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FOTOGRAFÍA

Marcia Resnick, deliciosamente perversa

Se reedita 'Re-visions', una satírica exploración de la adolescencia femenina que consolidó la trayectoria fotográfica de la autora

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Con recato sorbía bebidas de cereza en polvo en un vaso de vino y daba caladas a un cigarro de chicle.

En 1975, mientras conducía por el West Village, Marcia Resnick (1950, Nueva York) tuvo un accidente. En ese momento recorrió toda su vida en imágenes mentales. Tras perder la consciencia despertó en un hospital donde tuvo que permanecer dos semanas. Durante aquellos días de reposo comenzó a diseccionar su trayectoria vital, dando forma en su cabeza a un irónico e introspectivo libro. “La persona que menos comprendo es a mí misma”, dice. “De manera que volví la cámara hacia mí y tomé mi primer autorretrato”. El resultado fue una sugerente exploración de la identidad adolescente, tan inocente como deliciosamente perversa.

“Supo de la moralidad a una temprana edad. La inocencia dio paso al Bien y el Mal… todo parecía estar en blanco y negro”, escribe Resnick en el texto que acompaña a la primera imagen del que fue su cuarto libro, Re-visions. A través de 47 imágenes en blanco y negro, la autora se interpreta a sí misma en extrañas escenografías sin que en ningún momento podamos ver su rostro. Muestra las inseguridades, los traumas, los anhelos y la rebeldía adolescente con la fresca picardía de una jovencita que con recato sorbe bebidas de cereza en polvo de un vaso de vino mientras cala cigarros de chicle, y rellena los sujetadores con algodón.

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“Ser una adolescente miembro de una familia judía de clase media, en el Brooklyn de los 60, era restrictivo, sobre todo si lo comparas con la educación actual. Había mucha conciencia de clase. A las niñas se nos exigía vestir de forma impecable, no causar problemas, obedecer. Ser perfectas de alguna manera”, señala la fotógrafa. “En la adolescencia tiendes a estar más dominado por las emociones y estas normalmente no se someten a ninguna regla. A mí siempre me ha gustado romper normas, expresarme a mí misma. Admiraba a la gente que tenía una visión alternativa de las cosas. Así, me gané la fama de bicho raro. En el instituto estudiaba mucho para poder independizarme a toda costa. Ha cambiado mucho desde entonces la perspectiva de lo que suponía ser mujer y vivir la vida que querías”.

En el California Institute of the Arts, tuvo como mentor a John Baldessari, quien siempre apoyó su enfoque experimental. De él recuerda que “era un maestro por naturaleza. Hacía muchas preguntas con el propósito de hacerte reflexionar. Esa es realmente la verdadera labor de un profesor”. Compartirían el uso de la ironía como una actitud frente al mundo. “Mi obra tiene un lado oscuro. La comedia es la otra parte de la tragedia. Es una espada de doble filo. A través de humor se puede llegar a profundizar más. La gente aprecia mejor las cosas cuando se expresan de forma más ligera”.

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Las imágenes van acompañadas de un texto que añade contenido y profundidad a su lectura. “Las palabras amplifican la verdad implícita en la imagen y conceden ironía a esa verdad”, explica. ”No son pies de fotos. Son textos que en ocasiones surgieron antes que la imagen, mientras otras veces derivan de ella. Siempre me ha interesado la caligrafía. Cuando uno marca un papel, está haciendo un dibujo. Al escribir, uno se expresa visualmente y verbalmente”.

Publicado en 1978 por la editorial canadiense Coach House Press. Re-visions fue considerado como uno de los mejores libros del año. Su corta tirada se agotó pronto. 41 años después Edition Patrick Frey se ha encargado de su reedición. “Agudo… para una niña”, diría Allen Ginsberg. “Mala”, sentenciaba Warhol. “… la esencia de la adolescencia”, observaba William S. Borroughs. “No está mal, realmente”, apostillaba William Wegman. “Los chicos como Allen y William son más alentadores que la mayoría de los hombres”, observaba Kathy Acker. Fueron algunos de los comentarios de aquellos con quienes compartía la efervescencia del escenario artístico, y las vivencias personales del down town neoyorquino de los setenta, donde Resnick se ganaba la vida dando clases de fotografía en el Queens College.

Con recato sorbía bebidas de cereza en polvo en un vaso de vino y daba caladas a un cigarro de chicle.
Con recato sorbía bebidas de cereza en polvo en un vaso de vino y daba caladas a un cigarro de chicle.

La portada del libro muestra a una niña con gafas de sol en forma de corazones. Imita a Sue Lyons, la protagonista de Lolita, la película de Kubrick basada en la obra de Nabokov. De igual forma, está dedicado a Humbert Humbert, el profesor de literatura obsesionado por la adolescente Dolores Haze en la novela. “Leí Lolita con 16 años. Por aquel entonces yo era muy naíf sexualmente, pero me gustaba mucho vestir bien y destacar mi presencia. Algunos hombres me consideraban una calientapollas. Yo no era consciente de mi apariencia, y muchísimo menos estaba pidiendo guerra”, recuerda la autora. “Cuando hice Re-visions pensaba en cómo me sentía entonces, y en cómo era aquella época. Se lo dediqué a Humbert Humbert porque quería considerar esa experiencia y observarla. No juzgarla. Referirse a algo no es lo mismo que aceptarlo. El debate es educativo. ¿Cómo sabes dónde está el mal si no se muestra? Ahí es donde se equivocan las detractoras de Lolita. En el tiempo en que se escribió la novela, el mensaje era el correcto; retrataba una parte de América. Se trata de una obra de arte, de una narración, no de una incitación o banalización de la agresión sexual”.

“En su tiempo, Re-visions fue acogido como un libro raro pero relevante, aunque no por parte de las feministas. Creo que se adelantó a su tiempo y en la actualidad son muchas las mujeres que lo observan de la misma forma que entonces  lo hice yo ”, destaca Resnick. Finalizada esta serie comenzó a pensar en el arquetipo del chico malo, de aquellos que viven al límite, en la frontera entre el bien y el mal convertidos en iconos de la contracultura. Tuvo como resultado otro libro: Punks, Poets and Provocateurs: New York City Bad Boys 1977-1982, que incluye retratos de David Byrne, William S. Borroughs, Allen Ginbsberg, Mick Jagger, John Belushi y Basquiat, entre otros, y con ironía indaga en las interpretaciones del término malo. “Los punks se habían ganado la reputación de malísimos, y lo expresaban en sus vestimentas y en su música. Pero por aquel entonces, dentro de ciertos círculos, malo se utilizaba coloquialmente como bueno. Me intrigaban los malos y quería ver qué pasaba cuando una mujer fotografía a un hombre, ya que lo contrario era lo habitual en esos días”, añade la artista. En la actualidad prepara una retrospectiva de su obra que recorrerá distintos museos de Norte América, así como un libro que reúne su serie Resnick’s Believe-it-or-Not, una columna publicada en el Soho Weekly News, que incluía una imagen acompañada de un texto.

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¿Sigue siendo una niña mala? A sus 69 años, lleva el pelo recogido en coletas, los dedos cubiertos de anillos y viste como a los dieciséis. “Pero los setenta fueron de alguna forma los últimos días de la contracultura”, afirma.


Selección de imágenes de la exposición en esta fotogalería.
Re-visions. Marcia Resnick. Editions Patrick Frey. 52 euros.