramos le quitó el juego por las increpaciones de la tenista en un ataque de irascibilidad.

Se puede entender que el momento fuera de máximo estrés para la jugadora y que se sintiera impotente en una final que se le estaba poniendo francamente cuesta arriba. Lo que es difícil de entender, de todas maneras, es que una deportista de la magnitud y prestigio de la norteamericana no pueda controlar sus nervios en la pista y se deje llevar por sus emociones.

Hay que exigir el buen comportamiento de los jugadores en la cancha. Sobre eso creo que no hay discusión. Sobre lo que sí cabría tenerla, siempre bajo mi punto de vista, es sobre el coaching y definir, en primer lugar, cuándo se considera que unas palabras o un gesto lo son.

Hay algún árbitro –y repito, alguno- que parece disfrutar más de su rectitud inmaculada y de su protagonismo que de intentar que el encuentro se desarrolle sin este tipo de sobresaltos. Hay otros que entienden, sin embargo, que esta medida es algo discutible por relativa y son más proclives a advertirte antes de castigarte.

Yo me gané la fama de hablarle a mi sobrino desde el box durante los partidos –mi voz, para colmo, es difícil de disimular– y en alguna ocasión los árbitros le dijeron a Rafael, “dile a tu tío que se calle”, o bien me demostraron con la mirada que estaban vigilantes. Siempre intenté devolverles una sonrisa o un saludo con la mano para que fueran clementes. Y es que a mí siempre me ha parecido absurdo que el entrenador no pueda pegarle un grito a su jugador cuando sí puede hacerlo el resto de miles de personas que hay en el estadio.

Hacer trampas totalmente encubiertas sería muy fácil. Bastaría con colocar a un compinche en algún sitio de la grada que le trasladara las indicaciones.

Los puristas que defienden la prohibición del coaching en el tenis argumentando que es un deporte individual entienden la competición de una manera que me extraña. Desconozco si hay algún otro deporte en el que esto pase, aparte del tenis. Desde luego, no es el caso de la Formula 1, el motociclismo, los rallies o el golf.

Yo creo que nadie mínimamente dotado de sentido común pudiera infravalorar una victoria de Tiger Woods, por poner un solo ejemplo, por las indicaciones que le ha dado el caddie. Cuando yo lo veo golpear, jamás se me ocurre decir: “¡Qué bien lo ha hecho el asistente de Tiger!”.

Es muy complicado para el entrenador de Serena, como lo era para mí, desplazarte desde Niza a Nueva York o desde Mallorca a Melbourne y no poder decir una sola palabra cuando has estado durante meses o años trabajando para ese momento en particular.

A mí me parece ridículo y un sinsentido.

De momento, sin embargo, las normas son las que son y hay que acatar y morderte la lengua, o disimular e intentar lanzar el grito cuando el árbitro mira para otro lado. Y es que las dudas también te persiguen. Nunca supe si mis “¡Va, Rafel! o “Mou ses cames!” podían ser motivos de amonestación.

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