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Oscuro amor

La última novela de Gustavo Martín Garzo es una sucesión de historias que se van engarzando con nexos tan coherentes como misteriosos

Gustavo Martín Garzo, en Madrid en 2017. Ampliar foto
Gustavo Martín Garzo, en Madrid en 2017.

Con suma pericia o delicadeza, sin apenas notarse por qué no se recurre a estridencias efectistas ni a trucos novelescos, en su última novela Gustavo Martín Garzo nos traslada del perímetro de lo real al corazón del misterio, en un relato donde fluyen al par la minúscula y casi anodina vida cotidiana y la corriente sumergida de historias secretas y ocultas, recuerdos y olvidos, sueños y silencios que en ocasiones afloran involuntariamente, como por efecto de un choque extraño e imprevisto o un golpe de azar, entretejiendo en el relato el mundo de lo real-natural con las imágenes que brotaban de los deseos y sentimientos más íntimos. Todo ello resuelto en una sucesión de historias que se van engarzando con nexos tan coherentes como misteriosos.

El lugar o escenario que enmarca estas historias es un poderoso factor que potencia la alianza entre lo real reconocible y lo irreal o surreal latente, pues La rama que no existe transcurre en pueblos y parajes costeros de una comarca occidental cántabra, donde se recorta un paisaje tan hermoso como sugerente, con el mar, la ría, los prados y los bosques húmedos y sombríos, donde puede escucharse el mar golpeando contra los acantilados, observar las bandadas de aves o vivir maravillado “la hora de las cosas abandonadas”. El paisaje no es un objeto ornamental, sino un elemento revelador, preñado de sentido, que acompaña a los personajes y expresa simbólicamente sus vaivenes y zozobras, la dualidad en que se agitan, cansados de “tener una sola vida” y “no escapar de lo que somos”, en contraste con los anhelos y deseos que duelen y perturban pero también alientan.

Oscuro amor

La rama que no existe toma su título de un cuadro de Eduardo Blanchard, un pintor reconocido en su día que sin embargo vive ya retirado allí, desengañado de todo y sin haber cogido los pinceles durante años para pintar alguno de sus singulares lienzos, poblados de personajes solitarios en actitudes cotidianas como el aseo o la lectura y a la vez envueltos en una atmósfera de ensoñación y misterio. Cuando la joven profesora de literatura Claudia Serra se incorpora al instituto de la localidad, pronto se siente atraída por esa figura esquiva con quien vive una fugaz y oscura historia de amor, a través de la cual emerge un trágico pasado. De esa historia es parcial testigo el profesor de ciencias, amigo y colega, depositario de las confidencias femeninas, y que, al modo de un naturalista, irá anotando en un cuaderno. La novela va así configurándose como una gavilla de historias que hablan de la vida y del amor, de necesidades y carencias, de la ­inasible felicidad, del sentimiento de culpa, del dolor, las promesas incumplidas, la muerte; historias cuyo sentido desconocíamos, como las que poblaban los cuadros de Blanchard, casi siempre protagonizados por mujeres o muchachas cuyos cuerpos presentaban una herida, una pequeña anomalía, una leve deformidad e incluso una amputación; cuadros e historias que “no explicaban nada, no servían para entender el mundo”, pero hundían sus raíces en la vida y la expresaban con una belleza perdurable: la que nacía de su verdad, de creerlas posibles.

Y esa es la mejor travesía que puede regalarnos un escritor.

La rama que no existe. Gustavo Martín Garzo. Destino, 2019. 176 páginas. 17,50 euros.