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Universos paralelos
Columna
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Julian Cope, el druida del rock

Con una apabullante discografía, el músico inglés ha encontrado tiempo para cultivar su faceta literaria

Julian Cope
Julian Cope, en 2016 en el festival de Ramsbottom (Inglaterra).Visionhaus (Corbis/ Getty Images)
Diego A. Manrique

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Es una gracieta que todavía se repite. Viene a decir que los periodistas musicales no son más que músicos frustrados. Cierto, hay ejemplos de esa vocación oculta pero, con idéntica frivolidad, podríamos afirmar que existen músicos que ansían ejercer como escribas musicales. Se me ocurren casos de artistas que incluso han brillado en esa labor: Ben Sidran, en el jazz, o Julian Cope, en el rock.

Sidran nos acaba de visitar, así que supongo que no hay necesidad de presentarlo. Lo de Cope resulta más espinoso: disfrutó de éxitos, con el grupo The Teardrop Explodes y bajo su nombre, pero en las últimas décadas ha pasado al underground, a la clandestinidad del sello discográfico propio (una decisión motivada por su antipatía hacia la industria establecida, más que por necesidad) y a liarlo todo con obscuros proyectos paralelos.

Lo pasmoso: mientras se sumergía en esos charcos, Cope se mantenía activo como escritor, incluyendo dos libros de memorias y una novela. También ejerció de musicólogo erudito con Krautrocksampler y Japrocksampler, personalísimas visiones panorámicas de la eclosión del rock alemán y el japonés. El segundo, subtitulado Cómo el rock le voló la cabeza al Japón de posguerra, fue traducido aquí por Contra; con tal motivo, Cope incluso concedió una entrevista a Iñigo López Palacios, publicada en Babelia.

Durante 10 años, Cope publicó en su página (headheritage.co.uk) un Álbum del mes. Críticas torrenciales donde exploraba desde discos malditos de los años sesenta a lanzamientos independientes del siglo XXI, que, para hacerse una idea, no suelen aparecer en Spotify. Desbordante de entusiasmo y coloquialismos, su estilo es más Lester Bangs que Greil Marcus. Su canon del rock deja fuera el blues blanco, los singer-songwriters o los virtuosos (aunque puede detectar similitudes entre algunas grabaciones de John McLaughlin y los martilleos de Black Sabbath). Sus filtros estéticos son estrictos pero carece de prejuicios: lo mismo celebra al Battiato electrónico que a la banda sevillana Orthodox, con su metal-de-Semana-Santa.

Esos textos están recopilados en un tomo de más de 700 páginas, Copendium, título que —quiero pensar— también es un saludo a Compendium, legendaria librería de Camden que compartía su pasión por los conocimientos no convencionales. Simultáneamente, Cope ha desarrollado otra carrera como fan de la arqueología, con dos libros dedicados a monumentos prehistóricos que encajan con su cosmovisión pagana. El primero, The Modern Antiquarian, vendió lo suficiente para justificar un documental de la BBC.

Allí reconoce que tardó en explorar esos lugares sagrados; solo lo hizo cuando aprendió a conducir, ya treintañero (“Una estrella del rock siempre tiene chófer para moverse, aparte de que normalmente está tan resacoso que no podría ponerse al volante”). Como rock star, Cope se ha movido con su veleta mental. La figura angelical de Top of the Pops terminó despojándose de todo: está desnudo, bajo un caparazón de tortuga, en la portada del álbum Fried; terminó adoptando un look entre ángel del infierno y oficial de la Wehrmacht. En los últimos años, Cope parece alejado de la escritura, aunque todavía sostiene un inabarcable flujo de discos. Me le imagino durante el pasado solsticio de verano, pasando la noche en el círculo megalítico de Avebury, que —a diferencia de Stonehenge— no está vallado. Entre tantos freaks, hasta pudo pasar inadvertido.

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