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La paz devuelve el gran ciclismo a Colombia

Nairo, Urán, Henao, Gaviria y los mejores colombianos compiten por primera vez en su país desde que son figuras mundiales

El presidente Juan Manuel Santos, el martes, antes de dar la salida a la primera etapa de la Oro y Paz. Ampliar foto
El presidente Juan Manuel Santos, el martes, antes de dar la salida a la primera etapa de la Oro y Paz. EFE

Junto a la meta de Palmira, las plantaciones de caña se pierden el horizonte como hace el mar y los jóvenes lamentan su extensión infinita que todo lo arrasa, enriquece a uno y convierte en esclavos a sus peones y aniquila cualquier diversidad que la naturaleza haya generado.

Pese al calor húmedo de verano interminable, Lucho Herrera, muy pálido como siempre y no tan delgado como antes, se baja hasta los puños las mangas del chándal rotulado con el anagrama de Pinturas Tito Pabón que viste para hacer publicidad de su patrocinador. Debe protegerse. Le ha dado tanto el sol que hace año le aparecieron lunares malignos. Hacía muchos años que no estaba en una carrera ciclista y mira a su alrededor con una mirada entre extrañada y melancólica, callada. A su lado, se forma una cola de cazadores de autógrafos que termina a los pies de Mario Sábato, el periodista que comenta la carrera para ESPN. Sábato observa solo al ídolo ciclista de hace 30 años y dice a los chavales que le reclaman, “pero cómo me pedís autógrafos a mí teniendo al lado al Jardinerito Lucho Herrera… ¿Es que no lo conocéis? ¿Es que no sabéis que es el más grande ciclista colombiano de la historia?”

Colombia está formada por regiones geográficas relativamente aisladas y de difícil comunicación, dicen los libros de historia, que no aclaran que fue la bicicleta, y la primera Vuelta Ciclista a Colombia, en 1951, el instrumento y la competición que hizo a los colombianos, entonces empeñados en una sangrienta guerra civil, saber que les unía la geografía, que se podía ir en bicicleta del valle del Magdalena al valle del Cauca, atravesar las cordilleras y ascender a los altiplanos de Boyacá y Antioquia y descender a las riberas del Pacífico. Un ciclista entonces, Efraín Forero, el Indomable Zipa, un ídolo que escaló en bicicleta antes que nadie hasta los 3.600 metros del Páramo de Letras, le robó los titulares en los periódicos a la violencia.

Los chavales y algunos más grandes solo conocen a Nairo y a Rigoberto Urán, y eso a Herrera no le importa. Al contrario. Todos los día se sorprende de que tanto tiempo después de sus hazañas, de su victoria en el Alpe d’Huez y en una Vuelta, aún haya gente que le reconozca, y dice que le emociona. Y también le llega al alma que los ciclistas de ahora se reconozcan sus herederos y lo reclamen igual que él, el Jardinerito de Fusagasugá, se reclama hijo de Rafael Antonio Niño y todos veneran a los padres fundadores del ciclismo colombiano, Efraín Forero, Ramón Hoyos y Martín Cochise, la corriente que fluye desde los años 50. A todos los une la condición de escarabajos, el símbolo patrio del que más orgullosa se siente Colombia, una nación a la que el ciclismo le da identidad, y a los colombianos sentido de pertenencia, en la que el ciclismo es siempre, más que la paloma, el símbolo de la paz.

“Solo gracias a la paz se pueden organizar eventos así en este país”, dice Nairo Quintana, el líder del ciclismo colombiano de ahora, uno que conoce la historia y el presente de su ciclismo y que busca siempre dar un sentido a sus actos. La paz de la que habla es el proceso negociador entre el Gobierno y la guerrilla que lentamente se asienta. El evento al que se refiere es la Colombia Oro y Paz, la carrera que se disputa esta semana en el Valle del Cauca y el eje cafetero. En ella, las figuras extranjeras ocupan puestos de relleno en los mejores equipos del mundo, el Sky, el Movistar, el EF, el Quick Step, cuyos líderes, aquí y al otro lado del océano, son colombianos, la nacionalidad más buscada en el ciclismo del siglo XXI. Y estos, las figuras colombianas, regresan como pródigos a competir a su país, que abandonaron jóvenes para hacerse grandes en Europa, y se emocionan agobiados y acosados por un público numerosísimo, una afición pegajosa y feliz, que les atruena los oídos. Gozan por primera vez, años después de haberse ido, del derecho de todos los grandes deportistas a sentirse ídolos en su propio país.

En este sentido de trascendencia que tomó la carrera no extrañó a nadie que fuera el propio presidente de la república, y padre el proceso, Juan Manuel Santos, quien el martes agarrara en la Palmira azucarera la bandera a cuadros y diera personalmente en persona la salida a la primera etapa. “El deporte en general une a los países; el ciclismo nos une a todos los colombianos”, dijo un mandatario consciente, como todos, de que la violencia ha sido la gran tragedia y el gran fracaso de la sociedad colombiana. “La Vuelta a Colombia nació en las épocas más duras, y el deporte fue siempre un factor de unión y no de desunión. La paz nos está abriendo oportunidades de todo tipo, y una de ellas es esta carrera”.

Hace 32 años, Lucho Herrera le ganó a Bernard Hinault un Clásico RCN en la última ocasión en la que las grandes figuras mundiales llegaron a correr a Colombia. Fue antes de la última era de violencia, la de narcos, paramilitares, ejército y guerrilla que ya parece apagarse. Todos desean que la Oro y Paz de 2018 no sea la última, sino la primera de una serie interminable. Sería el símbolo de la riqueza de su ciclismo, el símbolo, claro, de que la paz triunfó.