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crítica | clásica CRÍTICA i

Benjamin Grosvenor, un pianista muy serio

El músico deja una excelente impresión en su primer recital en Madrid

Benjamin Grosvenor en un concierto en 2016 en Londres.
Benjamin Grosvenor en un concierto en 2016 en Londres.

Da que pensar que un país con un excelso sistema educativo musical como Gran Bretaña haya producido tan pocos pianistas de primerísima fila. Como no es menos llamativo que muchos de los mejores pianistas acompañantes de las últimas décadas sean británicos, desde el gran patriarca Gerald Moore hasta Roger Vignoles, pasando por Graham Johnson, Malcolm Martineau o Julius Drake. En realidad, es muy probable que el más grande pianista británico haya sido Benjamin Britten. Gerald Moore solía decir que Aldeburgh era el único lugar donde no se requerían sus servicios porque allí ya contaban con el mejor de todos. Y Londres es o ha sido ciudad de adopción de pianistas de la talla de Maria Curcio (que formó allí a decenas de instrumentistas de talento), Alfred Brendel, András Schiff o Mitsuko Uchida.

Cuando Benjamin Grosvenor, con tan solo once años, se alzó triunfador en un concurso de jóvenes músicos de la BBC, el país sintió que por fin había surgido el talento del teclado que llevaba tanto tiempo esperando. De hecho, Grosvenor fue el primer pianista británico contratado por el sello Decca, el más importante del país, después de un largo paréntesis de cuatro décadas. Con 19 años se convirtió en el pianista más joven en tocar en el concierto inaugural de los Proms, el macrofestival veraniego que organiza la BBC en el Royal Albert Hall, y desde entonces ha ido cimentando una carrera muy sólida, que le ha llevado ya a tocar con muchas de las mejores orquestas y directores del mundo.

Obras de Bach, Mozart, Chopin, Granados y Ravel. Benjamin Grosvenor (piano). Auditorio Nacional, 9 de octubre.

En Madrid pudo oírsele el pasado mes de marzo con la Orquesta Gürzenich de Colonia dirigida por François-Xavier Roth, pero es ahora cuando ha hecho por fin su presentación en recital. La elección de programa delataba a un pianista clásico y, al tiempo, amante del virtuosismo. Empezó con una versión desigual de la Suite francesa núm. 5 de Bach, con tempi desbocados en los dos primeros movimientos que dejaron claro que Grosvenor posee un fabuloso y segurísimo mecanismo, pero la música no cobró verdadero sentido hasta la Sarabande, cuando las aguas por fin se remansaron. La ornamentación añadida, que sería mejor reservar para las repeticiones de cada sección en vez de duplicarla idéntica, sonó reiterativa, ya que suele limitarse a sencillos mordentes, aunque lo cierto es que las velocidades de nuevo excesivas de movimientos posteriores (Bourrée, Gigue) no dejan margen para mucho más.

La Sonata K. 333 de Mozart conoció una versión correcta en los dos movimientos extremos (ocasionalmente emborronados por un uso excesivo del pedal, como ya había sucedido en Bach) y mucho más que eso en el Andante cantabile central, donde Grosvenor hizo gala de un sonido y un fraseo de alta escuela, con una perfecta comprensión y traducción de las constantes sorpresas armónicas de la segunda sección. El Allegretto grazioso final, tocado con una impecable pulsación, volvió a sonar, sin embargo, innecesariamente apresurado.

Poco personal fue la traducción de la Barcarolle de Chopin, con una ejecución prodigiosa de los dobles trinos, pero sin que la música se balanceara libre y espaciosamente como reclama esta música de engañosa apariencia inocente. Fue un acierto conectar al compositor polaco con Granados, uno de sus herederos naturales, cuyas Goyescas llevan años figurando en el repertorio de Grosvenor. Tocó muy bien Los requiebros, exigentísima técnicamente, aunque su versión ganaría mucho con una mayor flexibilidad o con un énfasis más acusado en lo que el propio Granados anota en la partitura: “garbo y donaire”. En cambio, nos regaló una versión poética, sentida e intensa de La maja y el ruiseñor, si bien Grosvenor se sitúa siempre más cerca de la contención que del desafuero romántico.

En Gaspard de la nuit, que tan bien conecta asimismo con Goyescas, los dedos prodigiosos del inglés se hallaron por fin en lo que parecía su líquido elemento. Tocó Ondine con un gran sentido del color, mantuvo sabia e implacablemente el ostinato rítmico de Le gibet y se enfrentó a las legendarias y temibles exigencias de Scarbo sobrado de recursos, provocando una justa respuesta entusiasta en el público. No es Grosvenor un pianista al uso y su sobria manera de tocar está mucho más cerca de los pianistas del pasado que de sus colegas millennials, muchos de ellos más pendientes de la promoción personal y de llamar la atención de una manera u otra que de tocar lo mejor posible. Su peculiar idiosincrasia volvió a ponerse de manifiesto en las dos inusuales propinas que tocó para agradecer los incesantes aplausos: el Estudio op. 72 núm. 11 de Moszkowski (la vieja escuela) y una de las Piezas líricas de Grieg (Erotikk, de la op. 43). El británico madurará a buen seguro, su personalidad aún algo borrosa se perfilará y acentuará, empatizará mejor con el público a pesar de su marcada seriedad y su pianismo, deslumbrante desde el punto de vista técnico, se volverá aún más interesante y atractivo.

El ciclo de Grandes Intérpretes atraviesa una seria y, en apariencia, imparable crisis de público y la Sala Sinfónica del Auditorio Nacional presentaba un aspecto descorazonador, con casi dos tercios de las butacas vacías. El talento de Grosvenor no lo merecía.

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