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Juegos de verano; samba de invierno

Adónde ir y qué visitar en la Río de los Juegos Olímpicos

Juegos Olímpicos de Río 2016
Equipo Olímpico de los Refugiados frente al Cristo Redentor. AFP

Luz y playa, naturaleza y fiesta. Medio millón de turistas viajarán a Río atraídos por los Juegos: no será Carnaval, pero el ritmo y el color (y ciertos temores) se mantienen. Esta guía le lleva a los rincones favoritos de los cariocas y a los lugares indispensables para el viajero.

El estribillo de una de las canciones del músico brasileño Gilberto Gil se ha convertido en el pie de las fotos de los amantes de Río de Janeiro e ilustra bien por qué la ciudad es la joya de la corona brasileña. A pesar de sus problemas de violencia, sus desigualdades sociales o la falta de cuidado con sus recursos naturales, la sensación del visitante es siempre la misma ante sus colores, sus playas y su ritmo: “Río de Janeiro continúa lindo”.

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Atardecer en Ipanema.

Porque los Juegos Olímpicos llegan en pleno invierno y se espera que las temperaturas ronden los 23 grados de media, pero hay que ir a la playa. Copacabana es la más turística y más envejecida, Ipanema la más animada y diversa y Arpoador la que tiene el agua más cristalina y el atardecer más aplaudido. Más cerca de Barra de Tijuca, donde está el Parque Olímpico, puede visitarse la Prainha, en la región del Recreio dos Bandeirantes, una pequeña playa salvaje, de aguas turquesa y mucho menos visitada o, si la marea no está alta, la playa de Joatinga.

EXPLOSIÓN VERDE. La naturaleza exuberante de Río, además de en sus playas y montañas, puede encontrarse concentrada en pequeñas dosis en varios parques de la ciudad. El Jardín Botánico, construido tras la llegada de la familia real portuguesa en 1808, y el Parque Lage, una antigua plantación de azúcar con estanques, grutas y cascadas, son indispensables y atrajeron a su alrededor un buen número de buenos restaurantes donde comer. Entre ellos, el café bistró JoJo o el Yumê, en la calle Pacheco Leão, a espaldas del Jardín Botánico.

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Palmeras del Jardín Botánico de Río. GETTY

Otro lugar apreciado por los cariocas, que combina parques, canchas deportivas y el mar, es el Aterro do Flamengo, diseñado por el paisajista Roberto Burle Marx y muy cerca de la Marina da Glória, donde se celebrarán las competiciones olímpicas de vela. Lo ideal es recorrerlo hasta la ensenada de Botafogo en bicicleta, que puede alquilarse por horas a través de la aplicación BikeRio. Más cerca de Barra de Tijuca puede visitarse el Bosque da Barra y, a una hora en coche del Parque Olímpico, el Sítio Burle Marx, antigua casa del paisajista, patrimonio cultural brasileño y una de las principales colecciones de plantas tropicales del mundo.

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Bolinho de feijoada de la chef Kátia Barbosa.

BOTECOS. Comer y beber en un boteco, o bar tradicional carioca, es un plan sagrado para los locales y acaba siéndolo también para los visitantes. Los hay en toda la ciudad, pero algunos merecen mención especial. El Aconchego Carioca, a menos de dos kilómetros del estadio del Maracaná y con 200 tipos de cerveza, es uno de ellos. Su cocinera Kátia Barbosa, reverenciada en ferias gastronómicas del exterior, es conocida por ser la creadora de una delicatesen autóctona: el bolinho de feijoada, similar a una croqueta.

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Barra del bar tradicional Adega Pérgola.

Otra visita indispensable, no tanto por la calidad de su comida sino por lo bien que sabe al atardecer una cerveza helada a la orilla del mar con vistas al Cristo Redentor, es la conocida mureta de Urca. La historia de ese muro bajo donde la gente apoya sus cervezas tiene su gracia porque comenzó a popularizarse por los clientes del Bar da Urca que, con el tiempo, descubrieron al lado el Bar Urca Grill, un sitio mucho más cutre pero mucho más barato, rebautizando la mureta como “pobreta”. Otro boteco mimado por locales es la Adega Pérola, en Copacabana, y el Lamas, uno de los más antiguos, en el barrio de Flamengo.

POMPA COLONIAL. Para los amantes de la historia y la pompa colonial, la ciudad aún mantiene algunos lugares de época. El favorito de los turistas es la confitería Colombo, en el centro. Fundada en 1894, conserva los muebles, los gigantes espejos belgas, la claraboya central y las pinturas en sus techos, un retrato de la Belle Époque carioca. La Ilha Fiscal, una propiedad de la Marina brasileña en mitad de la bahía de Guanabara, es otro importante capítulo de la historia de Río. Su principal atractivo, un castillo neogótico, acogió en sus salones el último gran baile de la monarquía portuguesa antes de la proclamación de la República de Brasil en 1889. Entre las iglesias de mayor importancia histórica pueden visitarse la de Nossa Senhora da Glória do Outeiro, desde donde se verán a lo lejos las competiciones de vela, o la Iglesia da Ordem Terceira do Carmo, donde fueron bendecidos los emperadores Dom Pedro I e Dom Pedro II y donde se casó la princesa Isabel, responsable de la abolición de la esclavitud en 1888.

Interior de la confitería Colombo, en Río.
Interior de la confitería Colombo, en Río.

TRANSPORTE. Además de la línea 4 del metro (la mejor opción para ir hasta Barra de Tijuca), el Ayuntamiento ha planeado una red extra de autobuses rápidos, los BRT, con parada en el Parque Olímpico. Una tarjeta olímpica con viajes ilimitados (uno, tres y siete días, entre 6,50 y 42 €) permitirá el acceso a tren, metro y autobús. Los taxis merecen capítulo aparte. Aunque no se debe generalizar, su mala fama es muchas veces merecida. No es raro que intenten hacer la ruta más larga.

Habitantes: 6,5 millones | Superficie: 1.255 km² | Plazas hoteleras: 52.000 | Moneda: Real brasileño (0,27 €) | Idioma: Portugués

SEGURIDAD. Río es una ciudad considerada peligrosa, hay asaltos y hurtos diariamente, pero no hay que entrar en pánico porque la mayoría de los viajeros vuelve a casa sin incidentes.

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Soldados junto a la Villa Olímpica de Río.

Precauciones básicas durante la visita:

Evite mostrar objetos de valor como cámaras y móviles y deje las joyas en casa.

Si le muestran un arma (en el peor de los casos), manténgase tranquilo, entregue lo que le pidan y procure no hacer movimientos bruscos.

En la playa lo mejor es ir con lo justo y pedirle a otro bañista que eche un ojo a nuestras cosas al dar un chapuzón.

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Fachada del hotel Copacabana Palace. Cordon Press

RÍO RICO.  El viajero captará en seguida que, excepto en la playa (el lugar más democrático de la ciudad), hay espacios reservados exclusivamente a la élite. Para desayunar, tomar el aperitivo o beber un trago, el hotel Copacabana Palace, patrimonio cultural de la ciudad y construido al estilo de los hoteles de la Costa Azul, es un símbolo de la época dorada de Río de Janeiro, cuando aún era capital de Brasil. En sus habitaciones con vistas al mar se han hospedado celebridades como Brigitte Bardot, Janis Joplin, el escritor austriaco Stephan Zweig o Albert Eintein.

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Sesión de samba en Pedra do Sal.

RÍO POBRE. La experiencia del viaje no será completa sin conocer los espacios frecuentados por el pueblo, principalmente negro. El plan más accesible para hacerlo es la rueda de samba de la Pedra do Sal, un rinconcito en el centro de la ciudad que rinde homenaje a los esclavos de la época colonial. Los lunes, a partir de las siete de la tarde, músicos, turistas, vendedores ambulantes y jóvenes y ancianos de la favela cantan al ritmo de tambores. Otra excursión que incluye vistas de quedarse sin aliento es la favela de Vidigal (guías en www.trilhadoisirmaos.com.br). La barriada trepa por la montaña Dois Irmãos y desde la cumbre se divisa la ciudad a 500 metros de altitud. Al acabar, lo mejor es reponer fuerzas en Cardápio (Av. Presidente João Goulart, 625): deliciosa comida casera y zumos a precios razonables.

LA NOCHE CARIOCA. En Río hay unos cuantos lugares reverenciados por los amantes de la noche.

Bar Astor. En Arpoador. Sirve buenas bebidas, pero sin música.

Circo Voador. Una discoteca inspirada en una carpa de circo que ofrece casi todos los fines de semana música en directo. En el barrio de Lapa.

Rio Scenarium Situado también en Lapa, rinde homenaje a la música brasileña.

Viaducto Prefeito Negrão de Lima Centenares de jóvenes de los suburbios se reúnen en el barrio de Madureira para bailar música negra.

DESDE LAS ALTURAS. La ciudad tiene multitud de miradores para contemplar su paisaje desde arriba. Los más conocidos –y caros– son el Pão de Açucar (20 euros) y el Cristo Redentor (18 euros), preciosos pero, probablemente, abarrotados durante los Juegos. Puede optarse por opciones menos concurridas como la Vista Chinesa, el mirador de Dona Marta, el mirador do Pasmado o el Parque Penhasco dos Dois Irmãos. Lo más fácil es acercarse a ellos en taxi, pero hay varios a los que se puede llegar tras un paseo por el bosque o en transporte público.

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Río desde la altura de un telesférico, con Copacabana a la derecha.

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