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El Mundial: eso y tú

El fútbol termina imponiéndose y acabas enganchado a los partidos

Aficionados egipcios, este miércoles en la plaza Roja de Moscú.
Aficionados egipcios, este miércoles en la plaza Roja de Moscú. REUTERS

Un nuevo Mundial siempre es el mismo Mundial. Un enigma sobre ti mismo. Entre la maraña de recuerdos de Mundiales me asalta un Marruecos-Alemania de madrugada mientras estudiaba Derecho Romano. Aprobé y quedaron 1 a 1. ¿Por qué uno se hace cosas así? El misterio del fútbol, ese deporte tan apasionante, aburrido, injusto y épico como la vida misma.

Me intrigan sobremanera los seguidores que dilapidan sus ahorros viajando a la otra parte del planeta para ver caer a su equipo a los tres partidos. Es el mismo ente humano que se quejará, ya de regreso al hogar, de que no lee porque los libros son caros y que a qué viene el impuesto de circulación. Se pintan la cara, llevan banderas y siempre están de buen humor, a veces hasta sobrios. Los jugadores se los miran siempre de reojo como esperando que en cualquier momento se desvele que se trata de una cámara indiscreta, que saquen una pistola o inviten a esa cerveza. El Mundial nos tiene a nosotros, el público que corresponde a lo que es el evento. No aguantamos la comparación con unos Juegos Olímpicos.

Una Olimpiada es el tío culto, excéntrico, justo y ponderado mientras que el Mundial sólo es el hermano de tu madre. Una Olimpiada es el tercer concierto para piano de Rachmaninov y un Mundial, Paquito El Chocolatero en la boda de tu primo Julián. En una Olimpiada ganan los mejores mientras que en Mundial futbolero a veces ganan algunos que tiran a buenos.

Antes hay de todo. Cabezazo en plexo solar, goles en el último suspiro, la cara de Maradona acercándose a cámara en pleno Ibiza Raw Power, el gol de Pelé que no fue, una portería argentina llena de confeti, Roberto Baggio fallando ese penalti para demostrar que era más fuerte que Italia, tandas de penas máximas, el equipo revelación, el cruce de cuartos, Alemania, un niño llorando en la grada y Edipo enfundado en la camiseta de Brasil con los ojos arrancados. ¿Por qué se hace uno cosas así?

Mención aparte tienen esos comentaristas tratando de hacernos creer que aún existen los países. Empresa encomiable pero vana. Uno ve jugar a sus jugadores, a tipos de su equipo, a gente que te cae bien o mal. Otra cosa es reformar el concepto de equipo nacional. ¿Qué tal un Aquarius vs Amigos de Matteo Salvini, por ejemplo? ¿Netflix vs Tele5? Hay un empacho de telas, himnos y una retórica de caparazón sin inquilino dentro. Hartazgo de identidades, de Nosotros y Ellos.

Por fortuna, el fútbol acaba imponiéndose. Y así acabas enganchado a algunos partidos, a goles y malabarismos, entradas duras y glorias benditas, imantado a la crueldad del fracaso y al frenesí dionisiaco del gol. Y te preguntarás por qué sigues viendo todo eso. Quizás la respuesta es que eso eres tú. Tú eres eso y, a veces, ser eso no está tan mal.

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