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La osadía de hacer sonar el silbato

Afortunadamente, los árbitros son capaces de no pensar en nosotros y centrarse en su tarea

Frank Vogel, técnico de Indiana Pacers, protesta al árbitro.
Frank Vogel, técnico de Indiana Pacers, protesta al árbitro. AFP

Un viejo dicho del baloncesto dice así: “Es preferible dejar que los jugadores decidan el partido”. Con respecto a esto, la opinión general es que los árbitros deberían apartarse a un lado o correr el riesgo de poner en peligro la teórica integridad del juego.

En ningún otro lugar se pone más en práctica esta teoría que en los playoffs de la NBA. Los partidos son más físicos, más disputados y más puros que la versión normal. Esto, solemos decir, es bueno. Significa que el resultado ya no está en manos de los árbitros (o en sus ojos o en sus silbatos, por así decirlo) y pasa a depender, afortunadamente, de los jugadores.

El problema es que lo que solemos decir suele ser equivocado.

No hace mucho, llegaba tarde a una cita con el médico. Entre la consulta y mi posición había un tramo de carretera en el que podría haber conducido mi coche fácilmente a 100 kilómetros por hora. El problema era que la velocidad estaba limitada a 60. Refunfuñé y pensé que si, solo por esta vez, podía exceder el límite de velocidad, sin duda me iría mejor.

Eso era cierto, dentro de los límites del yo y del ese momento. Pero no era cierto para el conjunto de la sociedad. Ni qué decir tiene que, si no hubiera límites de velocidad, sobreviviría menos gente en los desplazamientos matutinos al trabajo.

Queremos ver contraataques de vértigo, jugadas explosivas y decisiones rápidas

Este sentido del bien común también es válido para el baloncesto. Podría parecer que sería mejor que no se pitara el bloqueo ilegal de Kevin Garnett, o que se le permitiera a LeBron James lanzar un tiro en el último segundo, o que se le diera carta blanca a Ron Artest para castigar a Kevin Durant en la zona. Pero no es mejor ni para la temporada regular, ni para los playoffs, ni para el baloncesto en general.

Queremos ver contraataques de vértigo, jugadas explosivas y decisiones rápidas tomadas por hombres que piensan rápido. Paradójicamente, la única forma de conseguir lo que queremos es que los hombres de los silbatos piten más faltas, no menos. Cuando los árbitros pitan faltas, los jugadores que la cometen aprenden que no pueden provocarlas o tendrán que marcharse del partido. Se hacen menos faltas, el partido se acelera y nosotros, los idiotas confiados en que queríamos desesperadamente, en ese momento, conducir a 100 km/h para llegar a tiempo a nuestra cita con el médico, estamos más contentos.

Hay una escena en Braveheart en la que los hombres de William Wallace están esperando el ataque de las hordas inglesas. Mientras sus hombres aguardan para enfrentarse a los guerreros que se aproximan, Wallace grita más adelante: “Aguantad ¡Aguantad! ¡AGUANTAD!”. Sabe que a los suyos les irá mejor si a nadie le entra el pánico, si todo el mundo deja de lado sus motivaciones egoístas por el bien del grupo y se ciñen al plan.

Los árbitros de la NBA son los hombres de Wallace. Nosotros somos los ingleses gritones. Les chillamos para que no usen sus silbatos. Les maldecimos cuando pitan una falta en los segundos finales. Levantamos nuestras manos cuando los árbitros tienen la osadía de interrumpir nuestra comunión espiritual con la acción que se desarrolla ante nosotros.

Somos difíciles de pasar por alto; somos muchos y hacemos demasiado ruido. Afortunadamente, los árbitros son capaces de no pensar en nosotros, de centrarse en la tarea que tienen entre manos y de ignorar a las hordas que quieren conducir todo lo deprisa que pueden hacia la destrucción del juego que les encanta ver.

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