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Putin, en jaque, saca un potente alfil

El presidente lucha por controlar la Federación Internacional de Ajedrez con un hombre de su confianza

Vladímir Putin, durante la clausura del Mundial de ajedrez Carlsen-Anand en Sochi (Rusia), el 25 de noviembre de 2014. Ampliar foto
Vladímir Putin, durante la clausura del Mundial de ajedrez Carlsen-Anand en Sochi (Rusia), el 25 de noviembre de 2014.

El ajedrez es importante para Vladímir Putin porque le da buena imagen en Rusia. Eso explica que uno de los tres candidatos a dirigir la Federación Internacional (FIDE), un organismo carcomido por sospechas de corrupción que aglutina 190 países, sea nada menos que el economista Arkady Dvórkovich, ex primer ministro adjunto (2012-2018) y presidente hasta hace un mes del Comité Organizador del Mundial de Fútbol. La camarilla de la FIDE quiere eliminar el gran poder de Rusia hasta ahora, y Putin reacciona con fuerza.

“Reconquistar el título mundial de ajedrez es una de las grandes prioridades del deporte ruso”. Putin ha dicho esa frase u otra muy parecida al menos dos veces; una de ellas en 2014, durante la clausura del Mundial de ajedrez Carlsen-Anand en Sochi, a pocos metros del autor de este artículo. Y los hechos son coherentes: el gran maestro más precoz de la historia, Serguéi Kariakin, nacido en Ucrania en 1990, fue nacionalizado ruso en 2009 tras recibir una oferta que no podía rechazar. En 2016 se convirtió en el retador del campeón, el noruego Magnus Carlsen, con un presupuesto para su preparación (largas concentraciones en hoteles de superlujo del Golfo Pérsico junto a su equipo de analistas, computadoras potentes, etc.) poco menos que ilimitado. Kariakin cumplió dignamente, pero perdió en el desempate rápido del duelo entre ambos en Nueva York, patrocinado por la empresa rusa de fertilizantes Phosagro, cuyo dueño, Andréi Guriev, es uno de los potentados más próximos a Putin.

Aunque al presidente ruso le gusta mucho que lo fotografíen practicando deportes de gran desgaste físico, es muy consciente de que hace solo 25 años, tras la desintegración de la Unión Soviética, el ajedrez era en Rusia tan popular o más que el fútbol. Y también sabe que la imagen del deporte mental está muy ligada popularmente a la inteligencia: que el campeón del mundo fuera de nuevo un ruso sería un motivo especial de orgullo para sus ciudadanos.

Arkady Dvórkovich.
Arkady Dvórkovich.

Pero el interés de Putin por controlar la FIDE va mucho más lejos. El recién dimitido Papa de esa gran iglesia del ajedrez, el ruso Kirsán Iliumyínov, tan siniestro como extravagante, se hizo mundialmente famoso por sus peculiares visitas en los momentos más inoportunos a mandatarios de países que lideran la lista negra de EEUU. Su avión fue el último que despegó de Bagdad, en la madrugada del 18 de marzo de 2003, minutos después del ultimátum del presidente George W. Bush a Sadam Hussein, preludio del bombardeo que comenzó esa misma semana. Iliumyínov vivió en directo el anuncio de esa amenaza junto a Uday, uno de los hijos de Sadam, en el palacio presidencial. En junio de 2011, su foto jugando al ajedrez con Gadafi en Trípoli dio la vuelta al mundo, cuatro meses antes del asesinato del presidente libio. Iliumyínov se muestra orgulloso también de su amistad con el presidente sirio Bachar el Asad, a quien visitó en Damasco en plena guerra. Pocos dudan de que su misión en esos encuentros consistía en transmitir mensajes confidenciales de Putin o realizar operaciones de dudosa legalidad.

De hecho, Iliumyínov ha dejado la presidencia de la FIDE, tras ocuparla durante 23 años, porque está en la lista negra de personas sancionadas por EEUU, debido a sus estrechas relaciones con el Gobierno de Siria. Ese castigo originó enormes problemas para la FIDE, en ámbitos diversos: bancos que se niegan a tener cuentas de ese organismo; grandes dificultades para lograr patrocinios; imagen muy manchada, etc. De modo que, hace dos años, el griego Georgios Makrópulos, presidente adjunto y hombre fuerte de la FIDE desde los años ochenta, y el guatemalteco, de origen cubano y residente en México, Jorge Vega, que dirige FIDE América con mano de hierro, encabezaron un golpe de estado para defenestrar al millonario Iliumyínov, de cuyo dinero tanto se habían beneficiado. Ya no les servía, y además se había convertido en un cáncer.

Georgios Makrópulos, a la derecha, junto al ruso Vladímir Krámnik, excampeón del mundo, el pasado marzo durante la conferencia de prensa inaugural del Torneo de Candidatos en Berlín ampliar foto
Georgios Makrópulos, a la derecha, junto al ruso Vladímir Krámnik, excampeón del mundo, el pasado marzo durante la conferencia de prensa inaugural del Torneo de Candidatos en Berlín

De modo que Makrópulos es otro de los tres candidatos actuales a la presidencia de la FIDE. Y no para de lanzar llamamientos a la honradez y al juego limpio. Por ejemplo, ahora pide que Rusia no utilice sus embajadas en todo el mundo para hacer presión en la campaña electoral. Una actitud harto curiosa, porque esas mismas embajadas hicieron campaña contra el candidato Gari Kaspárov, excampeón del mundo y acérrimo enemigo de Putin tras exiliarse en Nueva York, durante las elecciones de 2014, cuando Makrópulos era todavía la mano derecha de Iliumyínov.

Sin embargo, la asombrosa metamorfosis de Makrópulos en un adalid contra la corrupción tiene un agarradero: el número dos de su candidatura es el británico Malcolm Pein, de reputación intachable, organizador del prestigioso torneo London Classic y director de una fundación que promueve con éxito el ajedrez como herramienta educativa en el Reino Unido. El probable plan de Pein es limpiar la FIDE desde dentro y convertirse en presidente en 2022, con la aquiescencia del griego. Los periodistas que cubren los entresijos de la FIDE desde 1984 —entre ellos, el arriba firmante—consideran que eso es tan posible como que la nieve será verde a partir de mañana.

Demostrar con pruebas documentales ante un juez que en la FIDE abunda la corrupción no sería fácil. Pero el número de indicios y testimonios es tan grande que los magistrados tendrían, como mínimo, unas dudas más que razonables. Para citar un botón de muestra hay que situarse en la ciudad siberiana de Janti Mansiisk (Rusia), durante las elecciones de finales de septiembre de 2010, cuando el rival de Iliumyínov era otro excampeón del mundo, Anatoli Kárpov. Un delegado bosnio entra muy enfadado en la sala de prensa porque alguien pretende usurpar su puesto: “Quiero ser yo quien vote por Iliumyínov en representación de mi país; para eso me han pagado 25.000 dólares en material de ajedrez y el billete de avión hasta aquí. Soy un hombre de palabra, y cumpliré mi compromiso”. Aunque la escena fue chirriante, no desentona con lo visto y oído durante decenios de ciclos electorales por muchos informadores especializados en ajedrez: noches con prostitutas, billetes metidos directamente en el bolsillo de un delegado, viajes innecesarios con todo pagado, etc.

La corrupción es algo normal en la vida cotidiana de la mayoría de los 190 países adscritos a la FIDE. Por tanto, las probabilidades de victoria del tercer candidato, el británico Nigel Short, subcampeón del mundo en 1993, son poco menos que nulas: si se hiciera una encuesta entre millones de aficionados sobre quién es el más honrado de los tres, ganaría por goleada. Ahora bien, sus votos podrían ser decisivos si hubiera que recurrir a una segunda vuelta.

Nigel Short, durante una conferencia el pasado enero en el torneo de Gibraltar ampliar foto
Nigel Short, durante una conferencia el pasado enero en el torneo de Gibraltar

En consecuencia, el gran duelo para las elecciones del 5 de octubre en Batumi (Georgia), donde también se celebrará la Olimpiada de Ajedrez, es Makrópulos-Dvórkovich. El griego tiene la gran ventaja de manejar los botones de la enrevesada maquinaria administrativa de la FIDE: da la casualidad de que el presupuesto de CAPDEC, su comisión encargada de ayudar a los países del Tercer Mundo, se han visto muy incrementado hace unos meses; otra coincidencia muy llamativa es que el número de equipos y delegados que viajarán a la Olimpiada con los gastos pagados por la FIDE será mucho mayor que cuando no hay cita electoral simultánea con esa competición.

Pero no está nada claro que Makrópulos cuente con dinero extra para financiar su campaña, porque hay motivos para pensar que el Gobierno ruso está presionando a los de los países del Golfo Pérsico para que las buenas relaciones del griego y de Pein con algunos jeques árabes no se conviertan en dinero contante y sonante. Por el contrario, es poco probable que Dvórkovich sufra de falta de financiación, y además puede hacer gala de su enorme experiencia como gestor al más alto nivel y de sus contactos con potenciales patrocinadores de alcurnia. Para completar el lado bueno de su imagen, es ajedrecista e hijo de ajedrecista en el país más importante de la historia del ajedrez.

Por tanto, la probabilidad de que Putin siga controlando la cuarta federación deportiva con más países -tras las de fútbol, baloncesto y atletismo- es razonablemente alta, a pesar de que Makrópulos cuenta, de momento, con el apoyo de bloque latinoamericano liderado por Vega. La victoria de Dvórkovich permitiría que el presidente ruso ligue su imagen y la de Rusia con la inteligencia durante al menos cuatro años más. Un jugoso premio de consolación, a la espera de una de sus fotos más deseadas: jugando una partida con un campeón del mundo ruso. Eso no ocurrirá al menos hasta 2022, porque el estadounidense Fabiano Caruana superó a los tres participantes rusos en el Torneo de Candidatos, y será el retador de Carlsen en Londres del 9 al 28 de noviembre. Putin está en jaque, pero el alfil Dvórkovich puede cubrirle.

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