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Christian Bale: “Si no me dedicara a esto, la gente diría que necesito ayuda”

El actor encarna a Dick Cheney, exvicepresidente de EE UU, en 'El vicio del poder'. Tras ganar el Globo de Oro por su interpretación, se acerca al Oscar

Christian Bale, el 30 de noviembre en Beverly Hills (California). En vídeo, el tráiler de la película. WireImage

Christian Bale pertenece a esa rara estirpe de intérpretes que, como Robert de Niro o Daniel Day Lewis, son capaces de transformarse en otra persona. Y no solo en lo psicológico. En su caso, el cambio es también puramente físico. El actor, de 44 años (Haverfordwest, Reino Unido, 1974), también cambia como persona. Un día parece un tipo violento. Al siguiente, se antoja el más dulce padre de familia. Bale tiene una personalidad tan inesperada que lo único sorprendente del Globo de Oro que obtuvo el domingo por su papel de Dick Cheney, vicepresidente estadounidense con George Bush hijo, no fue la victoria sino el cerrado acento inglés con el que este galés que muchos consideran estadounidense recibió el premio. La película, El vicio del poder, se estrena hoy en España, y podría llevarle al Oscar al mejor actor.

Lo único que no cambia es su atuendo. “¿Qué voy a decir? Me gusta el negro y odio ir de compras. Cuando encuentro algo que me gusta, acaparo”, bromea. Tampoco cambia de talla, pese a su famosa facilidad para engordar o adelgazar según el personaje. ¿El secreto? Usa prendas con elástico en la cintura. Eso hizo durante su última transformación, cuando ganó cerca de 20 kilos para meterse en el cuerpo de uno de los políticos más vilipendiados de la historia estadounidense. “[Adam McKay, el director] me dijo que encontrara a alguien sin carisma y odiado por todos”, dijo Bale al recoger el trofeo. Y lo dijo con ironía por un papel que sabe que le colocará “en el rincón de los despreciables”.

Satanás

Lo divertido es que, por mucho que agradeciera a “Satanás” por la inspiración que le dio para meterse en las carnes del maquiavélico vicepresidente, Bale mira a sus trabajos con cariño. “Adam es quien tiene la visión global. Es mi director y sabe lo que quiere contar. Yo me dedico a mi personaje. Y cuanto más le estudio, más le entiendo. Pienses lo que pienses de su ideología política hay que reconocer que Cheney tiene un buen par de pelotas”, dice.

Bale siempre ha sido un intérprete lleno de contradicciones. Mientras que la calidad de su interpretación evoca el famoso método, la única preparación de este actor precoz sin estudios de arte dramático se la dio su debut en un anuncio de suavizante. Y su trabajo en España con Steven Spielberg en El imperio del sol, cuando tenía 13 años. Entonces no tuvo muy claro si lo hizo por amor al arte o por alimentar a su familia. Ahora esa parte de su trabajo la tiene más clara: “Es un privilegio que me ha dado una vida increíblemente interesante”, reconoce. No dice que no haya malos momentos, esos en los que la película no va por donde él querría. “Es un esfuerzo colectivo”, recuerda. “Pero he hecho algunas muy buenas. Y El vicio del poder es una de ellas. Hilarante y terrorífica. Uno de los filmes más fascinantes en los que he tenido la oportunidad de trabajar”.

Si hubiera sido por él, Bale nunca habría encarnado a Cheney. Siempre inseguro, no se veía en el papel. Pero se lo pidió McKay, el hombre que le dirigió en su tercera candidatura al Oscar con La gran apuesta (2015). Y Bale decidió ser su lienzo. “Tuve aquí todo el Cheney que necesitaba”, dice mientras muestra su teléfono, donde se bajó todas las imágenes que pudo del que fuera vicepresidente en la era de George W. Bush para comprender a un personaje al que no llegó a conocer. Y no por falta de ganas. “Me lo desaconsejaron desde el departamento legal”, apunta. También fue una página en blanco para el equipo de maquillaje que casi cada día le dio una nueva forma hasta encontrar a Cheney.

“Es la única manera en la que sé trabajar: dándolo todo”, resume. “Tengo que saberlo todo para ser capaz de improvisar y hacer sugerencias si el momento lo requiere”, añade. No puede ocultar que es también lo que más le gusta de su trabajo. “La oportunidad que me da el medio para comportarme de forma obsesiva aunque sin mojarme. Un comportamiento por el que, si no fuera porque soy actor, la gente diría que necesito ayuda”, se ríe, ya metido en su nuevo cuerpo, el del piloto de carreras Ken Miles para su próxima película: Ford vs. Ferrari, sobre la rivalidad en los años sesenta entre las dos escuderías.

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