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La memoria rota del rey Lear

Enfermos de alzhéimer y sus familiares participan en una obra teatral sobre la vejez y los recuerdos

Fernando y Consolación, marido y mujer, bailan ante la mirada de la actriz Marta Matute (detrás), el director teatral Carlos Tuñón (al fondo) y una espectadora (a la derecha), en un ensayo de 'Lear (Desaparecer)'.
Fernando y Consolación, marido y mujer, bailan ante la mirada de la actriz Marta Matute (detrás), el director teatral Carlos Tuñón (al fondo) y una espectadora (a la derecha), en un ensayo de 'Lear (Desaparecer)'.

José Luis padece alzhéimer. El pasado otoño fue invitado a participar con su mujer y otras siete parejas en su misma situación en el proceso de creación de una obra teatral sobre la memoria y la vejez. En la primera sesión, José Luis agarró un periódico que había en la sala de ensayos y se puso a subrayarlo de arriba abajo. Es una actividad que le tranquiliza y que practica todas las mañanas en su casa durante dos horas. Al verlo, el director de escena Carlos Tuñón y el dramaturgo Gon Ramos tuvieron una iluminación: quizá buscaba ecos de sí mismo en esas páginas impresas. El periódico como soporte de los recuerdos.

Lear (Desaparecer), que se representa en los Teatros del Canal de Madrid desde esta noche hasta el 2 de junio, no es un espectáculo terapéutico para enfermos de alzhéimer, sino un montaje creado por una compañía artística a partir de improvisaciones en las que han participado actores profesionales y personas con diferentes grados de deterioro cognitivo que, de hecho, no participan activamente en las representaciones, sino que se sitúan entre el público y en algunas escenas, igual que el resto de los espectadores, son invitados a salir a bailar al escenario. Eso sí, su sola presencia es emocionante y turbadora.

Partiendo de El rey Lear, aquel monarca trágico de Shakespeare que en su vejez decidió repartir su reino entre sus hijas y después fue desdeñado por estas, Tuñón y Ramos han construido una nueva obra que incide sobre todo en las escenas del texto original en las que el protagonista se enfrenta a sus herederas y a su propia decadencia (la famosa escena de la tormenta, meteorológica y mental, que se abate sobre Lear es una de las cumbres de la historia del teatro).

Hay partes habladas, danza, interacción con el público y periódicos. Muchos periódicos. Más de 3.000 ejemplares de una cabecera de ficción, Lear, con extractos de la obra de Shakespeare. A lo largo de la función se van rompiendo en pedazos y el rey termina enterrado bajo una montaña de papeles rotos. “La memoria para nuestro Lear no es algo compacto, sino fragmentado, es un conjunto de recuerdos a veces inconexos, un nido de palabras que el protagonista intenta desenredar”, explica Tuñón tras un ensayo en los Teatros del Canal.

¿Y cómo reacciona un enfermo de alzhéimer ante lo que pasa en el escenario? ¿Se siente interpelado? ¿Reconoce sensaciones, emociones, inquietudes? “El proceso está planteado desde el principio como un juego. Partimos de la premisa de que estábamos trabajando no con enfermos, sino con personas que recuerdan unas cosas y otras no. De esta forma logramos crear unos vínculos afectivos muy estrechos con ellos y un entorno en el que pudieran sentirse seguros para actuar libremente. No sabemos hasta qué punto lo que oyen y ven les afecta, pero sí tenemos claro que durante los ensayos estaban muy atentos y disfrutaron mucho”, responde el director.

Los familiares también han tenido un papel importante en el proceso. “La obra no habla únicamente de la vejez, sino de cómo una sociedad se relaciona con la ancianidad y sobre cómo se establece el diálogo entre las diferentes generaciones. Shakespeare lo expuso en su momento a través de un rey al que repudian sus propias hijas cuando ya no les sirve para nada. Nosotros hemos pensado en el alzhéimer como el punto de partida que nos pone hoy sin remedio en ese disparadero”, continúa Tuñón.

El espectáculo se desarrolla en un escenario dispuesto como un salón de baile en el que el público se coloca a cuatro bandas y puede participar activamente leyendo fragmentos del periódico Lear, rompiéndolo, respondiendo a preguntas de los actores o saliendo a bailar, quizá, con alguien que podría ser su padre, su madre o su abuelo enfermo de alzhéimer.

Una tregua en la batalla contra el olvido

Las ocho parejas que han participado en la creación de Lear (Desaparecer) han vivido el proceso como un tiempo de tregua. Para la formada por Luis y Mercedes, ambos de 78 años, ella con alzhéimer, “ha sido una verdadera sorpresa”. “Mientras estábamos en los ensayos parecía que la enfermedad no existiera. Mercedes bailaba, charlaba, parecía que estaba de verdad con nosotros. Luego de vuelta a casa se volvía a descentrar, pero lo que hemos vivido es impagable. Un tiempo regalado”, afirma Luis. Alberto Sánchez Cañizares, el terapeuta que les ha acompañado en esta experiencia, asegura que actividades como esta sirven sobre todo para mejorar la relación entre los pacientes y sus familiares. “De pronto ven que son capaces de volver a compartir momentos felices, no solo la enfermedad”.

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