Selecciona Edición
Selecciona Edición
Tamaño letra

Cuarentena con Johnny Hodges, por Fernando Trueba

El director de cine y productor musical no conoce un sonido más hermoso que el del saxo alto del músico estadounidense

Johnny Hodges (primer plano) y Al Sears, en Nueva York en 1946.
Johnny Hodges (primer plano) y Al Sears, en Nueva York en 1946. William P. Gottlieb / Biblioteca del Congreso de Estados Unidos

No conozco un sonido más hermoso que el del saxo alto de Johnny Hodges. Podría estar escuchándolo toda mi vida sin cansarme. Nadie ha tocado baladas de forma más bella, y su swing y su sentido del blues son inigualables. Parece ser que, cuando tocaba esas conmovedoras melodías, su rostro era absolutamente inexpresivo, imperturbable. Era el Buster Keaton del jazz. Hasta sus sombreros se parecían.

Sus apodos eran Jeep y Rabbit. Los grandes le admiraban. Comenzando por Sidney Bechet, que le descubrió, pasando por Duke Ellington, Ben Webster y Billy Strayhorn, que fueron sus compañeros de viaje inseparables hasta John Coltrane.

Entro en la orquesta de Ellington en 1928 y en ella estuvo, siendo la estrella entre las muchas que en ella había, 23 años, hasta el 51, en que aconsejado por quienes le deseaban mayor protagonismo, empezó una carrera en solitario con sus propios grupos que sólo duro cuatro años, lo que Hodges tardó en hartarse de ser el “jefe”, y en el 55 volvió con Ellington, que le recibió con los brazos abiertos. Hodges siguiendo tocando en su orquesta otros 15 años, hasta una semana antes de morir en el 70.

Su patrón dijo de él que “No era precisamente el más entretenido de los showmans ni la más imponente personalidad de la escena, pero su tono era tan bello que te hacía llorar”.

Escucha directamente en Spotify esta y otras playlists de EL PAÍS