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SILLÓN DE OREJAS COLUMNA i

Como si no hubiera un mañana

El libro ha acrecentado su poder simbólico durante el confinamiento: se ha hablado de libros —y de quienes los hacen y venden— más que nunca

Dorothy Malone y Humphrey Bogart, en una librería de 'El sueño eterno' (1946), de Howard Hawks.
Dorothy Malone y Humphrey Bogart, en una librería de 'El sueño eterno' (1946), de Howard Hawks.

1. Esplendores

Pensándolo bien, la pandemia ha sido un momento de esplendor para el libro, quizás el último que experimente ese genial artefacto que, mejor que cualquier otro, ha sabido guardar desde siempre —cuando apenas era una tableta de arcilla horneada— la sabiduría, la memoria, los sentimientos y las necesidades de la humanidad. Durante el confinamiento que aún no termina del todo (y ya veremos si no regresa), se han leído más libros que nunca, tanto en formato analógico como, exponencialmente, digital. La gente —incluso los más renuentes— ha recurrido como nunca al libro. El cierre de bibliotecas y librerías —el único país que ha dado al libro tratamiento de “bien esencial” es Alemania— no ha sido obstáculo para conseguirlos o, incluso, para reencontrar los olvidados en las estanterías de las bibliotecas familiares.

Al lado de allá de los Pirineos, donde siempre ha habido menos tacañería y más lucidez para la cultura que aquí, las encuestas revelan que, en lo que va de confinamiento, cada francés ha leído una media de 2,5 libros, y estoy seguro de que nosotros no les vamos muy a la zaga. Pero, sobre todo, el libro ha acrecentado su poder simbólico: se ha hablado de libros —y de quienes los hacen y venden— más que nunca. Los famosos nos han recomendado lecturas en los medios de comunicación, incluso en la tele —un medio pertinazmente reacio al libro y ante el que los españoles permanecemos más de 300 minutos diarios—, el libro ha campado con insólita libertad.

Se ha hablado de los libros también como sanación: para combatir el tedio, el miedo, la nostalgia, para olvidarse del pánico económico, para engañar la espera. El renovado potencial simbólico del libro se ha hecho muy patente como repetidísimo telón de fondo de tertulianos y corresponsales televisivos que se conectan desde sus domicilios particulares, hasta el punto de que, muy a menudo, resulta más interesante el aspecto de la biblioteca que tienen detrás que lo que dicen: desde la controvertida Cristina Cifuentes, que se dirige a los espectadores delante de una biblioteca casera bien repleta, hasta la acuciante periodista escasamente belle ténébreuse a la que gusta conectarse delante de una foto de Baudelaire bien plantada en su biblioteca, todos y todas han elegido mostrarse con libros para dar la mejor imagen de sí mismos. La situación me ha recordado, por analogía, aquel célebre eslogan del otoño hortera (pero aún sangriento) del tardofranquismo: “Un libro ayuda a triunfar”. Y es que este confinamiento está siendo, sin duda, ocasión para una sobrevenida bibliolatría cuyos saludables efectos ojalá duren más allá de la apertura de los bares.

2. Darwinismos

Desde hace 50 días no he recibido, por primera vez en más de 10 años, ninguna novedad de las que suelen enviarme los editores. Es ahora cuando me empiezan a llegar, vía online, los catálogos editoriales, recompuestos apresuradamente y reordenados para conjurar una rentrée impensable hace dos meses. Y ya empiezan a llegar a las librerías, al menos a las que están parcialmente abiertas y venden bajo demanda y cronómetro, los títulos seleccionados por editores y mercadotécnicos. Me pregunto cuántas librerías van a sobrevivir.

Me temo que, tras la inefable “desescalada inteligente” (¡glup!), va a tener lugar una especie de darwinismo librero: solo las más fuertes (y grandes) van a salir indemnes; los cuatro millones concedidos por el Ministerio, y destinados a contribuir a reformas y renovaciones de los establecimientos, solo beneficiarán a los que puedan permitirse invertir la parte que les corresponde. Los pequeños libreros más activos tendrán que volver a “reinventarse” —junto con “humildad”, una de las palabras del confinamiento—: ya han pasado de potenciar la comunicación con los clientes y las actividades culturales (presentaciones, charlas) a la venta por correo. Ahora, tras la pequeña y posiblemente efímera explosión de ventas suscitada por el reencuentro con los lectores más fieles, tendrán que renovar —con no demasiado apoyo— su sex appeal. Hay que volverle a ganar terreno a Amazon. Y en eso sí podemos ayudar todos.

Como si no hubiera un mañana

3. Novedades

Inevitablemente, la pandemia es el objeto de algunas de las novedades de las próximas (y siempre confusas y revisables) “fases de desconfinamiento”. Entre las reflexiones más o menos apresuradas tenemos, además de En tiempos de contagio (Salamandra), de Paolo Giordano, en formato libro desde finales de abril, Pandemia (Cuadernos Anagrama, 25 de mayo), de Slavoj Zizek, en la que el pensador de izquierdas más pop del momento relaciona el estallido y difusión de la enfermedad con el estadio depredador del capitalismo en nuestro tiempo; entre los estudios de pandemias pasadas destaco El jinete pálido (nada que ver con el wéstern del mismo título de Clint Eastwood), de Laura Spinney (Crítica), sobre la llamada “gripe española” de 1918, que acabó con la vida de entre 50 y 100 millones de personas; y El mapa fantasma (Capitán Swing), de Steven Johnson, un documentado y ameno trabajo sobre la gran epidemia de cólera que asoló el Londres victoriano en 1854 y en la que el doctor John Snow y el reverendo Henry Whitehead lograron encontrar el punto de origen (agua infectada) y trazar un mapa de su propagación.

4. Pilar

En estos días en que la nómina de muertos causa espanto, uno se revuelve particularmente ante la pérdida de los cercanos. Pilar Vázquez, la “traductora de John Berger” (aunque no solo, sino también), fue, además de una persona inolvidable (recuerdo su risa quebrada y sonora), una excelente traductora muy consciente de los derechos de los de su oficio. Desde aquí, y en nombre de todos los editores que nos beneficiamos de su trabajo, el recuerdo emocionado y agradecido.