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VIEJO AMIGO CICERÓN CRÍTICA i

La República, crucificada

'Viejo amigo Cicerón' se desarrolla ante una escenografía imponente, concebida para que el espectáculo gire por teatros a la italiana

José María Pou, en 'Viejo Amigo Cicerón'.
José María Pou, en 'Viejo Amigo Cicerón'.

Abogado, escritor inspirado, azote de líderes ensoberbecidos, orador presto a pasar a la acción, político comprometido con el bien común, traductor de los filósofos griegos al latín, Cicerón terminó sus días decapitado por encargo del caudillo Marco Antonio. Su cabeza y sus manos fueron expuestas en la tribuna de los Rostra desde donde tantas veces se había dirigido al pueblo, que ahora bajaba la mirada, “abochornando ante el trágico espectáculo de su República crucificada”, cuenta Stefan Zweig en Momentos estelares de la humanidad.

Viejo amigo Cicerón, espectáculo que abrió el miércoles el apartado teatral del 65 Festival de Teatro Clásico de Mérida, se desarrolla ante una escenografía imponente, concebida para que el espectáculo gire por teatros a la italiana, que representa una biblioteca donde dos investigadores debaten sobre Cicerón. ¿Fue el hombre íntegro que dicen algunos o el oportunista que pretenden otros? El estudioso entrado en años pronto se presenta a sí mismo como Marco Tulio Cicerón e invita al joven a encarnar a Tirón, su secretario. En adelante, a través de este eficaz recurso dramático, el autor salta del pasado remoto al presente sin tener que rendir cuentas a nadie. A la pareja del joven, el que dice ser Cicerón le da el papel de Tulia, su hija.

El fulgurante comienzo del espectáculo, inspirado en el de Firmado Lejárraga, éxito reciente de Vanessa Montfort, está repleto de citas ciceronianas absolutamente de actualidad. Es virtud de los clásicos mostrar que el hombre se sigue moviendo por los impulsos de siempre: el progreso moral avanza a paso de tortuga. 

No obstante el interés de cuanto dice Cicerón, al que José María Pou presta carácter, empuje y presencia formidable, y a la agilidad olímpica con la que el texto de Ernesto Caballero pasa de la dramático a lo narrativo y del siglo I a.C. al aquí ahora, llega un momento en el cual el predominio del relato sobre la acción y la abundancia de digresiones menoscaban el ritmo del espectáculo. ¿Por qué el planteamiento que en la obra sobre María Lejárraga iba como un tiro aquí no funciona tan bien? Porque mientras que allí la protagonista y otras cuatro figuras capitales de la literatura y de la música se quitaban la palabra y debatían de igual a igual (y un sexto actor comodín intepretaba a cuantos personajes relevantes se iban mencionando), aquí la de Cicerón es voz dominante, relatora de sus encuentros con César, Bruto y Marco Antonio, entre otros, sin que estos salgan a escena jamás, quizá porque la producción estableció un límite de tres actores para facilitar la explotación en gira.

Valen la pena los enfrentamientos a cara de perro del comienzo, el que mantiene el protagonista con Tirón sobre cómo combatir al tirano César ("¿con la espada o con la toga?"), la espectacularidad onírica del ensueño con la imagen de Tulia –gentileza de Juanjo Llorens–, la convicción elocuente con la que Bernat Quintana se opone al proteico Pou y las vigorosas, encantadoras acometidas de Miranda Gas.