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CRÍTICA i

Bowie después de Bowie: pese a todo,una celebración de la vida

Algunos de los mejores músicos del genio londinense reactivan su legado en el Price con el estreno de The Alumni Tour

Actuación en homenaje a Bowie en el festival Inverfest, en el Circo Price de Madrid.
Actuación en homenaje a Bowie en el festival Inverfest, en el Circo Price de Madrid.

Es difícil resistirse a la tentación de escuchar una vez más las enormes canciones de Bowie, algunas de las páginas más fabulosas que ha conocido la música popular a finales del siglo XX (y, ojo, también a principios del XXI). Es casi imposible sustraerse, en el transcurso de este ejercicio, al arañazo de la nostalgia. Nuestro querido David Jones se nos despidió hace tres años y diez días sin darnos apenas tiempo a asimilar su pérdida, y ni siquiera parece que reste aún material de archivo relevante por desempolvar. Por eso el homenaje que anoche, dentro del festival Inverfest, le brindaban en el Circo Price algunos de sus más tenaces colaboradores dejaba el sabor agridulce de la emoción y la frustración. Nada como Bowie; nadie que pueda erigirse en representante único del legado de Bowie.

Acaso esa suerte de sí pero no, esa fiesta en la que no podemos sustraernos a un regusto amargo, estuvo detrás del relativo pinchazo de público: los 1.100 testigos de este domingo quedaron lejos de reventar el aforo, pese a tratarse de la única escala española del denominado The Alumni Tour. Y de que el director de la banda es esa luminaria llamada Mike Garson, que conoció a Bowie en 1971 y al que es difícil considerar un mero alumno después de un millar largo de conciertos como escudero del mito.

Gerson es, por si alguien albergaba un ápice de duda, un pianista fantástico: habilísimo, pletórico de matices, con un pie en la escuela del rock y otro en la del jazz. Y se concede el capricho de abrir la noche con Bring Me The Disco King, tema tan hermoso como oscuro, poco divulgado y de vida azarosa: no vio la luz hasta Reality (2003), después de dos intentos previos de publicación. Mezcla de jazz contemporáneo y soul de ojos azules, es la única rareza de una sesión con un cancionero ya a partir de ahí conocidísimo, si acaso con las excepciones de Win (de Young Americans) y Sweet Thing, una fabulosa interioridad de Diamond Dogs.

La eterna incógnita no es ni el repertorio, donde es casi imposible escoger mal, ni el evidente pedigrí de los instrumentistas, sino a quién colocar frente al micrófono para suplantar a alguien tan manifiestamente insustituible. En el primer intento serio de tributo (2016), Tony Visconti endosó la responsabilidad a Glenn Gregory, antaño líder de los casi olvidados Heaven 17. Garson ha encontrado la hábil fórmula de repartir el trabajo entre tres voces complementarias, pero en absoluto miméticas. Son el neoyorquino Bernard Fowler (tres décadas como subalterno de los Rolling Stones), su paisano Corey Glover (jefe de filas en Living Colour) y, sorpresa, el londinense Joe Sumner, viva estampa cuarentona de su ilustre papá, Sting.

Los dos primeros, sensacionales, rivalizan en las páginas más próximas al soul o el funk. Y a Sumner hijo se le reservan los hitos de vocación más blanca. Seguramente le falte personalidad en el timbre de voz, pero sale bien parado en Starman o incluso Space Oddity, una de las canciones más perfectas, emocionantes y apoteósicas que ha sido capaz de concebir el ingenio humano.

Glover y Fowler juegan, definitivamente, en otra división. Igual que Earl Slick, ese guitarrista con aspecto de bucanero peligroso, de primito diabólico de Keith Richards. Los dos cantantes titulares se extasían en el duelo de Under Pressure, con Corey desarrollando un monumental despliegue para Young Americans y Bernard regalándose en la barandilla de la grada un baño de masas con la apoteosis final de Heroes, himno entre los himnos.

Falta Bowie y todo se desdibuja, claro, porque pasamos del caviar al sucedáneo. Pero el espectáculo es tan redondo, bello y, en último extremo, festivo y celebratorio que solo cabe disfrutarlo

Falta Bowie y todo se desdibuja, claro, porque pasamos del caviar al sucedáneo. Pero el espectáculo es tan redondo, bello y, en último extremo, festivo y celebratorio que solo cabe disfrutarlo. De paso, asombra reparar en la concentración que desarrollan músicos tan cualificados para enfrentarse a las páginas del Duque Blanco. Porque las suyas son canciones inabarcables, enciclopédicas, laberínticas y, lo más asombroso de todo, contagiosas. Canciones muy difíciles de memorizar en su integridad e imposibles de olvidar en sus tarareos irrenunciables.

Si el pop es el arte de combinar tres acordes, David fue siempre un disidente (Rebel, Rebel), un ambicioso extraterrestre inmerso en su particular odisea espacial. Respecto al listado previsto, la banda racaneó a última hora tres piezas, Ziggy Stardust, Sufragette City y Life on Mars, un gesto feúcho para con un público a esas alturas ya absolutamente entregado. Pero al final no hubo apenas margen a la melancolía, sino al estallido pasional. Bowie se fue, pero dejó asegurada por los siglos la inmortalidad. Y su música siempre termina siendo, pese a todo, una sublime celebración de la vida.

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