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EP Musical BLOGS Por FERNANDO NAVARRO

Por qué ‘El mal querer’ de Rosalía es una obra maestra

Más allá de la promoción y la atención mediática, la cantaora, que une magistralmente los universos del flamenco y el pop contemporáneo, es dueña de su propio lenguaje

FOTO: Imagen diseñada por Filip Custic para 'El mal querer'. / Entrevista de Rosalía en 'El Semanal'.

Como dice el refranero español, muchas veces los árboles no nos dejan ver el bosque. Con Rosalía está pasando: su arrollador e intenso éxito mediático no nos está dejando ver qué arte hay detrás de su nombre, conocido ya fuera del territorio español en lugares privilegiados a los que no han llegado muchos artistas con décadas de carrera a sus espaldas. Pero conviene fijarse en el bosque. Es decir: más allá del fenómeno Rosalía, está la música. Y El mal querer, su segundo y reciente disco, tiene carácter de obra maestra.

Obra maestra. Como suena, como se lee. Imagino ya a los puristas rasgándose las vestiduras. También a todos aquellos que no soportan los fenómenos mediáticos y comerciales, y a todos los que se rebelan rápido ante la mega estimulación que cada día nos brindan las redes sociales. Cierto: cuánto ruido con Rosalía, pero, sobre todo, cuánto atrevimiento. Eso es lo más importante: el atrevimiento, pero el de Rosalía al crear un álbum como El mal querer. Se trata de un disco valiente, rupturista, como las obras maestras. Álbumes que viven en su propia dimensión. Y eso es desconcertante. Rosalía ha descolocado a todos, empezando por los amantes de la música, que intentamos traducir este trabajo en los esquemas conocidos. Y no es fácil. Pero, sobre todo, es estupendo que suceda.

Es fabuloso que Rosalía nos desmonte. Lo ha hecho con un álbum inspirado en un libro del siglo XIV. En declaraciones a este periódico, la cantante barcelonesa decía que desarrolló El mal querer a partir de una novela de autor anónimo llamada Flamenca y que cuenta la historia de una mujer que se casa con un hombre y por celos este hombre la acaba aprisionando. El disco, un trabajo conceptual en toda regla, habla del “amor oscuro”, ese querer tóxico que termina por destrozar la autoestima, que hace perder vida. De esta manera, inspirado en el libro, cada canción es un capítulo. Desde Malamente. Cap. 1: Augurio hasta A ningún hombre. Cap. 11: Poder, todo el disco supone un viaje por fases: desde el enamoramiento inicial hasta los celos, el sufrimiento y, finalmente, el empoderamiento femenino.

No es Rosalía una voz feminista en el sentido estricto, pero con este álbum, que apela a la cordura sentimental y al tenerse una a sí misma antes que doblegarse a cualquier machirulo, se convierte en un reclamo feminista. Y, especialmente, el reclamo es la propia artista por sus virtudes personales. Su fuerza creativa, su admirable independencia, su visión para el negocio y su personalidad magnética simbolizan mucho para la causa femenina. Su éxito es un paso importante, pero todavía más su talento, lo que inspira ella sola con su forma de ser y las decisiones que toma.

Para la música es una inspiración desde el mismo momento en que apela al disco como concepto, a la obra intelectual en conjunto por encima de las canciones sueltas. En estos tiempos de pastiche, Rosalía nos propone por encima de todo escuchar de principio a fin todo un álbum. Nos invita a viajar en esta novela sonora de amor tóxico y liberación femenina, como se ha viajado siempre en los grandes discos. Es de agradecer. Es mucho más importante de lo que parece en un negocio de la música cada día más superfluo y más entregado a los singles y a los pelotazos. Y eso que ella ha conseguido enormes pelotazos con sus adelantos Malamente y Pienso en tu mirá, inteligentemente seleccionados.

No es la única inspiración. Ni siquiera la más importante, habiendo otras como la estética del disco que tanto tira de la imaginería religiosa para otorgar mística, algo tan propio del flamenco. La más trascendental de todas las inspiraciones está en su música, en el contenido de El mal querer. Ahí es donde Rosalía se sale por los costados, aunque haga algo que, como todo, no tiene que gustar a todo el mundo. Rosalía, que ejerce de cantaora, compositora y productora, une magistralmente el flamenco con los ritmos urbanos actuales, bien sean el trap, el R&B contemporáneo o el pop bailable. Es algo en lo que llevaba trabajando dos años y que ha conseguido plasmar con la determinante ayuda de El Guincho, el otro productor del disco.

Concierto de Rosalía en la Plaza de Colón, Madrid.
Concierto de Rosalía en la Plaza de Colón, Madrid. EL PAÍS

De principio a fin, El mal querer se mueve con compases del flamenco, pero con una producción actual propia del pop y el trap, debido al uso de samplers, auto-tunes, sintetizadores, teclados y determinadas líneas de bajo. No son decoraciones sin más. El éxito está en haber conseguido una simbiosis tal entre dos universos, en principio tan dispares, que hace que el que escucha se olvide de ambos y lo tome como un todo.

De esta forma, el disco arranca con palmas, una de las grandes distinciones del flamenco, pero mezcladas con el toque de una máquina Roland TR-808. La 808 es una caja de ritmos icónica, que permitió el desarrollo de la primera electrónica y fue ya utilizada por Marvin Gaye en su adictiva composición, Sexual Healing. Luego, le darían uso estupendo los Bestie Boys, pero también en el hip hop y la electrónica de este siglo se ha experimentado con el aparato. Kanye West, Diplo, David Guetta o Jamie XX, entre otros, han tirado de ella para dar una huella exclusiva a su música. Da un groove muy reconocible. Con el apoyo de los sintetizadores, esta caja de ritmos ha creado una muy buena ambientación en Malamente. En la canción más popular de Rosalía, el compás y el palo (como se le llama a los distintos estilos musicales del flamenco) siguen siendo flamencos con las palmas y el tambor, incluso con el modo de cantar y la lírica, pero la vestimenta es tan moderna que pasa por una canción de pop.

Es la gran conquista de El mal querer. Es un disco con doble alma: flamenca y pop. Pero pop entendido en el siglo XXI, año 2018, con las exploraciones electrónicas que triunfan en las listas de éxito del mundo entero. En este sentido, Que no salga la luna. Cap 2: Boda es una bulería jerezana a la que se le añade sampler pero también efectos sonoros tan propios del pop como, en este caso, el ruido de cuchillos o un interludio de voz con un lenguaje juvenil —“madre mía, qué guapo”, dice la protagonista—. Los efectos de sonido han estado en el pop de siempre —solo basta comprobarlo en dos de sus cumbres como el Pet Sounds de Beach Boys con el ruido de bocinas o ladridos de perro o el Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band de los Beatles con la muchedumbre o el despertador—. Rosalía no se corta con ellos —llegó a empezar su anterior disco, Los Ángeles, con la voz de una niña en la preciosa Si tú supieras compañero—. Tampoco se corta al samplear un fragmento de Mi cante por bulerías de La Paquera de Jérez en esta bulería, un palo con un ritmo acelerado, propia de las fiestas flamencas, donde se recrea el barullo y que tiene todo el sentido en el capítulo de la boda para este disco. El alboroto en el flamenco se consigue con las palmas, pero también con los coros, tan fuertes en esta canción. De hecho, la sangre flamenca de este álbum no solo reside en las palmas sino también en sus coros.

Así, los coros y las palmas juegan un papel fundamental en Pienso en tu mirá, en la que el cajón flamenco se mezcla con el sampler y el reverb de su voz en el estribillo. Rosalía está creando cosas nuevas. Está traperizando el flamenco de una forma salvaje, sin miedo. Por eso, Pienso en tu mirá tiene su propia forma de ser, pero siempre mostrando el territorio flamenco. Es como si en esta posesión del género por el pop contemporáneo, la electrónica y el trap la artista barcelonesa dejase siempre una ventana abierta para que se vea el paisaje flamenco. Lo hablaba el otro día con Ángeles Castellano, colaboradora de EL PAÍS y experta en flamenco. Ella me llamó la atención de las pinceladas que se oyen del pregón de Macandé en De aquí no sales. Cap. 4: Disputa, una canción sampleada que acaba por bulerías. Lo hace en el tono pregonero y cuando canta “amargas penas te vendo, caramelos también tengo”. Macandé, también conocido como el loco o el chalado, se dedicaba a vender caramelos por las calles de Cádiz y creó un pregón que hizo furor en la ciudad. Los expertos decían que de su garganta salían los sonidos más negros del flamenco. Fue versionado por Camarón, y ahora Rosalía recupera su espíritu. Ángeles también me recordaba el homenaje a Camarón que es justo la canción siguiente, Reniego. Cap. 5: Lamento. La propia Rosalía lo ha reconocido. Tiene los versos que dicen “rio por fuera, lloro por dentro”, tan camaronianos, consolidados por una dramática sinfonía de cuerdas de aires modernos.

Todo brilla en su propio espacio de modernidad, esa que no soportan los más puristas. Eso es lo que más descoloca y lo que convierte a este álbum en algo distinto y rompedor. Como esos arreglos líquidos de los teclados, la caja de ritmos y el auto-tune en Bagdad. Cap. 7: Liturgia, reforzada por el coro infantil de Orfeó Catalá y precedida de una soleá. Siempre se ha discutido si el nombre de soleá viene de soledad o de ponerse el sol, pero aquí da lo mismo porque conjuga ambas ideas. Es una soleá, un cante solemne, para comenzar la emancipación desde la soledad y la oscuridad. Esa búsqueda hacia la autonomía del amor tóxico que comenta Rosi de Palma en Preso. Cap. 6: Clausura. “Te atrapas sin que te des cuenta, te das cuenta cuando sales y piensas: ‘Cómo he llegado hasta aquí”, dice De Palma. Con esa atmósfera de ensoñación, Bagdad. Cap. 7: Liturgia trae a la memoria a Björk. No es casualidad. El Guincho ya colaboró con Björk en su disco Biophilia, donde pudo conocer de primera mano esa ambición por la ópera instrumental de carácter etéreo. El mal querer explora un universo que mira a las creaciones de Björk, esas que están a medio camino entre estilos como el ambient y el dream pop, que proponen efectos envolventes y fluidos.

Aseguraba Rosalía que el disco fue concebido como “vocentrista”. Es decir, la voz está en el centro de todo, algo que también suelen hacer Björk o Kendrick Lamar, al que Rosalía cita como inspiración. Pasa más de lo que parece en el pop contemporáneo, tan influido por los avances del hip hop y el R&B. De ahí no solo la importancia de su voz, sino también de los coros y voces de segunda línea, tuneadas bajo el concepto de pop electrónico que dan los samplers, sintetizadores y melodías de bajo. El coro de voces consigue un éxtasis de una gran espiritualidad melodramática. Y conviene señalar que a la voz de Rosalía le falta raíz flamenca, uno de los males que le achacan los ortodoxos del cante jondo. Cierto, pero eso no significa que no tenga atractivo, otro tipo de duende. Paya y de Barcelona, sin andaluces ni músicos en la familia, su canto no se ha formado en las ventas ni los bares andaluces, sino de forma autodidacta y en la Escuela Superior de Música de Cataluña (Esmuc). Es algo distinto, que, a decir verdad, también es su talón de Aquiles para con el mundo del flamenco, donde suena más plana y ligera de lo que pide el arte del quejío. Pero eso también le permite arrimarse con más soltura al pop, incluso ella, consciente seguramente, se lanza sin restricciones a abrazarlo. De esta forma, Rosalía tira de auto-tune en su voz en Di mi nombre. Cap. 8: Éxtasis para reforzar la distorsión del personaje herido. Allí donde otros abusan del efecto, ella lo usa en el momento justo, con el fin de fortalecer el ambiente de distensión. Y todo para, en el fondo, ejecutar un tango gitano, ese palo flamenco cuyo compás pide el baile, tirando de gracia y picardía. Como suena: es un tango gitano sampleado y con auto-tune. Como sucede con la nana -tan típicas en el flamenco- Nana. Cap. 9: Concepción, poseída por el efecto del harmonizer, un modificador tonal que genera mayor densidad sonora, o el fandango Maldición. Cap. 10: Cordura, donde introduce el efecto de catana como si fuera Uma Thurman en Kill Bill, dispuesta a vengarse. “He dejado un reguero de sangre por el suelo, he dejado un reguero que me lleva al primer día que te dije te quiero”, canta Rosalía entre ruidos de espada. A ningún hombre. Cap. 11: Poder cierra el disco con un guiño a la zambra carcelera de Manolo Caracol, uno de los grandes del flamenco asociado a Lola Flores. Y sentencia: “Yo era tuya compañero hasta que fuiste carcelero. Voy a tatuarme en la piel tus iniciales sobre las mías para acordarme para siempre de lo que me hiciste un día”.

No es algo nuevo que Rosalía busca llevar el flamenco a otros estados artísticos fuera del círculo tradicionalista. En Los Ángeles consiguió con Raül Refree crear un álbum de lo que podría catalogarse como flamenco indie. Barnizaba el flamenco con una sonoridad más fina, menos visceral, donde no era tan importante la raíz jonda y sí el aspecto de elegancia en la desnudez, que lidiaba con las grabaciones lo-fi del indie. El propio Refree me comentaba el otro día que tuvieron claro “el concepto desde un principio” y que “lo más difícil fue encontrar una manera conjunta de entender el flamenco” bajo ese concepto. Y ahora en El mal querer prima de nuevo el concepto. “Me gusta mucho, creo que lo que quería hacer no era fácil y le ha quedado muy bien”, decía Refree sobre El mal querer. “En realidad este disco la representa muy bien, muestra sus gustos estéticos y musicales mejor que nunca. Ella conoce el flamenco, lo ha estudiado, y al mismo tiempo no he visto a nadie en este país con un flow como el suyo”, añadía.

Flow. Esa es la clave. Esa palabra tan usada por los músicos y productores, pero también por los jóvenes. Rosalía fluye, como fluyen sus canciones por sí solas y El mal querer como disco. Ya no porque tengan millones de reproducciones en las plataformas digitales o porque ella esté en todos lados, sino porque su música está llena de talento y es hoy en día una extraordinaria combinación de almas. Un disco con distintas almas como este quiere decir también que es un disco sin prejuicios, como el mejor arte. Sin prejuicios como sucedió antes en el flamenco con Camarón y Enrique Morente. El volcánico Camarón unió el flamenco y el pop-rock en La leyenda del tiempo. Morente hizo lo propio con el cante jondo y el indie-rock, en su vertiente ruidista, cuando se asoció a Lagartija Nick en Omega. Antes de ellos hubo exploradores esenciales como Lole y Manuel, Triana o Veneno. Cada uno en su época, cada uno en su contexto. Todos también fueron criticados y vilipendiados por los guardianes de las esencias.

Ahora, Rosalía lo fija todo en el pop actual. A propósito de Omega, me contaba Antonio Arias que le decía a veces a Morente que, si lo que estaban grabando, no era “demasiado atrevido” y el maestro, que llamaba a Omega “el monstruo”, le contestaba que tirase “p’alante” porque solo se podía hacer lo que ellos estaban buscando con atrevimiento. Rosalía no es Camarón ni Morente y le queda mucho por demostrar a partir de este éxito, pero se ha atrevido a querer meter el flamenco en las pistas de baile -que se lo digan a Malamente- y en el panorama del pop mundial, apelando a las necesidades masivas y juveniles de estos tiempos. Nada que no motive a esta veinteañera que igual dedica sus agradecimientos en los créditos de El mal querer “por enseñarme a inspirarme” a Camarón, Morente, Lola Flores, Agujetas, La Niña de los Peines, Cigala, Marchena, Chavela Vargas o Carmen Amaya que a James Blake, Leonard Cohen, Sufjan Stevens, Kanye West o Beyoncé. Ha decidido recorrer un camino distinto a otros talentos del género como Rocío Márquez, Silvìa Pérez Cruz, Niño de Elche o Miguel Poveda. Por eso, a diferencia de tantos músicos, conecta tanto con los jóvenes, también más allá de España. Sus resultados son magníficos, gracias a todo esto y a que, como ya se reflexiona en la prensa especializada de Reino Unido, el inglés ha dejado de ser una lengua de dominio absoluto para triunfar en las listas de pop del mundo anglosajón. Se vio en el éxito mundial de Despacito de Luis Fonsi, pero se ve también en otros artistas latinos. También, evidentemente, al apoyo discográfico y profesional que ha recibido desde los primeros compases de la salida del disco. Como me reconocía el presidente de Sony en España, José María Barbat, cuando les llegó el disco El mal querer completamente acabado, “se cayeron de culo”. Era mucho más ambicioso y distinto de lo que nadie esperaba.

Más allá del hype que se ha generado en torno a su figura, Rosalía es dueña de su propio lenguaje. Su ascenso es meteorítico y eso es su mayor y más inmediata amenaza, toda vez que ahora entra en otros círculos de dependencia e intereses muy distintos a lo que ha vivido hasta ahora. Incluso, aunque ella domine el proceso, puede verse condicionada. Habrá que ver cómo evoluciona toda esta espiral de éxito, qué sucede después de todo este éxtasis. Pero una cosa es segura: Rosalía es una artista de los pies a la cabeza. Guste más o menos, no celebrar su existencia en la música española sería no haber entendido nada.

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