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Vivir es traicionarse

En ‘Fin de temporada’, donde las grandes cosas ocurren en los lugares pequeños, ser feliz es abandonar a los tuyos

Ignacio Martínez de Pisón, el 31 de agosto en Barcelona.
Ignacio Martínez de Pisón, el 31 de agosto en Barcelona.

En la tragedia clásica, el mal (o, mejor dicho, la transgresión de la norma) ya ha sucedido. Es el punto previo al comienzo de la obra. En cierto sentido, los héroes trágicos no son personajes a los que les suceden “cosas del exterior”, sino individuos que deben preguntarse por su origen, por el comienzo del desajuste que implica su propia vida. Fin de temporada apela a esta forma arquetípica de narración.

Juan y Rosa, una jovencísima pareja extremeña, viajan en coche a Portugal para que ella aborte clandestinamente. Estamos en 1977. Tienen un accidente y Juan muere. Rosa huye de su casa, de sus amigos y de su pasado. Veinte años después, Rosa y su hijo, Iván, regentan un pequeño campin en Tarragona. Han vivido, entre tanto, en múltiples ciudades pequeñas: Logroño, Jaca, Torrelavega. “La vida de esa madre y ese hijo se resumía así: siempre juntos los dos, de aquí para allá, no teniendo a nadie más”. Poseen “un vínculo profundo, oscuro, ancestral”. Es el momento en que Iván se encarna como héroe trágico y decide resolver el enigma de su pasado. Se siente víctima de una maldición que, como en la tragedia, “¡empezó a cumplirse en el momento en que supe!”. Es decir, si su padre, que tenía intención de que Rosa abortara, no hubiera muerto en el accidente, Iván no existiría. Esta toma de conciencia lo convertirá en el agente de la propia desgracia familiar.

Si me demoro en la trama de Fin de temporada es porque Ignacio Martínez de Pisón (Zaragoza, 1960) saca todo el partido de una situación arquetípica. Las relaciones de los personajes ponen en juego múltiples tensiones afectivas: en primer lugar, las de un hijo que empieza a convertirse en un extraño para su madre y para sí mismo, y que descubre a la familia paterna como una tentación de arraigo. También el desamparo de quien debe fabricarse un origen y sólo encuentra azar. Y las propias tensiones de la novela de iniciación que vive Iván con Céline, su novia francesa. E incluso de la novela del fin de una amistad, entre Rosa y su amiga Mabel, otra superviviente de un pasado incómodo.

Porque en el mundo de Fin de temporada los personajes deciden separarse cuando más profundos son los vínculos que los unen, y unirse cuando empezaban a entrever la promesa de otra vida mejor. Son pequeñas relaciones afectivas de dos o tres personas que vagan por una especie de deriva en la España interior, en consonancia con la apuesta realista de Martínez de Pisón: es en los lugares pequeños y apartados de las noticias, que el autor describe con precisión para dignificarlos, donde suceden las grandes historias. Por eso puede decirse que Martínez de Pisón regresa al intenso terreno emocional de novelas como Carreteras secundarias (1996), de la que Fin de temporada es un curioso eco. Pero además, aunque es un maestro de la estructura, y pienso en su novela El día de mañana, aquí Martínez de Pisón apuesta por una fórmula repetitiva: el cambio de escenas siempre es aclarado, ya en los primeros párrafos, por el diálogo de los personajes: contextualiza, explica qué ha sucedido entretanto. Y uno se pregunta si no hubiera sido más eficaz pasar a estilo indirecto esta simple y forzada orientación para un lector poco imaginativo.

No obstante, es un crítica pequeña para una novela que desarma por su emotividad y clarividencia psicológica. Los personajes se debaten entre la fluidez y la fidelidad. Es una transgresión implícita en cualquier vida. Vivir es traicionarse. Ser feliz es abandonar a los tuyos.

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Autor: Ignacio Martínez de Pisón.

Editorial: Seix Barral, 2020.

Formato: tapa blanda (20,90 euros, 376 páginas) y e-book (9,99 euros).

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