Nadal no se acaba nunca
Tras ganar el US Open, al español le proyectaron un vídeo de todas sus victorias en grand slams donde envejecía en pocos segundos; pero aún gana y en realidad no ha envejecido tanto


Después de dos horas y media persiguiendo los saques supersónicos de un gigante, Rafa Nadal se sentó el domingo por la noche en su silla de la Arthur Ashe a contemplar la inmensidad. La inmensidad era su colección de grand slams, que acababa de aumentar a 16 con aquel US Open. Los organizadores del torneo bajaron los focos, le enchufaron un cañón de luz y le hicieron verlo todo otra vez. Las 16 celebraciones: del Roland Garros de 2005, desplomado de espaldas sobre la arcilla, con 19 años; al US Open de unos minutos antes, brazos arriba, con 31. En una pantalla gigante, Nadal envejecía ante sus propios ojos, mientras las más de 20.000 personas que llenaban el estadio emitían un alboroto creciente alimentado por aquella acumulación apabullante. Al final la cámara volvía a su rostro, en el que no asomaba un ápice de nostalgia. En realidad no había envejecido tanto.
Quizá fue lo más inquietante. La descarga emocional del vídeo empujaba a cualquiera a prepararse para decirle adiós, pero Nadal no parece dispuesto a irse a ningún sitio. Y si lo hiciera, seguramente regresaría. Lo que faltaba en la proyección eran todos los lugares de los que ha vuelto, algunos terribles. Como los siete meses de lesión de rodilla que le dejaron sin Juegos Olímpicos en 2012. O los casi dos años que se ha sacado de encima ahora, en 2017, y que incluyeron otra lesión, esta en la muñeca izquierda, que le obligó a retirarse el año pasado de Roland Garros. Nadal ha vuelto de esos agujeros y, con mayor frecuencia, de otros menos profundos. El escapismo como hábito.
A Kevin Anderson, su rival en la final de ayer, seguro que el vídeo no le engañó. Si no lo recordaba de otras veces, lo entendió todo cuando se disponía a sacar por primera vez. En ese momento, Nadal le dibujó con su posición en la pista un mapa de lo que le iba a suceder durante las siguientes horas. El español se situó a esperar su misil de sacador terrible más de tres metros por detrás de la línea de fondo, muy cerca ya del juez que vigilaba aquel costado derecho. Tan atrás, que desaparecía casi por completo en el televisor, donde solo asomaban por abajo su cabeza y sus hombros. Poco después, el sudafricano le bombardeó un saque abierto y Nadal desapareció. Su prueba de vida fue la pelota cruzando la pantalla de vuelta. Ahí estaba todo: si para ir a buscar una bola debía correr hasta el baño, lo haría. De peores sitios había regresado.
Así fue masticando el saque del sudafricano, la certeza que lo había llevado a su primera final de un grand slam, hasta disolverlo y llevarse su tercer US Open. Del mismo modo que, durante más de una década, ha masticado decenas de rivales, mucho dolor y sus propias limitaciones en el juego para sostener aún una asombrosa carrera por la historia con Roger Federer, el mejor de siempre. Ninguno afloja, y ambos han regresado cuando no se los esperaba: se han repartido los cuatro grandes de 2017: Australia y Wimbledon, para el suizo; Roland Garros y US Open, para el español. Federer acumula 19 grandes en su carrera y Nadal, 16. Aunque si se toma el tiempo que han coincidido, la perspectiva se ajusta aún más. Cuando el español ganó su primer grande, Roland Garros en 2005, Federer ya llevaba cuatro, desde su Wimbledon de 2003. En ese tiempo, el 19-16 de ahora quedaría en 15-16. Y Nadal no ha envejecido tanto.
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