El gozo de Pablo Aguado, en la enfermería
El torero sevillano dejó pinceladas de su buen concepto antes de caer herido por su primer toro


DOMECQ / EL FANDI, LÓPEZ SIMÓN, AGUADO
Toros de Santiago Domecq, correctos de presentación, mansurrones, alegres en banderillas y encastados y nobles el tercio final; espectacular la bravura del sexto en el caballo.
El Fandi: estocada (algunos pitos); casi entera (silencio); dos pinchazos y bajonazo (ovación).
López Simón: metisaca, estocada —aviso— (silencio); pinchazo y estocada (silencio).
Pablo Aguado: pinchazo, estocada —aviso— cinco descabellos —segundo aviso— y el toro se echa (ovación). Fue corneado al entrar a matar. Parte médico: herida en el tercio superior del muslo derecho con dos trayectorias, una hacia arriba y afuera de 15 centímetros, y otra hacia atrás de 10 centímetros, que lesiona músculos sartorio, rector anterior y crural. Erosión en región frontal. Pronóstico grave.
Plaza de Las Ventas. 16 de junio. Trigesimocuarta y última corrida de feria. Lleno de "no hay billetes" (23.624 espectadores, según la empresa).
El gafe se apoderó del final de feria. No la cerró Pablo Aguado, como estaba previsto, sino El Fandi, que no es exactamente lo mismo. El diestro sevillano estaba en manos de los médicos. El gozo, en un pozo.
No obstante, llegó el mesías en cuerpo y alma de un joven torero sevillano que tiene encandilada a la afición desde su clamoroso triunfo en la pasada Feria de Abril. Se le esperaba en Madrid como el maná bajado del cielo, como el salvador de la tauromaquia moderna, con ese cariño que los aficionados le ponen a quien se presenta con un especial porte torero.
Parece claro que Pablo Aguado ha nacido para ser torero, se nace con esa figura, se mueve con elegancia natural por el ruedo, se coloca ante la cara del toro con una plasticidad que no puede ser ensayada. Es torero porque así lo parieron, aunque su futuro sea una incógnita porque el triunfo no depende solo de la cuna, sino del esfuerzo, del sacrificio y, también, de la suerte, el hada madrina que a algunos acompaña y a otros desprecia.
Llegó Pablo Aguado y, de momento, pasó pronto a la enfermería para que lo atendieran de una cornada en el muslo derecho que le infirió su primer toro a la hora del encuentro de la suerte suprema. Se mantuvo en el ruedo, pero pasó un quinario para matar al toro; y no por imposibilidad manifiesta tras la cornada, sino por una preocupante impericia con el descabello; tanto que llegó a escuchar dos avisos. Y lo peor es que no acabó de acertar y el toro optó por echarse, cansado y aburrido de tanto golpe errático.
Lo que se espera con ansiedad, puede decepcionar con rapidez; y cuando se espera tanto, todo puede saber a poco.
Algo de ello sucedió.
Aguado se abrió de capa en un quite a la verónica en el primer toro de López Simón y los capotazos —la plaza, en silencio, que la ocasión lo reclamaba— no pasaron de aseados. Recibió a su toro del mismo tenor y una verónica por el pitón izquierdo brotó con una galanura especial.
La expectación se mastica en Las Ventas porque el sevillano tiene la muleta en sus manos; y el inicio de faena deja con la boca abierta a todos los presentes: la planta erguida, dos pases por bajo, un remate, un cambio de cambio de manos y un cierre de pecho perfectamente hilvanado. Y la plaza cruje. No es para menos. Era el espectáculo de la naturalidad en el arte del toreo.
El toro, manso como sus hermanos en el caballo, fue alegre —como todos, también— en el tercio de banderillas y llegó al final con calidad y nobleza encastada en sus embestidas.
Admirable su empaque —el del torero—, superlativa una tanda de dos derechazos, un trincherazo de cartel y un largo pase de pecho. Un vistoso molinete; y, después, un estadillo de arte por naturales, tres enormes, antes que de llegara el mitin con el estoque.
Pero ¿cómo estuvo Aguado?
Bien, pero por debajo de lo esperado, lejos del torero que embelesó a Sevilla. Se mostró despegado en exceso, no bajó la muleta ante ninguna embestida y dio la sensación cierta de que no se apretó los machos como la ocasión exigía. En fin, que lo que se espera con ansiedad corre el serio peligro de desvanecerse con rapidez; al menos, en esta corrida.
Pasó a la enfermería y no salió. Una decepción profunda.
El sexto lo lidió en su lugar El Fandi. Un toro bravo de verdad en el caballo, que acudió con presteza, derribó en el segundo encuentro y empujó con los riñones en las tres entradas. La plaza se entusiasmó con un tercio de varas sensacional entre el bravo toro y el picador Manuel Bernal. El torero granadino destacó con las banderillas y muleta en mano, no pudo lucirse ante un animal ya agotado.
Ni él ni López Simón estuvieron a la altura de la buena y noble, a veces, encastada, corrida de Santiago Domecq. La pena, ya se sabe, la cornada al mesías.
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