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La amistad de los artistas

En medio del ruido mediático de Arco, que vuelve a los artistas casi invisibles, Txomin Badiola habla de amor y hermandad. De intimidad compartida. Del sentido del arte hoy

'El taller del pintor' (1855), de Gustave Courbet. Ampliar foto
'El taller del pintor' (1855), de Gustave Courbet.

El arte es en la actualidad apenas un ente nebuloso destinado a la pregunta perpetua sobre su naturaleza. Dejó hace tiempo de estar regido tanto por una categoría trascendental como por unas características materiales, y ya ni siquiera se le encuentra en la dialéctica entre lo que es y no es arte, propia del siglo XX. Y, a pesar de todo, sobrevive como el no-muerto de las novelas góticas, condenado a durar eternamente sin saber cómo vivir. Es entonces cuando la justificación de su propia existencia se hace más perentoria. En ausencia de un discurso genérico, proliferan hoy a su alrededor todo tipo de discursos parciales de intereses minoritarios que, transformados en normativos, se pliegan sobre la actividad de los artistas como un nuevo catecismo. A pesar de esta circunstancia tan difusa y a la vez ortopédica, se da esa otra realidad inquebrantable y obcecada: la del/la artista trabajando. Una realidad incierta, en la que le es difícil saber cómo y por qué hace lo que hace, ya que su obra, cuando la jugada sale bien, es consecuencia de una cadena de decisiones en apariencia arbitrarias y, a la vez, casi vergonzantes por su insignificancia. Reconocer esta dimensión rudimentaria de la creación podría ser, sin embargo, la condición para que, a la larga, ese escenario vivo, por muy indecoroso y poco presentable que parezca, resultase determinante para dar pie a elaboraciones discursivas de mayor calado. Lamentablemente no es algo que suceda corrientemente, incluso los propios artistas tienden muchas veces a adoptar como propios esos discursos ajenos y grandilocuentes desdeñando los modos propios del conocer, en un acto de flagrante vergüenza epistemológica.

Hay arte porque hay artistas. Conjurémonos de una vez frente a esa perversa aspiración —algunas veces inconsciente, muchas otras no— de un arte sin artistas que dejan traslucir los museos, las instituciones culturales e incluso las galerías. Las obras de arte no surgen con la determinación histórica que hizo concebir simultáneamente a Newton y a Leibniz el cálculo infinitesimal como algo irremediable. Como dice G. Steiner, la obra “lleva consigo el escándalo de su azar”, es dramáticamente contingente. Es la singularidad de Cervantes enredada con las paradojas de su tiempo la que produce El Quijote. Esos mismos tiempos, sin el artista, no lo habrían producido por sí mismos, ni siquiera por mediación de un artista diferente. Hay arte, por tanto, porque hay alguien concreto que reacciona de una manera singular a los problemas compartidos de una época. Está muy bien olvidarse de esa figura heroica de un artista idiosincrático y dueño de sí mismo en pleno dominio de sus excelsas habilidades; tal sujeto, como los dragones, ya solo existe en la imaginación popular. Pero, liquidado el modelo, sigue habiendo artistas que trabajan desde esta nueva condición contemporánea fragmentada y sin centro, algunos con gran reconocimiento, los demás sobreviviendo o no, pero lo seguro es que su realidad más verdadera y decisiva (la que se lleva en la soledad del estudio que, como Courbet nos mostró, es un lugar superpoblado), la de todos ellos/as nunca será merecedora de atención alguna. Ricardo Piglia lo expresó de otra manera en Prisión perpetua. Allí afirmaba que “si la literatura —valdría decir el arte— no existiera, esta sociedad no se molestaría en inventarla. Se inventarían las cátedras de literatura, y las páginas de crítica de los periódicos y las editoriales y los cocktails literarios y las revistas de cultura y las becas de investigación, pero no la práctica arcaica, precaria, antieconómica que sostiene la estructura”. De ahí la extrañeza con que encarnan los artistas su ambiguo papel social: personificando el arquetipo heroico de la expectativa ajena y sabiéndose a la vez perfectamente prescindibles por lo incomunicable de su razón más genuina. No es algo nuevo, ya Baroja hace un siglo decía: “No sabe uno si adoptar el gesto crispado de las gárgolas o poner la sonrisa estúpida de una cariátide o, en fin, contentarse con ser un baldosín”.

Una forma del amor al arte que descubrí muy pronto consistía en procurarme la amistad de los artistas. Al comienzo eran seres casi mitológicos, nombres con los que llegué a entablar una relación afectiva parecida a la amistad. Con el tiempo fueron encarnándose en entes terrenales, con los que resultaba más fácil identificarse. Llegó el punto en el que estaba rodeado de ellos. Se ha dicho que la mejor manera de odiar el arte es frecuentar a los artistas, puede ser. Sin embargo, a mí la amistad de los artistas me dio, y me da, acceso a la intimidad de una técnica para el manejo con la realidad que es la que me ayuda a seguir amando al arte.

Sin esa intimidad el arte es poco más que una commodity para ser explotada por la industria cultural; algo que está sostenido por una inercia política que le adjudica un estatuto supuestamente relevante (en lo simbólico) aunque nunca explicitado más allá de los lugares comunes, algo que ha estado, está y deberá estar bajo un escrutinio despiadado de la inteligencia, sufriendo todo tipo de disoluciones dentro del caldo común de las prácticas culturales. Algo que, además, es contemplado por la gente común con una mezcla de reverencia impuesta por el peso de la historia o la economía y, a la vez, de indiferencia jocosa y descreída. Más allá de estos utilitarismos, es esa intimidad compartida la que hace de la aparente arbitrariedad e insignificancia, de su inutilidad en suma, algo digno de dedicarle una vida. Además, como escribió Montaigne: “En una época en la que hacer el mal es tan común, limitarse a hacer algo inútil es casi loable”.

Dicen que la manera de odiar al arte es frecuentar a los artistas, pero a mí su amistad me ayuda a seguir amando el arte

Por tanto, si a pesar de todo me es posible seguir amando el arte es porque tengo la amistad de los artistas: porque tengo un amigo escultor que una vez me dijo que no podría hacer una escultura sin pensar amorosamente en alguien. Porque tengo una amiga artista que me enseñó a ser otra. Porque tengo un amigo escultor que necesita abrazarte con sus esculturas, aunque luego tenga que dar dos pasitos atrás para no asfixiarse, otro que modulando sin fin un cuerpo es capaz de crear los autorretratos de todo el mundo, y otro más que ha conseguido hacer de la vergüenza ajena un arte y por ello se hace querer. Porque tengo una amiga artista que se piensa tan inteligente y sensible —yo creo que lo es aún más— que nunca se mostrará por miedo a que alguien piense lo contrario. Porque tengo un amigo artista que dice no saber hacer nada de lo que magníficamente hace; otro que con un volquete de minúsculas chatarras puede construir pulsátiles constelaciones y se interesa solo por la astrología. Porque asimismo tengo un amigo artista que con unas cuantas varillas embadurnadas de cera puede pedir consuelo y a la vez darlo, ¿qué es una obra de arte sino un SOS?

También porque hubo un amigo artista que se creía el conservador de las buenas doctrinas y que con cada academia masculina lleva 200 años estallando braguetas. Porque hubo un amigo escultor que una vez me apuntó con una pistola por no patalear su frustración de niño y así me convertí en su padre. Porque hubo un amigo escritor de aspecto muy serio que me mostró el amor a un caníbal sin dejar de amar a otro escritor de aspecto tan serio como el suyo. Porque hubo un amigo artista con el que aprendí a entrar como un mono loco en la cacharrería de la historia. Porque hubo un amigo poeta que me describió las patas arácnidas de la sospecha. Porque hubo un amigo pintor que ama a los caballos asustados y a los hombres desmembrados. Porque hubo un amigo pintor que pintó a la muerte verde y sonriente, y salió a su encuentro para yacer con ella.

Y además, porque tengo una amiga artista que cuando me pide ayuda es siempre para hacer algo diferente a lo que puedo ofrecerle y, de ese modo, la perplejidad llega a ser mi recompensa. Porque tengo un amigo cineasta que no sabe contar historias, solo la Historia. Porque tengo un amigo escritor que siempre coloca el centro del mundo en el pueblo de mi abuela. Porque tengo un amigo pintor de mareas solidificadas, y otro que es don justo y don perfecto y a veces llora por un juguete de su infancia. Porque tengo, en definitiva, amigos artistas con la habilidad de exorcizar la ignominia de haber nacido después de todo, incluso cuando el arte parece ya algo imposible.

Txomin Badiola es artista.