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La fórmula Martínez bate récords con Bélgica

El técnico español culmina la clasificación al Mundial sin derrotas e igualando la imponente marca goleadora alemana

Roberto Martínez durante el partido entre Bélgica y Gibraltar, la semana pasada. Ampliar foto
Roberto Martínez durante el partido entre Bélgica y Gibraltar, la semana pasada. AFP

Elegido por su menor coste frente a opciones prohibitivas como Marcelo Lippi o Louis Van Gaal. Silbado masivamente en su primera noche como seleccionador belga, la derrota en un amistoso contra España con el público pidiendo a gritos el regreso del recién destituido Marc Wilmots. Señalado como una opción arriesgada por su corto palmarés como entrenador. El técnico español Roberto Martínez ha superado recelos desde su aterrizaje en el banquillo de los Diablos Rojos tras un proceso un tanto rocambolesco en el que la federación pidió a los interesados en dirigir el equipo que enviaran su currículum por correo electrónico.

14 meses después de su contratación, Martínez ha mantenido el mismo bloque de jugadores, pero cita como eje del éxito haber sabido inculcarles una mentalidad ganadora con el control de la posesión de balón como filosofía. Los números hablan de una trayectoria repleta de luces. Bélgica fue el primer conjunto europeo en obtener su pasaporte para el Mundial de 2018, ha igualado el récord de goles de Alemania —43 tantos, una media de 4,3 por partido—, y partirá en el torneo entre los ocho cabezas de serie, algo de lo que no puede presumir España.

El bagaje de la Bélgica de Martínez ha sido inmaculado tras el tropiezo inicial frente a España. Desde entonces acumula 13 partidos invicta entre encuentros oficiales y amistosos —10 victorias y tres empates—. Los puntos en la clasificación no han llegado gracias a pírricas victorias. El balance de nueve victorias y un empate ha supuesto un nuevo récord de puntos, 28 sobre 30, y ha ido adornado por goleadas sin piedad ante rivales débiles como el 8-1 a Estonia o el 9-0 a Gibraltar —igualando la mayor goleada de la historia de la selección—, pero también de victorias en campos complicados como las logradas a domicilio en Grecia o Bosnia. Todo eso ha sido suficiente para aplacar la nostalgia por Wilmots, ídolo local como jugador y cesado de su cargo tras la dolorosa eliminación en cuartos de la Eurocopa ante Gales, la gran oportunidad perdida de luchar por un título.

Los cuartos de final se han convertido en el techo de esta selección sobre la que hay depositadas esperanzas mayores. La llamada generación de oro aúna talentos curtidos en el fútbol inglés como Romelu Lukaku, Eden Hazard o Kevin De Bruyne. Y para liderarlos han optado precisamente por un técnico forjado en tierras británicas, Roberto Martínez, el segundo entrenador extranjero que ha dirigido a Bélgica en los últimos 60 años. El precedente no salió bien. El holandés Dick Advocaat dejó el cargo en 2010 tras solo cinco partidos y fue tratado de "desertor" por su espantada para dirigir a Rusia.

El catalán ha aceptado el reto de llevar a la selección belga a un nuevo nivel a costa de rebajar su propio valor de mercado. El corto presupuesto de la federación belga dejó su nómina en torno al millón de euros anual, menos que su predecesor y menos de lo que ganaba en su etapa en el Everton. Dado su largo historial en tierras británicas, en Bélgica dan por hecho que su trabajo al frente de los Diablos Rojos le servirá para recuperar el caché perdido en su última temporada en Inglaterra y actuar así de lanzadera para, nada más acabar el Mundial, cuando expira su contrato, regresar con honores a la más lucrativa Premier League, en plena efervescencia económica gracias a los suculentos contratos de derechos televisivos.

Un equipo en plena madurez

"Estoy muy decepcionado, pero aún tengo mucho trabajo por hacer", dijo Roberto Martínez tras la derrota en el amistoso contra España, cuando apenas había tenido tiempo de dirigir unos pocos entrenamientos. Más de un año después de ese día, Bélgica ya es fija en Rusia, y aunque el juego del equipo sigue generando dudas, las palabras han cambiado de tono junto a los resultados. "Tenemos que estar orgullosos de ser los primeros de Europa en clasificarnos y ahora hay que trabajar más duro para ser mejores. Hoy todo el mundo está autorizado a ir de fiesta", sentenció sin contener la euforia tras lograr la clasificación.

Mientras tanto, desde su retiro en Waterloo, a apenas 20 kilómetros de Bruselas, trata de integrarse en un país que da gran importancia a su diversidad cultural y lingüística —estudia dos horas de francés semanales y otras dos de flamenco—. Cada día ve al menos dos partidos en la ciudad deportiva de la federación belga y sigue las evoluciones de los candidatos a entrar en sus listas. Los números que maneja cuentan la historia de una selección belga en plena madurez el año próximo. "La media de edad de los 55 jugadores que estamos siguiendo estará en el Mundial de Rusia entre los 27-28 años. Una edad perfecta", confía Martínez.

La estadística también habla de expectativas exageradas para una selección sin tradición ganadora en un país de solo 11 millones de habitantes atascado en el cuartofinalismo que una vez sirvió como gasolina de derrotistas en España. Para suplir esa falta de espejo victorioso en que mirarse —sus mejores campeonatos fueron un segundo puesto en la Eurocopa de Italia 80 y un cuarto lugar en el Mundial de México 86— ha incorporado como uno de los puntales del cuerpo técnico a Thierry Henry, ganador de ambos títulos con Francia. "Para eso lo hemos traído, para que nos ayude a lograr lo que vivió de jugador", admite ambicioso Roberto Martínez.

El español más británico

Aunque su obsesión por la posesión de balón guarda similitudes con el estilo de La Roja, por biografía Martínez es el más británico de los técnicos españoles. Su esposa es escocesa, su hijo tiene nacionalidad británica, y ha vivido 21 años en Reino Unido, los mismos que en España. Ha sido en las Islas donde se ha ganado el respeto como entrenador gracias a una fulgurante carrera. En su estreno subió dos categorías con el Swansea galés, en su primera temporada en la Premier League con el Wigan ganó la FA Cup ante el todopoderoso Manchester City, y llevó al Everton a ser quinto antes de caer en desgracia la temporada siguiente.

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