Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra
ARTE

All together now!

The Richard Channin Foundation fue un colectivo artístico, una fiesta entre amigos, un jaque mate al 'statu quo' del arte. El CAAC de Sevilla recupera su historia

Juan del Junco, Fer Clemente y Miki Leal, en 'De muerte' (2001). Ampliar foto
Juan del Junco, Fer Clemente y Miki Leal, en 'De muerte' (2001).

En un mundo poroso, flexible e inestable como éste, es fácil pensar en una dinámica del arte dirigida a lo colaborativo, lo líquido y lo permeable. Pocas ideas hay tan resbaladizas como la de colaboración. A veces, los puntos de vista son contrapuestos en eso de desbordar la autoría artística y no convertirse en autoritario, de medir bien la posición dentro de un grupo y aprovechar todo el potencial ontológico de un término tan expansivo como difícil. Entre los artistas, juntarse sigue siendo una actitud vital. Otro modo de trabajar. En algunos casos, un movimiento de autodefensa. Una manera de poner en valor todo su potencial estético: lo formalmente elaborado, lo políticamente eficaz y lo absolutamente divertido. Un ejemplo a la vuelta de la esquina: el colectivo de artistas Ruangrupa de Yakarta, Indonesia, al frente de la dirección de la Documenta 15, que se celebrará en 2022.

Un trabajo en colaboración que en el arte viene de lejos. Pensemos en el dadá, la Internacional Situacionista o Fluxus, la acción vienesa, los happenings americanos o la eclosión de Warhol con Basquiat y Francesco Clemente... En España la cosa estalló en los noventa, la década por excelencia releída por la mayoría de las instituciones ahora, cuando las prácticas colaborativas vivieron un repunte avivado por lo que entonces se empezó a llamar “crisis de pensamiento”. Eran tiempos de desilusión hacia los Gobiernos de “izquierda” del PSOE y de un agotamiento de los modelos del arte político basados, a su vez, en la representación: desde las obras de Hans Haacke o Marcel Broodthaers hasta las críticas feministas trasladaban cierto cansancio respecto a lo que estas prácticas tenían ya de ritual autorreferencial. A la crítica de arte también parecía fallarle el pulso mientras la política se volcaba en grandes exposiciones y museos alejados de la sintonía de los artistas más jóvenes. Era cuestión de tiempo que esos artistas empezaran a organizarse y autofinanciarse al margen de las instituciones, las subvenciones oficiales y el mercado, lanzando discretamente un sinfín de iniciativas pensadas como plataformas para difundir el arte sin pasar por las vías habituales. Ahí estaban la Agustín Parejo School, Estrujenbank, Fills Putatius de Miró, Las Palmeras Salvajes, el Grupo Surrealista de Madrid, La Fiambrera, la Galería de Arte Contestatario, el Comité Ciudadano para la Nominación de Valencia Capital Tercermundista de Europa y un largo etcétera.

El grupo estaba formado por gente inquieta y divertida, sin complejos ni espacio físico

En ese contexto hay que enmarcar un proyecto como The Richard Channin Foundation (RCHF), cuya estela recoge Sema D’Acosta con una exposición en el Centro Andaluz de Arte Contemporáneo. Surgido en el contexto artístico de Sevilla entre 1999 y 2004, fueron cinco años de revoltillo cultural, vividos en primera persona por el comisario, justo cuando tres artistas de su quinta, Juan del Junco (Jerez de la Frontera, 1972), Miki Leal (Sevilla, 1974) y Fernando Clemente (Jerez de la Frontera, 1975), se licenciaban en la Facultad de Bellas Artes con ganas de convertir su experiencia vital en experiencia artística. Un fenómeno sobre el que gravitaron José Miguel Pereñíguez, Rubén Guerrero, Javier Parrilla, Mariajosé Gallardo o Manolo Bautista, y muchos otros.

Me gusta este ritmo, en Sala de eStar (2004).   ampliar foto
Me gusta este ritmo, en Sala de eStar (2004).  

Eran gente inquieta y divertida, con carisma y capacidad de transgresión, sin complejos ni espacio fijo, que convocaba con una mínima dosis de previsión y muchas ganas de pasarlo bien. Un sentido del humor que coincidía con el que circuló por la Agustín Parejo School, que se creó en Málaga durante los ochenta, con Rogelio López Cuenca a la cabeza, y ese acuciante sarcasmo que había tras la sociedad que formaron Chema Cobo, Pedro G. Romero y Abraham Lacalle bajo el nombre de Juan del Campo en los primeros noventa. En La Channin, lo importante eran las relaciones interpersonales, compartir experiencias y generar situaciones nuevas a cada instante. Cualquier energía que llegara de la cultura popular les servía para rebelarse contra el elitismo, la erudición y el encorsetamiento de las bellas artes. Así pues, lo que hacían no era ni pintura, ni escultura, ni fotografía. Tampoco performances ni happenings. Lo que ocurrió en Sevilla esos años tenía que ver con descontextualizar, acoplar y desmembrar las formas convencionales, resaltar su aspecto más banal y buscar la belleza de lo imperfecto. Arte relacional sin saberlo. Se trataba de plantear propuestas alternativas al estancamiento, a la pasividad y al individualismo reinantes y, de este modo, hacer del arte un ejercicio de subversión del discurso institucional, demostrando que el arte aún podía cumplir un papel ante el mundo real. Un espacio independiente como Sala de eStar, vigente de 2001 a 2007, contribuyó a ello. Una experiencia que forjó toda una generación de artistas en el contexto artístico de Sevilla y que escribió uno de los capítulos de nuestra historia del arte reciente. Historia que continúa.

Sala X (2001).
Sala X (2001).

En el sur, otros proyectos siguen ese espíritu colaborativo de La Channin. He ahí La Bañera, a medias galería y a medias los estudios que en su día compartieron Alejandro Botubol e Ismael Lagares en Sevilla. También allí, Plan Renove lleva años dinamizando la zona de Pumarejo de la mano de Sema D’Acosta y el médico Marcelino García, y el estudio que ahora comparten Fernando Clemente, Rubén Guerrero, Pereñíguez y José García es un hervidero de actividades. Otro proyecto es Salamina, un espacio de trabajo compartido por artistas que ocupa dos plantas de un edificio industrial en L’Hospitalet de Llobregat, en Barcelona. De la mano de una de las artistas, Laura Llaneli, junto a Óscar Martín, tiene lugar el programa Azotea, abierto a propuestas sonoras experimentales. Son espacios donde probar cosas, casi a modo de set de pruebas, entendidos no sólo como lugares físicos, sino como zonas de contacto. La misma filosofía tiene Nyamnyam, una plataforma creada en por los artistas Iñaki Álvarez y Ariadna Rodríguez, que utiliza dinámicas y herramientas propias de la creación artística para activar o recuperar modos de relación difuminando campos, casi siempre alrededor de la comida. En Madrid, el propio Miki Leal, con estudio compartido por otro elenco de artistas, traslada a Nave Oporto mucho de ese juego con el statu quo para acercar el arte a la gente desde cosas sencillas y cotidianas. Una comida. Una copa. Una fiesta. Mala Fama, dice llamarse el otro espacio de trabajo compartido por artistas, con Carlos Aires a la cabeza, que habita en el mismo edificio. Muchos de estos espacios los pueden conocer mediante la celebración de Open Studio, un evento anual en el que los artistas abren sus estudios buscando estrechar lazos y dar a conocer su trabajo.

Entre los artistas, juntarse es una actitud vital. A veces, un movimiento de autodefensa

Llegará un día, como con La Richard Channin Foundation, que alguien explicará qué ocurre allí dentro, aunque comisariar arte colaborativo tiene sus dilemas, sobre todo si se plantea también colectivamente. De eso ha escrito bastante Oriol Fontdevila. Desde hace tiempo está en ello el CAAC, que ya rescató la historia de la Agustín Parejo School en 2016. El CA2M llenó una de sus plantas con una exposición dedicada a Espacio P, y CentroCentro es otro lugar que mira de cerca esas prácticas colaborativas y tantas veces autogestionadas. Aunque hay centros que llevan los últimos años debatiendo sobre la deriva del trabajo en grupo que, pese a no ser muy visibles en los medios, son el verdadero pulmón en eso de compartir procesos. He ahí el Huarte de Pamplona, Tabakalera en San Sebastián, AcVic en Barcelona, Medialab Prado en Madrid, que llevan años trabajando all together now con la plataforma Hablarenarte en eso de reunir, sintetizar y visibilizar proyectos artísticos en el marco de un proyecto internacional mayor, Collaborative Arts Partnership Programme (CAPP), que dio como fruto el Glosario imposible, la última puesta al día del arte colaborativo a nivel editorial. Un arte de nombre escurridizo y que vive en estado salvaje, a la medida de la amistad y los sueños colectivos.

‘The Richard Channin Foundation’. CAAC. Sevilla. Hasta el 20 de octubre.