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LIBROS

Lo que ‘Mrs. America’ no cuenta: la guerra editorial de las feministas

La serie de HBO obvia que la lucha por los derechos de las mujeres de los sesenta y setenta fue también una batalla en el sector cultural que descubrió un nicho de mercado al que se ha recurrido de forma intermitente desde entonces

A la izquierda, la escritora feminista Betty Friedan, en su casa en 1978. A la derecha, la activista antifeminista Phyllis Schafly, en una manifestación en Washington D. C. en 1977.
A la izquierda, la escritora feminista Betty Friedan, en su casa en 1978. A la derecha, la activista antifeminista Phyllis Schafly, en una manifestación en Washington D. C. en 1977.

En un momento dado de la excelente y necesaria Mrs. America (HBO), Gloria Steinem –en realidad, Rose Byrne en el papel de la fundadora de la revista Ms.– le da las gracias a Betty Friedan (Tracey Ullman) porque sin ella nada existiría. Convienen las distintas facciones del feminismo, dividido pese a todo en su lucha por la aprobación de la ERA –la Enmienda de Igualdad de Derechos, en sus siglas en inglés– en la totalidad de los Estados Unidos (algo que ocurrió finalmente a principios de este año) que sin La mística de la feminidad (1963) ni ella ni ninguna de las demás habría despertado. El ensayo de Friedan abrió la caja de Pandora de la lucha por los derechos de la mujer, impulsando la llamada segunda ola del feminismo estadounidense, y descubriéndole a la edición un nicho de mercado sin explotar ante el que frotarse las manos.

¿Qué tienen en común las muy distintas líderes del movimiento, y su contrario, además de querer, o impulsar, o derrocar, la famosa ERA? Que todas tienen un contrato editorial, o están pensando en conseguir uno. Steinem es, de todas, la más famosa y preciada a principios de los setenta, pero la única que no lo firmó hasta 1983, año en que publicó Outrageous acts and everyday rebellions (Actos escandalosos y rebeldías cotidianas), centrada como estaba en la dirección de Ms., la revista que dio forma a esa primera ola, y que evidenció que existía un público y era un público cada vez mayor –agotó sus primeros 300.000 ejemplares en ocho días, recibiendo aquella semana 26.000 suscripciones y unas 20.000 cartas–. Aunque, se diría, la revista llegó a un terreno abonado.

La mística de la feminidad, que analiza pormenorizadamente la insatisfacción del ama de casa norteamericana de los cincuenta, condenada a vivir con la contradicción de su aparente y obligada felicidad –la felicidad de los anuncios de electrodomésticos– y la desesperación y frustración real de una vida que consiste, básicamente, en servir, colocó, en menos de un año, un millón de ejemplares, y se convirtió en el libro más vendido de no ficción de 1964 en Estados Unidos. Las ideas de Friedan, sin embargo, no tardaron en encontrar contrincante. Ese mismo año, Phyllis Schlafly, la ultraconservadora futura líder del movimiento Stop ERA y fundadora del movimiento Eagle Forum, además de mano derecha del entonces aún aspirante a presidente Ronald Reagan, publicó A Choice Not An Echo, un volumen autoeditado del que vendería tres millones de ejemplares.

Las ediciones originales de 'La mística de la feminidad' (1963), 'A choice not an echo' (1964) y 'Outrageous acts and everyday rebellions' (1983).
Las ediciones originales de 'La mística de la feminidad' (1963), 'A choice not an echo' (1964) y 'Outrageous acts and everyday rebellions' (1983).

Si bien es cierto que en ese primer momento Schlafly, interpretada en la serie por una siempre majestuosa Cate Blanchett, no cargaba únicamente contra las feministas, sí incluía en su arenga ultraconservadora una mención al papel de la mujer –que, para ella, madre de cinco hijos que nunca estuvo del todo presente, estaba en el hogar, pese a todo–, aunque, convencida de que no habría otra manera de que, como mujer, fuese aceptada como líder en la derecha más conservadora, no tardaría en hacer de la lucha contra los derechos de su propio género su principal caballo de batalla. De ahí que tenga un papel tan protagonista en la serie, algo que no ha gustado en absoluto a la verdadera Steinem, que hoy suma 86 años y que nunca la consideró poco más que una anécdota.

Pese a ello y hasta 2016, año de su muerte, Schlafly, que, como las feministas, fue instrumentalizada por la política masculina, publicó 19 libros. Buena parte de ellos trataban el tema en el que era experta y en el que querría haber hecho (e hizo, a su manera) carrera: el de Defensa. El último llevaba por título The Conservative Case for Trump y se publicó el mismo año de su muerte. Era evidentemente un libro pro Trump. Su público lector fue siempre el mismo, y no dependió tanto del momento –las distintas olas de feminismo– como sí lo hizo en el caso de las feministas, que a principios de los setenta vivieron también su pequeña edad dorada de no tanto el ensayo –aunque lo hubo, incluso lo practicaron hombres, como Jack Nichols, que lanzó en 1975 Men’s Liberation: A New Definition of Masculinity– como del memorialismo relacionado con el activismo. Bella Abzug, abogada, política y fundadora de la Asamblea Política Nacional de Mujeres, interpretada en la serie por Margot Martindale, publicó en 1972 el también archivendido Ms. Abzug Goes to Washington, cuando los demócratas aún la incluían en sus filas.

Ese año, 1972, es un año fundamental para la segunda ola y también para la edición de libros sobre feminismo, y no es casualidad que coincidiera con un año electoral –ni que fuese el año de la convención demócrata de Miami en el que explotó todo lo que había estado gestándose desde la década anterior en lo que se refiere a la lucha por los derechos de las mujeres–. Es el año de La vida erótica de la esposa norteamericana, de Natalie Gittelson (la interpreta Miriam Shor en la serie), y el de la caída de Shirley Chislholm, la primera afroamericana en llegar al Congreso (a quien encarna Uzo Aduba, la Crazy Eyes de Orange is the New Black), que había publicado también sus memorias, Unbought and Unbossed, en 1970.

Como ocurre con todo movimiento que reta al sistema, el feminismo también fue domesticado y explotado por el mismo. Y no solo a nivel editorial. Como puede verse en Mrs. America, tanto republicanos como demócratas utilizaron la causa para ganar votos y luego la abandonaron. Dejaron en la cuneta a las líderes que les habían ayudado a llegar hasta allí: de un lado Bella Azbug y del otro, Phyllis Shlafly. Y lo mismo ocurrió con todas ellas a nivel editorial. Porque Friedan importó mientras vendía. En el momento en el que Steinem ensombreció su liderazgo, esta se convirtió en el objeto de deseo del sector editorial, y quizá por ello es la que más habla de lo que le cuesta escribir en la serie. “¿Para cuándo tu libro?”, le preguntan a menudo, y ella responde con evasivas. Mi vida en la carretera llegó, de hecho, en 2016. Importó de todas formas, porque lo hacía justo antes de que se desatara en 2017 la cuarta ola de feminismo (que culmina con el #MeToo), demostrando que, desde mediados de los sesenta, el sector ha recurrido de forma intermitente e interesada al movimiento para hacer negocio.

 

Cate Blanchett, como la activista Phyllis Schlafly, en la serie 'Mrs. America'. En vídeo, el tráiler de la serie.
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