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Adam Peaty, del pánico al éxito

El inglés bate por segunda vez el récord de 100 braza (57,13s) y se convierte en el primer británico en ganar un oro olímpico en natación masculina desde 1988

Peaty en la semifinal de 100 m braza, este sábado.
Peaty en la semifinal de 100 m braza, este sábado. Getty

El valor nace del pánico. La conjetura parece inevitable cuando Adam Peaty cuenta su vida. “Odiaba el agua”, dice el nadador inglés. “Cuando era un niño me daba tanto miedo que no soportaba ni la ducha”.

El sábado, pasado el mediodía en Río, cuando el sol del trópico calentaba el agua de la laguna de Yacapereguá y una calima lechosa envolvía la piscina, Peaty batió el récord mundial de 100 metros braza con un tiempo sencillamente descomunal: 57,55 segundos. El domingo extendió la hazaña rebajando su tiempo en cuatro décimas. El cronómetro se detuvo en 57,13s y Peaty se convirtió en el primer hombre en conquistar un oro olímpico para la natación británica desde 1988, cuando Adrian Moorhouse se impuso en la final de los 100 braza de Seúl.

Se quitó las gafas, se quitó el gorro encarnado, y se montó en la corchera. Abrió los brazos y cerró los ojos como paladeando el momento. Sus familiares, un grupo de gente robusta que blandían la Union Jack desde un vomitorio, celebraron extasiados.

Peaty consigue con la braza el impulso que otros campeones olímpicos lograron con el crol. En 1924 Johnny Weissmuller fue el primer hombre en bajar del minuto en 100 metros libre cuando hizo 57,4s. Tarzán nadaba crol. En Río, Peaty cubrió los dos largos a la misma velocidad empleando el estilo más lento, el menos natural y el que probablemente requiere más fuerza.

Existe una tipología de inglés vinculado a las zonas rurales que la tradición literaria asocia al bulldog. A sus 21 años el chico de Uttoxeter, apacible pueblo de Staffordshire, encaja en el arquetipo. Sus miembros y su torso no son desproporcionadamente largos, ni sus músculos dorsales estilizados como los de un nadador de libre. Peaty posee un cuerpo compacto y una musculatura rústica de aspecto denso que invita a pensar en el hundimiento. Sucede al revés. Sus palancas con el tren superior son tan eficaces y su frecuencia de brazadas tan rápida que los rivales no tienen más remedio que seguirle de lejos. Esto incluye al campeón olímpico en Londres, el sudafricano Cameron van den Burgh, que hasta hace poco ostentó el récord mundial de 50m braza con un tiempo de 26,62s. El registro sirve de referencia. Peaty completó el primer 50 de la final en 26,61s.

“Sabía que era mi debut en unos Juegos y necesitaba demostrar algo”, dijo, para explicar su propósito de récord en las series del mediodía.

Durante años la exnadadora internacional Mel Marshall lo entrenó en una piscina de 25 metros, sin apenas recursos. La piedra que ha tallado es un diamante único. Brillante, gentil y tosco a la vez. “Me gusta la mentalidad del gladiador”, dice. No explica exactamente en qué consiste pero intuitivamente el gladius se relaciona con una predisposición al espectáculo y al homicidio.

La imponente Marshall, sonriente, lo certifica: “En nuestro grupo de entrenamiento hablamos mucho de qué haríamos si tuviéramos que ir a la guerra. ¿Qué papel jugaría cada uno? Adam sería el tío que se olvida su fusil pero que va abriéndose paso a golpes. No tiene miedo a nada. Cuando se sube al poyete es como un soldado que sale de la trinchera”.

Música oscura

Armado de una carrocería de casi 90 kilos de peso y 1,91 de estatura, el muchacho podría alistarse en la infantería pesada. Con la peculiaridad de que, una vez arrojado al agua, flota. Con determinación marcial. Él no corta la superficie con la gracia de los bracistas japoneses. La rompe con rabia: “Cuando nado pienso en las cosas desagradables que alguien dijo de mí”.

Su música es igualmente estrepitosa. Le chifla Dr Dre y asegura que su artista favorito, aquel que le fustiga a través de los auriculares antes de competir, es Jaykae. “La oscuridad del grime me pone agresivo”, reconoce, abriendo sus luminosos ojos azules.

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