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“Llegué a odiar a Kilian Jornet”

El ultramaratoniano y montañero cuenta en un documental sobre su vida cómo le afectó la fama y cómo se acercó a la muerte para superarlo

Kilian Jornet, el pasado 8 de febrero en Puy-Saint-Vincent. En vídeo, imágenes del documental 'Camino al Everest.

“Llegué a odiar a Kilian Jornet”. Quien habla no es uno de los rivales que el ultramaratoniano y montañero catalán ha ido dejando tirados durante años en cualquier carrera. Es el propio Kilian. “Llegué a odiar mi foto. Podría ser una mierda, un maltratador, un nazi, un asesino. La gente no sabe nada de mí. Es duro verme a mí mismo como un ídolo o un mito para alguien sólo porque corro rápido. Me siento sucio por la admiración de la gente, por este mundo fanático”.

Era 2011. Kilian ya era un mito, campeón mundial de carreras de montaña. Había tachado todos los nombres de las competiciones que quería ganar en una lista que había escrito cinco años antes, cuando se recuperaba de una rodilla rota. Era famoso y la gente le aclamaba ese día cuando volaba en una competición en Cavalls del Vent (Girona). Entonces empezó a llorar. La presión, el reconocimiento de la gente, le habían superado. “Lo que no me gustaba era estar expuesto”, explica. Algo se rompió en su interior. Había perdido la alegría después de cumplir sus sueños demasiado joven. Así lo cuenta en el documental Path to Everest (Camino al Everest; Arcadia Motion Pictures), dirigido por Sébastien Montaz-Rosset y Josep Serra y que estos días se proyecta en 30 salas de España. Es la historia de su vida hasta llegar a la cima del mundo. Es además el retrato del hombre detrás del corredor, desnudándose a sí mismo como nunca antes, también a través de los testimonios de su madre, Nuria Burgada, de su pareja, Emelie Forsberg, de Seb Montaz, el cámara en sus expediciones, de Jordi Tosas, que le descubrió el Himalaya

El niño que a los tres años superaba 1.000 metros de desnivel, sin pensar su madre que aquello no era normal, el adolescente autodestructivo al que la montaña salvó, llegó a ser un hombre frente al precipicio, vacío. “Tengo que limpiarme, y la manera es hacer algo cercano a la muerte”, expresa Kilian, hoy de 30 años, al revivir esos días de angustia. Juguetear con la fatalidad era quizás la manera de volver a sentirse vivo. La motivación por construir nuevos sueños se la devolvió Summits of my life (Cimas de mi vida), el proyecto de subir con un estilo minimalista y en el menor tiempo posible las grandes montañas del planeta. La aventura culminó en mayo pasado, cuando en menos de una semana subió dos veces el Everest (8.848m), una en 26 horas y otra en 17.

Pero antes hubo otro golpe que volvió a hacer tambalear todo su universo. En junio de 2012, cuando se entrenaba en el Mont Blanc con Stéphane Brosse, su amigo y mentor, su ídolo, una grieta se abrió entre ambos. Poco más de un metro les separaba. Esa era aquella mañana la distancia entre la vida y la muerte. Brosse cayó. Jornet se salvó. “Me preguntaba: ‘¿Por qué no caí yo? ¿Por qué cayó él?”, recuerda. Y de nuevo la autodestrucción. Su madre apenas podía acercarse a él.

“Fue una época en la que bebía mucho alcohol”, confiesa Kilian en el documental. “No me gusta. Nunca bebo. Pero me emborrachaba cada semana. Competía, hacía las carreras y ganaba, pero en el fondo estaba triste. La manera de salir de eso era emborrachándome, y durante las carreras poniéndome un situaciones que me acercaran a la muerte”.

La muerte, esa con la que ha coqueteado más de una vez —“a veces volvía a casa y pensaba: ‘Soy gilipollas, he estado a este poco de estar muerto”— se fue por otro camino. Jornet volvió a poner los pies en la tierra gracias a la ayuda de Emelie, aunque la imaginación, los sueños, le llevan a despegarlos en busca de nuevas metas.

Ahora piensa en el Himalaya, en retos en invierno, en derribar otras barreras. Algunos no lo consideran un verdadero alpinista. Tampoco él lo pretende, solo seguir sintiéndose libre, vivo, dentro de su locura. Reinhold Messner, una de las mayores leyendas del alpinismo, afirma en el documental: “Estoy escribiendo un libro sobre la evolución del alpinismo tradicional. Y Kilian no aparecerá en él. Ahí no es nadie… Mi interés por Kilian crecerá cuando deje de cronometrar lo que está haciendo”. Todo ha ido siempre muy deprisa para este devorador de kilómetros en la montaña. A veces demasiado. Claro que las cumbres siempre dejan algún momento de paz para mirar dentro de uno mismo.