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Robinson de todas partes

Eduardo Arroyo era un artista total, y por eso también era un poeta

eduardo arroyo
Eduardo Arroyo en su casa, en Madrid, en febrero de 2018.

Descansará ante su desierto favorito, su cabeza reposando sobre su ejemplar viejo de Robinson Crusoe. Robinson de todas partes, vivió una vida divertida, y fue un hombre inolvidable. En un tiempo se paraba al lado de su estudio y cantaba en italiano el himno informal de los semióticos, “amigos de las nubes”. Vestido como para salir al ruedo, elegante de noche y de día, su risa de monaguillo ruin, bajaba la tierra dando un mamporro sobre la mesa, para declarar su desacuerdo con todo. Entre Bergamín y Buñuel, dispuesto a buscar en la realidad el alimento de sus sueños. Era un amigo de las nubes, pero no habitaba en ellas.

En los últimos tiempos esa actitud contra la maldad y contra la política, “una máscara mediocre”, cobró más energía. Hasta el fin la lectura fue su alimento y la pintura fue el vehículo de su sarcasmo buñueliano.

Era un artista total, y por eso también era un poeta. Su capacidad de trabajo no lo detrajo de la vida buena. Le puso nombre a sus tragos, aquellos whiskies en copa de balón que hizo famosos en sus contornos, y era un anfitrión fabuloso; aun sin voz, era el centro de las conversaciones. Su genio, que traspasó todos los géneros que alimentó, bajaba de las nubes con la gracia de un humorista y con la rabia de un orador salvaje. No dejaba títere con cabeza, porque era dueño de un vocabulario, en varios idiomas, que le sirvió para ser un memorialista de primera fila y un escritor arriesgado, lleno de referencias en las que habitaban desde Voltaire hasta Bertolt Brecht y James Joyce.

Tachó la barbarie, deploró la mala voluntad y santificó, a su modo, el lenguaje como vehículo de todas sus artes. No fue académico de la lengua porque a esta institución le apeteció perder la oportunidad, pero su escritura queda ahí para ser integrada en la mejor prosa contemporánea de un artista español. Explicaba como quien pinta, con ironía y poniendo el sarcasmo en el centro mismo de su arquitectura.

Nació para bohemio, y lo fue, pero su estudio era el de un trabajador a tiempo completo, laborioso como Pablo Picasso y minucioso como Joan Miró. Visitarlo era estar a la vez con varios artistas, todos ellos en pleno funcionamiento. Tuvo tiempo también, mientras tanto, de ser barman y cocinero, en su casa vieja había siempre olor a óleo y a espaguetis. Un hombre para todas las estaciones, incluso para estas estaciones de nubes oscuras que le tocó vivir cuando la enfermedad se hizo la ilusión de tumbarlo. Se rehízo como el boxeador que fue, y siguió pintando y proyectando, y explicando. Creo que es el artista al que más cosas le escuché explicar. Escuchaba afirmando, aunque estuviera en total desacuerdo.

Para ello tenía los conceptos. Los sueños y los conceptos. Como aquellos lingüistas del concepto, del que su amigo Umberto Eco era santo patrón, a Eduardo Arroyo le gustaban las nubes, aunque poco las pintó. Su materia, y acaso por eso fue periodista, era la realidad, y a la realidad le ganaba terreno para pintar rostros, trenes, luchas de boxeadores ilustres o inventados (él fue, como Eduardo Úrculo, embajador imposible del boxeo) y también para intervenir en la realidad, a veces dándole golpes a las nubes.

Vivió la realidad (y la pesadilla) de este país, y aunque fue un parisino de adopción, fue España, sus toros, el vino, los grandes paisajes que adoptó en su vida, aquellos desiertos verdes de Laciana, en León, el país que quiso. Exiliado de todas partes en un momento determinado, su país fue ese arroyo de su apellido, por el que nadó en busca de una utopía, la de durar, que no pudo cumplir porque jamás se cumple ese sueño que en realidad queda en quienes ahora perdemos la oportunidad de seguir siendo testigos de su figura excepcional, elegante, vestido con ropas galantes que solo podrían ser suyas, presto siempre a dar voz o cuadros a quien se los pidiera. Pues él trabajó para otros siempre, siendo tan privado y tan suyo, pocas veces se vio en los alrededores a alguien tan exageradamente generoso como Eduardo Arroyo.

Le pregunté ayer por la mañana a Fernando Savater, su amigo, que estaba en Buenos Aires escuchando ópera, como le hubiera gustado al que acababa de dejarle en Madrid, si podía decir algo sobre Eduardo. Uno más de nuestro ejército íntimo se nos va, apuntó, y luego me envió este billete, para que lo adjuntara a lo escrito: “Artista de su vida y de la amistad, tanto como de la pintura: era original de gesto y palabra sin necesidad de proponérselo. Disfrutaba viviendo y hacía disfrutar a quienes le trataban: no tenía ese espíritu de la pesadez que fastidia a veces en buenos creadores”. Amén.

En la mesa de noche del artista quedó un libro, entre muchos. El refugio de la memoria, de Toni Judt. Con él quiso llevarse, al espacio eterno de Laciana, medio centenar de lecturas, eterno Robinson . No quiso dejar jamás esta vida que le fue tan pródiga en lectura, amor y diversiones.

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