Entrevista | Colin Harrison

Nueva York y sus bajas pasiones

Colin Harrison describe en sus ‘thrillers’ literarios, ahora recuperados en español, una ciudad fascinante y oscura. En esta entrevista nos habla de su trabajo y sus obsesiones

Asesinato de Paul Castellano (sobre la acera) en el restaurante Sparks en Nueva York en 1992.
Asesinato de Paul Castellano (sobre la acera) en el restaurante Sparks en Nueva York en 1992.New York Daily News Archive / NY Daily News via Getty Images

El ejército de cronistas del lado oscuro de Nueva York tiene desde hace tiempo en sus filas a Colin Harrison, autor de thrillers obsesivos, brillantes e inclasificables, en los que la ciudad aparece como un monstruo de mil caras, un ente seductor en el que el triunfo y la perfidia se dan la mano. Es la particular carta de amor a la urbe de un escritor que ha pasado hasta ahora desapercibido en España y al que la publicación en Navona de tres de sus mejores obras (Havana Room, Manhattan nocturne y Un mapa para un crimen) da una segunda oportunidad. “Está siendo una primavera lenta, pero los manzanos y los perales ya están floreciendo. He plantado ocho árboles en los últimos cinco días como parte de un gesto personal de desafío ante el coronavirus”, cuenta a mediados de abril desde el cuarto de estar de su casa en el East End de Long Island, después de cancelar esta conversación en varias ocasiones para priorizar el cuidado de su familia. “Por tercera mañana consecutiva me ha despertado el ruido de un pájaro carpintero picando el tubo metálico de mi chimenea. El sonido retumbaba por la toda la casa. Me di cuenta de que si prendía un fuego en la chimenea se iría y es lo que ha ocurrido”, añade para completar el contexto.

“Como escritor sé que habito en el vientre de la bestia, una máquina, un universo –llámalo como quieras– que es infinitamente complejo y que está muy por encima de mi habilidad o la de cualquiera por comprenderlo. Eso es un reto. Uno se encuentra con ideas, historias, rarezas, personajes, fragmentos de diálogo, microdramas y todo tipo de estimulantes de manera más o menos continua. Estos elementos quedan luego en mi mente hasta que me pongo a trabajar”, relata para explicar la relación con “esa obra maestra siempre inacabada”, la ciudad en la que nació en 1960, si bien se crio en la Pensilvania rural y tantos años rodeado de bosques y campos de maíz le han dejado un rastro que le convierte en forastero en su propio universo.

Como escritor sé que habito en el vientre de la bestia, un universo que es infinitamente complejo y que está muy por encima de mi habilidad o la de cualquiera por comprenderlo

En las novelas de Harrison se relata siempre la caída de un hombre de clase media alta y bueno en su trabajo al que la vida, el infortunio o una pasión por una mujer le ha llevado al centro de una oscura trama en la que los poderes neoyorquinos -el dinero en todas sus formas, la prensa, las familias de siempre- se entremezclan con el submundo criminal. “Alguien podría decir que es un punto de partida limitado. No puedo rebatir eso, pero he ampliado ese mundo utilizando gran cantidad de perspectivas”, se defiende. ¿Esos protagonistas son distintas versiones de usted mismo? “Si, claro, en muchos sentidos sí, por supuesto. Y no, no exactamente, de ninguna manera”, responde divertido.

El otro elemento fijo es un tipo de personaje femenino al que sería injusto llamar mujer fatal. Allison Sparks en Havana Room o Caroline Crowley en Manhattan nocturne son mucho más, son personajes emparentados directamente con la Kay Lake de James Ellroy, con mujeres más allá de un encasillamiento, muy por encima de un empobrecedor análisis moral. “Estoy interesado en cómo ven las mujeres el mundo, cómo ven a los hombres, cómo se ven a sí mismas, cómo se ven unas a otras. Algunas mujeres parece que creen que no lo hago mal del todo para ser un hombre, mientras que otras probablemente tiren el libro a la otra punta de la habitación, disgustadas, y ante eso solo puedo sonreír y admirarlas”, confiesa. ¿De dónde salen? “Para escribir sobre una mujer hay que estar interesado en ella. Así que los personajes femeninos que creo posiblemente reflejen mis intereses. Necesito estar de alguna manera fascinado por ellas. Tengo que amarlas de esa manera extraña que los escritores aman a sus personajes”.

Quedan dos piezas para tener completo el puzle Harrison y acercarse más al mundo –a veces luminoso, otras subterráneo– de este escritor que defiende el carácter literario de sus thrillers y la posibilidad de hacer casi cualquier cosa en el género siempre que funcione. Por un lado, está la descripción de mundos con los que no tiene relación alguien que, además de escritor es editor jefe en Scribner (editorial dependiente de Simon & Schuster) y que atrapa al lector con el relato de las miserias del gran periodismo en Manhatan nocturne o de lo que se cuece en los reservados de las grandes stakehouse de la ciudad en Havana Room. “¡Cuánta información puede conseguir uno cuando está obsesionado!”, resume alguien que sabe bien de lo que habla: en Un mapa para un crimen el protagonista vive para su adicción cartográfica, una pasión en la que el propio autor reconoce haber empleado miles de horas de su vida.

Necesito encontrar adónde lleva el sufrimiento y si al final ha merecido la pena o no

El otro ingrediente de la receta mágica de Harrison para el género es el amor. En sus historias siempre hay amor y dolor y, no pocas veces, también redención. “Necesito encontrar adónde lleva el sufrimiento y si al final ha merecido la pena o no. Todos estamos atormentados por esa pregunta, ¿no? Y si al final la respuesta es ‘no, no mereció la pena, no hemos aprendido nada’, entonces, bueno, eso es de alguna manera insoportable. Necesitamos amar y ser amados. También necesitamos que las historias se resuelvan. Shakespeare nunca terminaba sus historias sin una catarsis”, asegura.

Es imposible mantener esta conversación sin hablar de la situación en Estados Unidos, de si el autor comparte la visión de uno de sus personajes: “Enormes sectores del país están muertos económicamente, con sus habitantes hipnotizados por Internet y convertidos en zombis de los farmacéuticos, las drogas ilegales y la chácara sobre la ideología cristiana”, asegura Ahmed en Un mapa para un crimen. “No soy tan frío ni tan duro. Soy más sentimental y de una manera un poco marginal algo más esperanzado”, responde Harrison mirando, quizás, a los manzanos en flor y esperando a que el confinamiento pase para poder volver a patear su ciudad tras el rastro de Dickens, en busca de una nueva trama criminal.

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