Argentina se escandaliza ante el “superbochorno” del Boca-River

Dirigentes políticos hablan de “suspender el fútbol” en un clima de enorme pesimismo

Imágenes del Boca-River disputado el jueves.Youtubeundefined

¿Qué lleva a miles de personas, muchos padres de familia, trabajadores, algunos con sus hijos allí, a esperar horas encerrados en un estadio en la madrugada de un jueves con un partido ya suspendido solo para impedir que el equipo rival pueda salir del campo? “Aserrín, aserrán, de la Boca no se van” gritaban como locos en La Bombonera, el estadio de Boca. ¿Qué lleva a esos mismos a aplaudir y jalear que alguien rocíe con gas pimienta a los jugadores del River Plate a través de un agujero en la manga que debería proteger su salida al campo? ¿Por qué los futbolistas de Boca aplauden a su hinchada en vez de solidarizarse con sus rivales? Estas preguntas y otras aún más duras recorren una Argentina avergonzada por el espectáculo ofrecido en el partido del año.

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El tercer Boca-River en dos semanas, el definitivo, que decidía la clasificación para los cuartos de final de la Copa Libertadores, terminó de hundir la imagen de un fútbol argentino en horas bajas precisamente por los problemas de seguridad. Y la respuesta era unánime: la barra brava, los ultras, tienen secuestrado al fútbol, extorsionan a todos y nadie se atreve a pararlos.

El fútbol en Argentina está en la esencia de casi todo. La política, los negocios, el poder, y la delincuencia giran en torno a la pasión de este país por la pelota. Por eso al día siguiente de un Boca-River que dejó imágenes durísimas, Argentina se encandalizaba y hablaba de “superbochorno” en vez de “superclásico”.

Es un debate eterno: el fútbol en este país es cada vez más violento, más descontrolado, pero nadie parece capaz de resolverlo. Se pensó que eliminando uno de los factores de mayor tensión, la tradición de estadios divididos a la mitad entre la hinchada visitante y la rival para que lucharan en cánticos, se relajaría. Pero no ha funcionado. En La Bombonera no había una sola camiseta de River, y el desastre fue igualmente completo.

La política, los negocios, el poder, y la delincuencia giran en torno a la pasión de este país por la pelota

“Ya no van los visitantes. Si no se resuelve esto vamos en camino a suspender el fútbol”, dijo Florencio Randazzo, ministro de Interior y uno de los candidatos oficialista a la sucesión de Cristina Fernández de Kirchner. 

Ahora el Gobierno responsabiliza a la cúpula de Boca, en general a los dirigentes de todos los clubes, que son incapaces de controlar a sus ultras. “En Inglaterra se paró porque había dirigentes decididos a acabar con las barras. Acá no hay directivos con coraje para denunciar, están siendo extorsionados, esto tiene que acabar”, dijo Sergio Berni, secretario de Estado de Seguridad, un hombre de acción que poco antes de empezar el partido recorría las tribunas para comprobar que todo estaba en orden. Pero no lo estaba. A pesar de los cacheos de la puerta que comprobó este periodista en persona, y las máquinas para analizar las huellas dactilares, la barra, impune, no solo metió el gas pimienta sino que logró introducir incluso un dron que recorrió el estadio burlándose de la bajada a segunda división de River.

El Gobierno responsabiliza a la cúpula de Boca, a los dirigentes de todos los clubes, que son incapaces de controlar a sus ultras

Todos los periódicos, radios y televisiones difundían al día siguiente un lamento generalizado que no solo habla del fútbol sino de la sociedad argentina en general y de un país que no se reconoce a sí mismo. “Ayer tocamos fondo”, se lamentaba el famoso periodista deportivo Fernando Niembro, que lleva toda la vida narrando partidos. “Un país que no respeta la justicia está acabado. Antes era un disfrute ir a la cancha, yo iba con mi padre, recuperemos esa Argentina, ¿por qué nos tenemos que conformar con el inmundo barrabravismo?”, insistía.

Las barras no son ultras al estilo europeo. Tienen mucha influencia política y contactos, porque mueven un ejército de fieles dispuestos a ayudar con su capacidad de intimidación a cualquier político o sindicalista en una manifestación, en una pelea interna por el control de un municipio, de un territorio. Son fundamentales para la política. Y además tienen mucho dinero porque controlan un gran negocio en torno al fútbol: reventa de entradas, de souvenirs, de comida, de párking alrededor del estadio. Controlan incluso zonas de La Salada, el mercado negro más grande de América. Tienen hombres disciplinados y dispuestos a todo, y eso es un gran activo en una política dominada por la ocupación del espacio, con manifestaciones diarias por los asuntos más dispares. Por eso los argentinos son mayoritariamente pesimistas, y creen que nadie arreglará nunca un problema que el jueves por la noche estalló de nuevo en las manos de los responsables políticos.

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