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Ejercicio de funambulismo

Marta Orriols se desliza sobre el alambre sin caerse al tremendo abismo de ‘Aprender a hablar con las plantas’, en la que habla de la pérdida, del duelo y de la traición

Marta Orriols, el pasado 4 de octubre en Barcelona.
Marta Orriols, el pasado 4 de octubre en Barcelona.

Marta Orriols (Sabadell, 1975) realiza en esta novela —segunda entrega literaria y traducida del catalán— un ejercicio de funambulismo. Está, desde la primera hasta la última página, pisando alambre sobre el abismo. La buena noticia es que no se cae de ese alambre. La mejor noticia es que se necesita mucho talento y temple para no hacerlo porque la fuerza del abismo elegido es tremenda. Y que conste que si uno es un lector que busca lo literario, lo incómodo, lo lúcido tanto como lo verosímil, Aprender a hablar con las plantas le hará, en según qué tramos, sufrir. Sin embargo, la autora finaliza el ejercicio cayendo de pie y con pies juntos. Si por el contrario, el lector busca un manual de superación, una mirada de mujer sobre las relaciones afectivas o una novela sentimental dentro de los parámetros convencionales, puede que éste no sea el libro que creía ver anunciado en portada, título y contra. Aunque la albañilería de la autora es tan sólida que, sin ser lo que busque, el libro puede acabar gustándole.

Su lectura deja perplejo —por lo inhabitual— ante la sorpresa del trabajo bien hecho respecto de la verosimilitud. Y es que todo te suena a muy parecido a cómo lo vive uno y no a cómo se lo cuentan en series de televisión, largometrajes o noveluchas. Los seres que habitan esta novela —en especial, la protagonista, que es la voz que narra— hablan, viven, reaccionan, trabajan, se acomodan, descansan, aman y se decepcionan con la mínima épica posible. Un poco como cualquiera.

Ejercicio de funambulismo

Orriols en esta novela habla de la pérdida, del duelo y de la traición. Y de la vida no como una misión ni una lucha contra el mal, sino como la necesidad de acumular días, encajar piezas y seguir adelante o quedarse quieta y bien. El planteamiento de la novela incide en el riesgo comentado como cuando lees el argumento de una película y decides no verla porque ya sabes cómo irá todo y sabes que te enfadarás ante el cliché. Así, aquí la pareja de la protagonista — con la que transita una tranquila que no aburrida relación de años— muere en un accidente de tráfico. Horas antes del suceso él le ha comunicado que tiene una amante y que la deja.

La protagonista, la doctora Paula Cid, es una mujer equilibrada, autosuficiente, con su cáscara y su coraza. Alguien que se ve obligada a enfrentarse a la muerte sorpresiva pero también a cómo conciliarla con la deslealtad. La llave maestra de Aprender a hablar con las plantas, además de las virtudes ya señaladas de su autora, es la gestión narrativa de esa decepción, la armonía doméstica, la comodidad y la ternura exenta de sobreactuación heroica y romanticismo kármico. Ello hace que se eviten lugares comunes y maniqueísmos tanto en la construcción de personajes —algunos peligrosísimos y letales como el magnético padre viudo, la cuñada tarot o el noblote amante ocasional con trabajo manual— como en sus escenas cotidianas y su resolución impecable. Y todo ello en un estilo casi transparente que rehúye el amaneramiento, la gesticulación y el infantilismo. Funambulista sana y salva. Lector, también.

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