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La sonrisa horizontal

Cuatro libros para reír esta primavera: un esperpento irlandés, un compendio de Gila, una novela llena de hosca chanza nórdica y un ensayo humanista-chistoso de rabiosa actualidad

Ilustración de Miguel Gila incluida en el libro de Blackie Books. Ampliar foto
Ilustración de Miguel Gila incluida en el libro de Blackie Books.

Una vez, hace tiempo, contraté a un joven chispas para realizar la instalación eléctrica de mi piso nuevo. El chaval tenía aspecto de electricista; ponía rictus de electricista al empalmar cables; trajo a casa un cuadro eléctrico mayor que el del aeropuerto de Atlanta; incluso respondía al nombre de “chispas” (“¿quién le trae una cervecita al chispas?”, me gritaba, desde la otra punta del piso). Y sin embargo, cuando, con la expectación de un parto de trillizos, dimos la luz, tuvo lugar un cortocircuito a gran escala que chamuscó las persianas eléctricas y redujo el timbre a humeante charco de gremlin. ¡El fulano aquel no era electricista, después de todo! ¡Solo lo hacía ver! Aún hoy me desvelo en mitad de la noche con una pregunta aporreando en mi cerebro: ¿Qué era lo mejor que creía aquel tipo que podía suceder?

Y es que las cosas deberían hacer lo que dice la etiqueta. Las prendas que no encogen deberían mantener su tamaño, el dentífrico “con blanqueador” debería blanquear y los libros de humor deberían hacer reír. Es lo mínimo que les exigimos. Y sin embargo mi armario está lleno de calcetines que, tras un solo lavado, le van pequeños a un Click de Famobil, mis dientes siguen siendo del color de una vieja cubitera de plástico y topo a menudo con libros “cómicos” que no contienen humor. ¿Confiaba el autor en que no nos diésemos cuenta? Porque, al leerlos, es difícil no percibir que No-Hacen-Reír. Ni el viejo arqueado de ceja (de carcajadas ni hablamos).

Rubio Hancock extrae un humor certero y limpio de las reflexiones cotidianas y el análisis cultural, político y social

Tales frustraciones me empujan a listarles un puñado de novedades que sí provocan la carcajada. ¿Se acuerdan? Reír. Troncharse. Lo que hacíamos antes de Radiohead. La serie de convulsiones, jadeos, grititos y enérgicos palmeos de muslo que realizábamos al leer a Wodehouse, Tom Sharpe o la Biblia. Reírnos leyendo, para retorcerle las napias a la tristeza y ventosear en la cara de la derrota.

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Maestro de Monty Python

El libro más hilarante que he leído este último año. Vaya por delante que soy fan de Milligan: compré su memoria de guerra Adolf Hitler: My Part In His Downfall cuando era joven, en el Reino Unido, y me partí de risa. El actor-autor británico-irlandés fue, junto a Peter Sellers, cocreador, escritor principal y pilar del célebre programa de radio The Goon Show. The Goons fueron el cuarteto de humor más celebrado de los cincuenta y sesenta británicos y se les considera influencia principal de unos tales Monty Python (aunque todo el país era fan: John Lennon rozaba lo grupie y David Bowie se santiguaba al escuchar su nombre).

Milligan firmó tres novelas, la mejor de las cuales es Puckoon, traducida aquí (con atinada desfachatez) como Mala pinta. El libro narra la inverosímil historia de un villorrio, Puckoon, al que en 1924 la Comisión de Fronteras divide entre Irlanda del Norte y la República Irlandesa. Todo en esta novela es descuajaringante, empezando por Dan Milligan, el protagonista, “un héroe con piernas de cobarde (…), un héroe de cintura para arriba”; y siguiendo con los secundarios: Murphy, cuya cara era “una fiel reproducción de las patatas de la variedad Rey Eduardo que cultivaba”; el cacique O’Brien, casado pero “soltero a partir de las seis de la tarde”; Thomas Raffer­ty, “que medía medio metro cuadrado”; el policía MacGillikudie, “un uniforme de policía regordete que llevaba enfundado el cuerpo del sargento MacGillikudie”; la funcionaria Eels, “sexualmente frustrada y ligeramente bizca, circunstancias estas dos últimas íntimamente relacionadas”; etcétera. La trama no es surrealista, sino absurda. Como todo artefacto de humor inglés, tira de equívocos, hipérbole y atenuación humorística (el útil understatement) para conseguir una obra triunfante de principio a fin.

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Un energúmeno en el bosque

El humor de Doppler es noruego. Aviso. Su autor define el humor nacional como “basado en quitarle hierro a las cosas, discreto, más oscuro y extraño que el humor inglés (…), un humor tranquilo, parecido al finlandés. Lúgubre y melancólico”. Doppler es cómico como la erección de un ahorcado. Humorismo de cadalso; negruzco, borde, triste, terrible. La sinopsis suena a dramón de Meryl Streep: tras ver morir a su padre y sufrir un accidente en bicicleta, Doppler decide abandonar a su mujer embarazada e hijo y largarse a vivir a los bosques. Allí mata a un alce para comer, pero descubre que tiene una cría, que adopta y bautiza como Bongo. Hasta aquí, tufo de Liberad a Willy 3 con plagio a Thoreau. Pero Doppler no es así. Su protagonista es un energúmeno dañado y antisocial: “No veo nada que pudiera empujarme a volver. Aquí arriba no me expongo a tratar con otros seres humanos y ellos tampoco tienen que tratar conmigo. Los demás están a salvo de mi odio, y yo, de sus maneras aplicadas y sus estupideces. A mí me parece un buen acuerdo”. Dop­pler odia a la humanidad, y algunos subproductos de esta (los Teletubbies, la saga fílmica de El señor de los anillos, el teatro en general), con un vigor genocida que combina al Bender de Futurama con Basil Fawlty poscontusión. Al poco de mudarse a los bosques, se pone a construir un tótem gigantesco, trata de jugar a cartas con el bebé alce (que no pilla las reglas) o traba amistad con el hijo de un soldado de la Wehrmacht. Erlend Loe nos brinda un severo replanteamiento de la idea de felicidad a base de humor huraño, alienación constructiva y una idea recurrente: el aburrimiento como camino subversivo hacia la gracia.

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Chistoso sin risas enlatadas

El mundo está dividido en gente graciosa, gente que no lo es (pero al menos pilla la gracia ajena) y gente que, al escuchar una broma, solo pone la cara que puso mi vecino cuando le solté lo de mutilar parcialmente a mi hijo menor para acceder a la guardería pública. El jazzísticamente llamado Jaime Rubio Hancock es de los primeros. Extrae un humor sobrio, certero, limpio (que no blanco) de las reflexiones cotidianas y el análisis cultural, político y social. Pertenece a esa hornada de hijos de Internet que tuitean cachondo sin descuidar lo hondo.¿Está bien pegar a un nazi? combina piezas filosóficas que, hilvanadas en el día de un contable anodino, le dan vueltas de tuerca a dilemas mundanos (ir en coche o en transporte público), paridas solo en apariencia (¿por qué puedo comerme un cerdo pero no un perro?) o temas de calado abismal (relación Cataluña-España). El tono, pausado y docente, recuerda a Julio Camba o codorniceros como Azcona (sin la ñoñería). Uno no siempre concurre con Rubio (como en lo de Cataluña-España), pero el autor es agudo y chistoso, sin histerias ni risa enlatada.

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Una risa grata y libre

Gila era un monstruo. No me refiero al lagarto mexicano del mismo nombre, sino al otro Gila; el no venenoso. Miguel Gila, genio del humor que iba lejos y se alineaba siempre con el débil, es uno de nuestros prohombres más monumentalizables. Este libro, apunta su curador, Jorge de Cascante, en el excelente prólogo, “no es sobre Gila ni de Miguel Gila. Es Miguel Gila”, y por consiguiente busca ser un resumen completo de su vida y obra, subrayando la labor literaria, menos conocida que sus bombazos caseteros o televisivos, descacharrantes monólogos sobre la guerra y telefonazos a su suegra incluidos. Sin Gila y su chanza delirante, tan llena de humanidad y ternura, no solo no habrían existido Santiago Lorenzo o Pepe Rubianes, sino que este mundo sería muchísimo más merdoso, y nuestros padres y abuelos hubiesen tenido que vivir sin los pocos momentos de risa grata y libre que les permitieron sus tiempos. El libro de Gila, no está de más subrayarlo de nuevo, hace reír muchísimo.

Mala pinta. Spike Milligan. Traducción de Julia Osuna. Blackie Books, 2019. 184 páginas. 18 euros.

Doppler. Erlend Loe. Traducción de Øyvind Fossan y Cristina Gómez-Baggethun. Nórdica, 2019. 184 páginas. 18 euros.

¿Está bien pegar a un nazi? Jaime Rubio Hancock. Ilustraciones de Lalalimola. Prólogo de Kike García. Libros del K. O., 2019. 344 páginas. 19,90 euros.

El libro de Gila. Miguel Gila. Edición de Jorge de Cascante. Blackie Books, 2019. 416 páginas. 24,90 euros.