La acusación de maltrato de una hija contra el novelista Amos Oz conmociona a Israel

La también escritora Galia Oz asegura en una autobiografía que sufrió continuos abusos físicos y psíquicos de su padre, fallecido en 2018

El escritor Amos Oz, en su casa de Tel Aviv (Israel), en octubre de 2015.
El escritor Amos Oz, en su casa de Tel Aviv (Israel), en octubre de 2015.Edward Kaprov

“Durante mi niñez mi padre me pegó, me insultó y me humilló”. La autobiografía de la escritora de literatura infantil Galia Oz ha levantado ampollas en Israel, donde la memoria del novelista Amos Oz, fallecido hace poco más de dos años a causa de un cáncer, es preservada como una gloria nacional con proyección universal, y como icono de la izquierda pacifista. Las acusaciones contenidas en las páginas de Algo disfrazado como amor ―”no era una pérdida pasajera de control ni una bofetada aquí o allá, sino una rutina sádica”― no son menores. La conmoción que ha causado en el Estado judío su publicación se ha manifestado, sin embargo, con el distanciamiento con que se observan los secretos de familia.

Galia Oz, de 56 años y segunda hija del autor de Una historia de amor y oscuridad, rompió con su padre y el resto de la familia hace siete años. La tensión con la que se vivió su presencia en el funeral del escritor, en diciembre de 2018, aún es recordada en la prensa hebrea. “Sus abusos eran creativos: me arrastraba desde el interior de la casa y me arrojaba por las escaleras de entrada”, describe el comportamiento de su progenitor en el libro de memorias. “Se diría que me trataba como basura, pero sin perder nunca la calma. Mi delito era ser yo misma, por eso el castigo nunca tenía fin hasta que él se aseguraba de que estaba rota por dentro”.

“No he tenido más remedio que intentar superar la violencia, el secretismo, la costumbre de guardármelo todo para mí y el miedo al qué dirán”
Galia Oz

El escritor y periodista Yehuda Atlas, amigo de Galia Oz, declaró a la radio estatal que había oído hablar sobre esas historias (de maltrato). “Pero a los progresistas de Israel nos resultaba difícil aceptarlo. Amos Oz era nuestro príncipe”, reconoció. Daniel Oz, músico y poeta, hijo menor del autor de Judas, dejó en Facebook una enigmática reflexión: “Mi padre no era un ángel, solo un ser humano. El mejor ser humano que he conocido. Estoy seguro ―lo sé― de que hay una pizca de verdad en los recuerdos de Galia. No la borremos a ella. No nos borremos a nosotros”.

La posición oficial de la familia quedó plasmada en un mensaje en Twitter de la mayor de los tres hijos del novelista, Fania Oz-Salzberger, historiadora y profesora. “Nosotros conocíamos a un padre diferente [al descrito por su hermana menor]. Un padre amable y atento que amaba a su familia. Las acusaciones de Galia, cuyo dolor parece ser real, no se corresponden con la memoria, totalmente diferente, que guardamos de él a lo largo de todas nuestras vidas”.

Amos Oz, nacido en Jerusalén en 1939, narró Israel con una voz original que llegó al alma de sus compatriotas. El eco de su obra, traducida a 45 idiomas, se propagó por todo el mundo con el reconocimiento de premios como el Príncipe de Asturias (2007) o el Goethe (2005). Pero aunque su nombre figuraba cada año en las quinielas que circulaban por Estocolmo, el mayor galardón internacional se le resistió. “Creo que ya he tenido mi cuota de premios literarios”, dijo en una entrevista con EL PAÍS en 2015, “y si no recibo el Nobel no me voy a morir insatisfecho”.

Mi padre no era un ángel, solo un ser humano. El mejor ser humano que he conocido. Estoy seguro –lo sé– de que hay una pizca de verdad en los recuerdos de Galia. No la borremos a ella. No nos borremos a nosotros
Daniel Oz

Su vida fue una novela. Cambió su apellido paterno, Klausner por el de Oz y abandonó a su familia de inmigrantes judíos de Europa del Este para ingresar en un kibutz a los 15 años. El relato de su experiencia en las granjas colectivas, que marcaron los primeros años del Estado judío, fue el eje central de una obra de juventud que evolucionó hacia la descripción de personajes arquetípicos con los que se identifica la sociedad israelí. Y que atrajeron la atención de lectores de todo el planeta.

La relación familiar que vivió Amos Oz durante su niñez fue compleja. Se esforzó en ser “lo más distinto posible” de su padre, un bibliotecario nacionalista judío, en busca del sueño del socialismo comunal en el campo. Sumida en una depresión, su madre se suicidó cuando él tenía 12 años. “Creo que hay un gen fanático en casi todos nosotros. El ser humano intenta cambiar a los demás. Les decimos a los niños: ‘Tienes que ser como yo”, declaró en una entrevista con EL PAÍS pocos meses antes de morir, cuando presentó su última obra Queridos fanáticos, que definió como un “legado”.

Poco más se sabe de la vida privada del escritor más reconocido de Israel. Su amabilidad era proverbial entre los corresponsales de la prensa extranjera, a los que seducía con titulares sobre la solución de los dos Estado al conflicto palestino-israelí, mientras desgranaba con habilidad durante la conversación la enjundia de la obra que su editorial estaba promocionando.

“No he tenido más remedio que intentar superar la violencia, el secretismo, la costumbre de guardármelo todo para mí y el miedo al qué dirán”, confiesa la hija del escritor en su autobiografía. “Pero no lo he conseguido. Por eso he tenido que escribir”. Esperó a la muerte del padre. Ella alega que él había esparcido infundios entre los intelectuales israelíes para desacreditarla, por si se atrevía a revelar los malos tratos. Analistas y críticos de su obra citados por la prensa hebrea han creído observar en la novela de Amos Oz Conocer a una mujer un paralelismo entre la hija obstinada y epiléptica del protagonista —un antiguo espía que acaba de enviudar— y su propia hija Galia.

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