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EL ROBLE CRÍTICA i

Un gato no es un zapato

Un actor diferente interpreta cada noche sin conocer su papel al coprotagonista de ‘Un roble’, una función de Tim Crouch revestida de importancia

Israel Elejalde y Luis Sorolla en la obra 'Un roble', en El Pavón Teatro Kamikaze de Madrid en octubre.
Israel Elejalde y Luis Sorolla en la obra 'Un roble', en El Pavón Teatro Kamikaze de Madrid en octubre.

Una obra teatral referida a una pieza de un artista plástico. El arte, revolviéndose sobre sí mismo hasta morderse la cola. Un roble (1973), de Michael Craig-Martin, alegoría de la transubstanciación exhibida por vez primera en la Rowan Gallery de Londres, ha inspirado un espectáculo homónimo en el cual Tim Crouch, su artífice, encarna a un hipnotizador mientras un intérprete invitado distinto cada noche hace el papel de padre doliente tras el atropello mortal sufrido por su hija tres meses atrás. Luis Sorolla, responsable de la versión en castellano, interpreta al hipnotizador en la puesta en escena estrenada en el Teatro Pavón de Madrid.

El roble de Craig-Martin, que forma parte desde 1974 de la exposición permanente de la National Gallery of Australia, consiste en un vaso con agua sobre un estante sujeto a una pared a más de medio metro sobre las cabezas de los visitantes y en un cartelito anejo donde se explica por extenso que el vaso fue transformado en árbol por el artista, sin variar su aspecto de pieza de vajilla monda y lironda. Igual que el sacerdote durante la eucaristía dice convertir el pan y el vino en el cuerpo y la sangre de Cristo, sin que la ostia adopte por ello textura cárnica ni en el moscatel aparezcan glóbulos rojos, Craig-Martin asegura que el vaso de Duralex y el agua en él contenida son madera y savia del árbol sagrado de los druidas.

La pieza minimalista y conceptual de Craig-Martin puso en su día sobre el tapete la cuestión del arte como dogma de fe. La obra artística toca el alma del espectador o no la toca: no cabe explicarla, porque de hacerlo perdería su gracia, como la pierden los chistes cuando se desmenuzan. El público de Un roble en la Rowan se dividió entre quienes dieron crédito a la reflexión que el artista proponía implícitamente y los escépticos, desconfiados de un arte cuya comprensión requiere de aclaraciones, programas de mano y entrevistas con el autor.

En busca de verdad o de una verdad artística, Tim Crouch escribió Un roble para ser escenificada por él mismo y por un actor distinto cada noche, con el cual no se habrá reunido hasta una hora antes de empezar la representación, sin que sepa nada de ella ni conozca su texto. En su transcurso, Crouch (Luis Sorolla en el montaje español) le sopla sus parlamentos cual apuntador, ora en escena ora por un pinganillo, o se los da a leer, porque la obra está escrita de cabo a rabo y deja poco sitio para improvisaciones: cualquier actor improvisa mejor cuando conoce el texto de memoria o cuando se le deja inventárselo sobre la marcha, pues desconocerlo no le exime en este caso de tener que decirlo al dictado, la situación menos inductora de la espontaneidad que imaginar cabe.

En Un roble todo se racionaliza: la descripción inicial prolija que Crouch hace de la obra original de Craig-Martin, las copiosas instrucciones que, por boca de Sorolla, el autor intérprete ofrece para que el comediante invitado sepa a qué atenerse en cada momento, puesto que no se le permite actuar por su cuenta; la metateatralidad del argumento, la rebuscada equivalencia entre lo que el protagonista de ficción vive y lo que el artista plástico irlandés plantea…

Durante su actuación, Luis Sorolla se dirige al público con la naturalidad de quien está como Pedro por su casa, pero con atonía sopesada y un asomo de suficiencia que intelectualizan más todavía un texto que no acaba de arrancar debido al número infinito de indicaciones dadas por su personaje al actor invitado, la repetición de textos en boca de ambos y los paréntesis abiertos. Qué lejos queda esta función revestida de importancia de Orgíame, pieza para habitaciones de hotel en la cual Santi Senso crea momentos de verdad turbadora con la colaboración de uno o dos actores diferentes cada día, conocedores de su texto pero no de lo que va a suceder. Cierto que Un roble es seis años anterior a Orgíame, pero a nosotros nos llega después.

Afirma Crouch que la función es improvisada aunque el texto no lo sea, pero en verdad poco margen deja para la repentización, arte puesto en valor con fundamento mayor en los espectáculos de Imprebìs, en los ensayos abiertos a público de una función cualquiera y en los números de hipnosis, donde se pone en marcha el yo narcisista e histrión de los espectadores que se prestan al juego sin que quienes permanecen en sus butacas se aperciban de lo que en realidad sucede.

Nacho Sánchez, actor invitado, se comprometió de veras con cuanto Sorolla le propuso y sorprendió a todos con su virtuosismo para mimar un concierto de piano. Tan concentrado estuvo en desempeñar su papel, que no se dio cuenta de que a veces no le escuchaba ni el cuello de su camisa. Parecieron de cosecha propia sus respuestas a las preguntas que su antagonista le hizo en la escena metateatralmente mejor conseguida.

Durante un coloquio que superó a la función en interés, parte del público se llevó una sorpresa: resulta que otra buena parte de los espectadores andaba convencida de que Nacho Sánchez, sentado al principio en la platea, era uno más de entre ellos, escogido por Sorolla al azar.

Un roble. Autor: Tim Crouch. Traducción: Luis Sorolla. Intérpretes: L. Sorolla y un actor invitado diferente en cada función. Dirección: Carlos Tuñón. Madrid. Teatro Pavón Kamikaze, hasta el 17 de diciembre.