Muere Manuel Arroyo-Stephens, gran heterodoxo de la edición

Fundador del sello y de las librerías Turner, escritor y redescubridor de Chavela Vargas, se distinguió en su oficio por un gusto exquisito para las obras que publicó y por sus opiniones contundentes

El editor Manuel Arroyo-Stephens, en 2016.
El editor Manuel Arroyo-Stephens, en 2016.Bernardo Pérez

Durante mucho tiempo usaba el papel sobrante de las guardas de los libros que editaba para publicar sus textos, en tiradas cortas de apenas 15 o 20 ejemplares y como anónimos. Tardó más de seis décadas en decidirse a publicar un libro de relatos en España y cuando finalmente lo hizo, en la contracubierta de Pisando ceniza, era definido como “abogado y economista por formación, librero y editor por empeño”.

La intensa vida de Manuel Arroyo-Stephens, nacido en Bilbao, en 1945, incluye la apertura de la legendaria librería Turner en Madrid y de Turner English Bookshop, el rescate de joyas bibliográficas arrumbadas, la introducción de libros prohibidos en la España franquista en la editorial que fundó con el mismo nombre que sus tiendas, una incursión en el negocio taurino como apoderado del diestro Rafael de Paula, e incluso otra aventura en el mundo musical, como redescubridor, en el México de los años noventa, de la cantante Chavela Vargas, a quien trajo a Madrid y ayudó a grabar un nuevo disco. Este domingo, el irrepetible editor de gusto exquisito y opiniones contundentes falleció a los 75 años en su casa de El Escorial (Madrid), acompañado de sus hijas Trilce y Elisa, como consecuencia de un cáncer.

Autor de un primer y provocador libro, Contra los franceses (libelo) que decidió no firmar, con esa actitud entre el juego y el dandismo que tan bien sabía Arroyo-Stephens adoptar. Años después matizaba: “Más que galófobo soy, como español, un acomplejado con causa. ¿No podría leerse ese libelo que me ha hecho pasar tantas vergüenzas como un sarcasmo sobre el complejo de los españoles? Tal vez el fallo estuvo en mí, no supe dar con el tono. De los franceses, casi lo único que no me gusta es su incapacidad o su desdén para pensar sin teoría”.

En 2015 sacó el libro de relatos Pisando ceniza (Turner), en los que la ficción y la autobiografía se entrecruzaban; y en 2019 reunió varios de sus escritos y cuentos con la fiesta de los toros de fondo en La muerte del espontáneo (Antonio Machado Libros). Hasta sus últimos días Arroyo-Stephens estuvo trabajando en un último libro con su editora de cabecera, Pilar Álvarez, con perfiles de algunos de los personajes que se cruzaron en su camino. Él, como editor, hizo una última incursión en el oficio hace apenas cinco años en Sobre la nada y otros escritos, al reunir varios ensayos de su amigo, el poeta Mark Strand, a quien trató con frecuencia en Madrid y al que llevaba a comer al clásico Salvador.

En una conversación con Félix de Azúa, publicada hace unos años, explicaba así su particular experiencia en el oficio: “Un editor como yo se pasa la vida soñando con una biblioteca en medio del bosque. Los pasillos de la Feria de Fráncfort, que para otros son el paraíso, para mí fueron algo apasionante y ajeno. Nunca fui pájaro de feria, gracias a Dios nunca tuve un best seller, no compré números en esa lotería”.

En los años setenta, Arroyo-Stephens publicó en el sello Turner La forja de un rebelde, de Arturo Barea, y toda la obra del escritor y editor José Bergamín, con quien le unió una estrecha amistad, quizá lo más cercano que tuvo a un auténtico maestro. Como el autor de Las ideas liebres: aforística y epigramática, Arroyo-Stephens no solo no temía, sino que a menudo disfrutaba yendo a contracorriente, tomando un camino distinto, abriendo siempre la mirada más allá de España.

Madrid y México

Pasó muchos años a caballo entre Madrid y México, y tras alejarse del sello editorial que fundó en los setenta, repartió su tiempo entre Madrid y Berlín. Adoraba viajar y quedarse en distinguidos hoteles, la música clásica, las rancheras, la poesía, el tequila, los toros. Sus ideas, su elegante y seductor estilo, su sentido del humor, capacidad de descarte y sensibilidad para apreciar el arte, hicieron de él un gran heterodoxo de la cultura española, que por principio despreciaba el nacionalismo patrio. Además, evitaba y desconfiaba del foco y la fama. Se sentía cómodo en un elegante plano de trasluz. Escribió Arroyo-Stephens sobre el cambio dramático que Juan Belmonte introdujo “en la geometría y lenguaje del toreo”. Él, igual de osado y medido que un buen torero, supo también marcar su terreno y dejar su huella en el albero literario.

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