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Fiesta de pueblo catódica

Cuando empezaba el verano había un programa que podías ver a tu antojo sin miedo a perderte nada, porque cualquiera que fuera el momento en el que te reengancharas, conocías el planteamiento, el nudo y hasta el desenlace: 'Grand Prix'

Ramón García y Julia Alfaro, en 2001 en el plató de 'El Gran Prix'.
Ramón García y Julia Alfaro, en 2001 en el plató de 'El Gran Prix'.

Verano sabe a libertad condicional, noches de charlas y aire libre, todo el que el resto del año nos tiene vedado el tictac del reloj que corre como si viviéramos en una arritmia continua que solo da tregua poco más de un día de cada siete. Esa ansía de calle casa poco y mal con la televisión. Pero si vamos por ahí este texto no tiene sentido, así que echemos mano de la memoria y juguemos con la máquina del tiempo para ir hacia atrás, pocos años después de que las cadenas privadas hubieran conseguido diversificar la oferta para los telespectadores, pero no tanto como para que La 1 hubiese perdido su reinado en las noches de estío.

Lo habrán leído más veces y los que tengan una edad serán aún capaces de acordarse, pero, queridos nativos digitales, entonces apenas había móviles, sus pantallas solo servían para ver el número que se marcaba y las series de televisión se veían de semana en semana y no en bucle y a la carta. Si te perdías un capítulo, no había marcha atrás. Se convertía en perentorio recurrir al amigo enganchado para que hiciera un spoiler -aunque la palabreja aún no era de uso común- que te permitiera seguir la trama y mantener la conversación del desayuno colectivo. A ver de qué otra forma podrías seguir criticando las artimañas del malvado de turno y envidiando los lances del que nunca adivinabas con quién iba a acabar en la cama.

Sin embargo, cuando empezaba el verano había un programa que podías ver a tu antojo sin miedo a perderte nada, porque cualquiera que fuera el momento en el que te reengancharas conocías el planteamiento, el nudo y hasta el desenlace. Basta con recordar una fiesta de pueblo e imaginársela organizada en un plató de televisión. El resto era hartarse a reír -a veces también de vergüenza- con pruebas hechas a la medida de esa carcajada inconsciente que contenemos por educación ante una caída cómica que sabemos no tendrá consecuencias. Así a grandes rasgos era el Grand Prix, el programa que durante 14 temporadas (10 en Televisión Española y las restantes en las autonómicas), retumbó en las terrazas convertidas en cine al aire libre en las noches de canícula.

El logo era un toro de dibujo animado, al que no le faltaba un cencerro y una corona de laurel para que los despistados tuvieran claro que aquello era un concurso de y para el pueblo. Mejor dicho, de y para los pueblos porque el programa tenía sabor a Ninja Warrior pero de andar por casa. Para aspirar a Ninja, un remedo sofisticado de su antecesor de hace más de dos décadas, hay que estar cachas, tener pinta de poder conquistar el Everest sin oxígeno y hablar con la seguridad aplastante de los superhéroes. Los concursantes del Grand Prix solo debían pertenecer a un pueblo de la geografía española de menos de 50.000 habitantes, querer salir en televisión a darlo todo por su localidad y no tener miedo al ridículo, porque había que escalar rampas, pasar troncos locos, subir una grasienta cucaña o encestar todo tipo de artilugios, jamones incluidos, disfrazados de cualquier cosa que invitara al jolgorio, ya fuera vaca florida o pollo paticorto.

Algunos se libraban del chirigotero disfraz y jugaban a la patata caliente, donde con suerte el ridículo se limitaba a no atinar ni una respuesta mientras un globo se iba hinchando hasta que estallaba irremediablemente en la cara de alguno de los contrincantes. Pero este solía ser un privilegio reservado a los alcaldes de las villas competidoras y a los rostros famosos que actuaban como padrinos de cada equipo. Que siempre hay clases.

Así pasaba el verano, con parroquianos haciendo reír y riéndose, con azafatas en minishort y con musiquillas ramplonas para cuya interpretación no faltaba banda y templete. El programa era malo -engañarse no merece la pena- pero sus audiencias ya las quisieran muchas series de culto. Y además, durante una década, contó con Ramón García como presentador, otro clásico que en verano hasta se quitaba la capa con la que ha acompañado tantos años a los españoles en Nochevieja. Si todavía dudan de por dónde iban los tiros, atentos a la letra de la canción que anunciaba el programa: "En el campo y en las playas hace calor, y la gente se pasea en bañador. El sol aprieta. Por fin llegó el verano, viene con este programa de la mano. Va a empezar, ya está aquí, lo que más te gusta a ti. Es el Grand Prix, es el Grand Prix".

Después de semejante poesía solo había que esperar los resbalones, chapuzones y otras zarandajas. No había pretensiones más allá de hacer reír a la familia. Los abuelos recordaban otras fiestas de pueblo en las que fueron protagonistas y los nietos atesoraban recuerdos mientras acariciaban sus manos nervudas y memorizaban sus arrugados rostros sonrientes. Eso era el Grand Prix... del verano.

Periodistas de EL PAÍS recuerdan en esta serie cómo han vivido su relación con el verano y la televisión.

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