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Al Barça le quema la ‘Bomba’

A Navarro se le trata como a uno más para desdicha suya y del club, deshumanizado, errático en lo deportivo y en lo social

Juan Carlos Navarro Ampliar foto
Bartomeu y Navarro, durante la despedida del jugador. EFE

Hace tiempo que el barcelonismo ha perdido la noción sobre qué errores son banales y cuáles resultan graves porque la directiva vive en el equívoco —incluso con los nombramientos—, y el descuido se confunde con la ignorancia, sin que se sepa cómo pedir responsabilidades a Bartomeu. El rosario de decisiones malas o fallidas es tan generalizado que afecta por igual al Camp Nou que al Palau Blaugrana. Vive el Barça pendiente solo de la salud de Messi.

No debe ser fácil contentar al 10 ni competir con clubes-estado como el PSG o entidades que disponen de más recursos económicos y menos limitaciones, muchos concentrados en la Premier. Nada se pudo hacer se supone para retener a Neymar. Tampoco es fácil para los equipos de balonmano y baloncesto pelear por la Champions. Hay multitud de rivales con mayor poder adquisitivo en Europa. Puede haber incluso quien tenga una mirada indulgente hacia el Barça. Hay que tener presente que el Barcelona no es una SAD, circunstancia que condiciona tanto su política deportiva como la social, expresada en el més que un club, pintado en el Camp Nou. Así se han justificado algunos de sus fichajes, traspasos u operaciones frustradas, sobre todo en el Palau. Y por la misma razón, precisamente, no se debería tolerar la mala gestión del patrimonio como ha pasado con Navarro.

Los activos del club, aquellos jugadores que le han dado su mayor gloria, merecen ser elevados a héroes, cosa nada habitual en el Palau, antes y durante el mandato de Bartomeu. A Pau Gasol le hicieron pagar las ganas de ir a la NBA; su hermano Marc salió por piernas por el rechazo de Ivanovic; Bodiroga no quiso a nadie a su lado para decir adiós; Solozábal fue tratado como un anónimo; y pocos despidos han sido tan insensibles de una parte y dolorosos de la otra como el de Xavi Pascual.

A Navarro no se le deja seguir, no le saben presentar como mánager ni encuentran la manera de honrar su condición de mejor jugador de la sección, como si les quemara la Bomba. A todos los mitos se les despide de la misma manera: se cuelga su camiseta en el Palau, se les reserva un trocito del Museo —o del Espai Barça— y se le otorga un cargo en un organigrama sin pies ni cabeza o se les envía a La Masia 360.

Navarro nació, creció y triunfó en el Barça. No habrá un jugador igual en años porque no hay representación de la cantera en el equipo de Pesic. Justificada o no la decisión deportiva — sí respetable— el acto de su retirada era una ocasión única para expresar a partir de su figura la grandeza del barcelonismo, el sentimiento de pertenencia a un club único, la necesidad de reivindicar el culto a la cantera, la posibilidad de incidir en los maltraídos valores, un día que ni pintado para presumir de la liturgia y la mística culers, intangibles que solo se administran a granel para vender la marca Barça, no para honrar a Navarro. A Juanqui se le trató como a uno más para desdicha suya y del Barça, deshumanizado, errático en lo deportivo y en lo social, insensible a lo bueno y a lo malo, sin saber qué hacer con una fortuna como la de Navarro.

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