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Muere a los 86 años el historiador Josep Fontana

El profesor emérito de la Pompeu Fabra era uno de los grandes renovadores de la historiografía española

Josep Fontana en una entrevista en 2017.
Josep Fontana en una entrevista en 2017.

Josep Fontana, uno de los grandes renovadores de la historiografía española y dueño de un inusual compromiso cívico, murió ayer en Barcelona a los 86 años tras mucho tiempo de estoica lucha contra un cáncer al que él, siempre atareado, siempre incansable, hizo el menos caso posible.

Fue quien mejor entendió el hundimiento del Antiguo Régimen en España al compararlo por vez primera con lo que ocurría en Inglaterra o Francia en el XIX. También fue quien mejor ha leído desde la península la globalidad del siglo XX. Su credo nació de un libro que su padre le dio cuando apenas tenía siete años. El hombre era propietario de una librería de viejo en la calle Boters, en pleno centro histórico de Barcelona. Era, le dijo al niño, para que empezara su propia biblioteca, que con los años acabaría compuesta de unos 50.000 libros que donó en su mayor parte a la Universidad Pompeu Fabra. Conservó 15.000 volúmenes hasta el último día en su casa para seguir trabajando. Lo leyó siempre todo.

La obra clave de aquel regalo paterno fue uno pequeñito, ilustrado y que siempre conservó, de Ferran Soldevila. Sería uno de sus tres maestros. En los años 50 acudía a sus clases clandestinas de los Estudios Universitarios Catalanes, que Soldevila impartía en el comedor de su casa. De él, decía, aprendió que “tras un documento hay seres humanos con sentimientos y problemas”. Los otros dos faros serían Jaume Vicens Vives —“una isla de modernidad en un mar de carcas retrógrados” en la universidad franquista; él le inculcó la conciencia cívica (“me hizo ver que se puede servir al país a través de la ciencia de la Historia”)— y Pierre Vilar, al que llegó por generosidad de Vicens Vives cuando éste vio que no podía satisfacer el hambre intelectual de su discípulo. 

Un credo tatuado desde la infancia

El credo íntimo que hacía definirse a Fontana (Barcelona, 1931), desafiante en estos tiempos de neoliberalismo salvaje, como “rojo y nacionalista, que no son dos cosas incompatibles”, lo llevaba tatuado desde su infancia, forjada por el recuerdo de los bombardeos durante la Guerra Civil “duros, porque buscaban el Palau de la Generalitat, que estaba muy cerca de casa, por eso íbamos al mismo refugio del palacio” Y, claro, por la propia actitud del padre, que en una librería anterior, en la calle de la Palla, acogía a un grupo ligado al Bloc Obrer i Camperol. “Sí, crecí en un ambiente inequívocamente catalán y de izquierdas”. La consecuencia: un rápido compromiso de joven con la lucha clandestina que le llevaría al PSUC. Como fue norma en él, decisión de lógica aplastante: “Era la fuerza más eficaz para liquidar el franquismo y unía principios sociales con la mirada de la autodeterminación”. Una fiel coherencia que mantuvo entre 1957 y 1980, cuando abandonó el partido.

Con Europa ante el espejo (1994) o Por el bien del imperio. Una historia del mundo consiguió notoriedad y prestigio dentro y fuera de España

Recién licenciado en Letras y ya fichado por Vicens Vives, que se lo llevó de ayudante junto a otra promesa, Jordi Nadal, Fontana inició una rauda y brillantísima carrera en la flamante Facultad de Económicas de la Universidad de Barcelona, que le llevó muy pronto a ser un año (1956) assistant lecturer en la de Liverpool, lo que se tradujo en el acceso a una bibliografía inimaginable en la España de los 50. Ni la expulsión en 1966 de la universidad por su militancia comunista truncó una trayectoria que, con los años, le llevaría a ocupar la cátedra de Historia Económica en las universidades de Valencia (1974-1976), de la Autónoma de Barcelona (1976-1991, donde fue también decano y vicerrector) y de la Pompeu Fabra.

Su figura creció como experto irrefutable del modelo de transición del Antiguo Régimen hacia el capitalismo y la formación del mercado peninsular. De ahí partieron algunos de sus libros fundamentales, como La quiebra de la monarquía absoluta 1814-1820, de 1971, Hacienda y Estado, 1823-1830 o La crisis del Antiguo Régimen (1808-1832). El truco siempre era el mismo: documentación de fuentes casi siempre inéditas, exhaustivas bibliografías consultadas  y una interpretación sagaz que, encima, exponía de manera clara y brillante.

El credo profesional de quien mejor entendió el hundimiento del Antiguo Régimen en España parte de media docena de libros que su padre le dio cuando tenía 7 años

Títulos como esos o Aribau y la industria algodonera en Cataluña podrían dar una imagen de erudición y aridez extrema. Nada más lejos de Fontana, siempre excelente y riguroso divulgador, como pueden testimoniar las decenas de profesores de bachillerato a los que impartía Historia cada sábado por la mañana o los miles de alumnos que le escucharon en unas clases que tenían su puesta en escena: puntual, se sacaba el reloj de pulsera y lo dejaba reposar a la derecha de los folios que contenían la materia de la jornada que siempre llevaba escrita, como sus intervenciones en los tribunales académicos, lo que quizá explique su ingente producción de prólogos (superan los 150).

Vital en su labor divulgadora fue su función de editor en la sombra, primero en los años 70 en el sello Ariel y luego en el de su amigo editor Gonzalo Pontón, Crítica. Ahí remachó su labor de introductor en España de escuelas historiográficas renovadoras inspiradas en buena parte en el marxismo: la de los Annales, los propios Vilar y Eric Hobswam, E. P. Thompson, George Rudé, Michele Vovelle, Marc Bloch, Albert Soboul… Pero también gracias a él se dio la recuperación de textos del presidente de la República española Manuel Azaña, como el sincero Memorias políticas y de guerra. En esos despachos inventaba títulos, rehacía traducciones o redactaba contracubiertas sin que se le cayeron los anillos de catedrático.

Se definía como “rojo y nacionalista, que no son dos cosas incompatibles”

Como sus maestros Soldevila y Vicens Vives, Fontana también acabó saltando de siglo y plantándose en su actualidad. Y con ambición porque “uno no puede estudiar el rinconcito en el que vive sin conocer las corrientes que le rodea”, sostenía. Por eso, a partir de los años 90 su bibliografía de más de más de una veintena de títulos se amplió con una historiografía universal que tuvo su primer gran hito en Europa ante el espejo (de 1994, con 12 traducciones) y que remachó de una manera tan espectacular como omnívora en Por el bien del imperio. Una historia del mundo desde 1945 (2011), seguramente la mejor mirada peninsular a la Guerra Fría y sus consecuencias, y en donde se aprecia el dominio de fuentes, aún con las nuevas tecnologías de por medio, que el ya veterano historiador mantuvo hasta el último día.

Sabedor de su solidez intelectual, no exento de cierta dureza que contrastaba con su generosidad para con estudiantes y entidades populares (a los que solía atender en la mesa de cristal de su domicilio atiborrado de libros y carteles en su modesto barrio de siempre, Poblesec), Fontana nunca rehuyó el debate dialéctico ni se escondió en sus opiniones. Así, no dudaba en señalar que en la Transición española “el juego estaba trucado, se cometieron errores serios: los políticos no estaban dispuestos a defender ya los mismos principios que habían dicho a la gente, ni a luchar por lo que se defendía en la clandestinidad; se le dijo a las fuerzas sociales que ya podían volverse para casa”. Por eso quizá apoyó a la formación de Barcelona en Comú de Ada Colau, cerrando en 2015 simbólicamente su lista: “No eran un partido, querían administrar el Ayuntamiento, no aprovecharse de sus recursos para alimentar el partido como hacen los demás”. O por ello también mostró sus simpatías hacia la CUP, movimiento “limpio y sincero”, si bien con “un programa más para hacer la revolución que para hacer una política parlamentaria y eso es un problema”. Ciudadanos le parecía “de los más peligrosos: es un invento catalán que engarza con la tradición de nuestra gran burguesía, que cuando ve obstaculizados sus intereses, se pasa al enemigo; ya lo hizo en 1936”.

Sabedor de su solidez intelectual, Fontana nunca rehuyó el debate dialéctico ni se escondió en sus opiniones

Con Bertolt Brecht como guía

A pesar de tener la Creu de Sant Jordi en 2006 o haber escrito hace apenas tres años un tan exitoso como inequívoco La formació d’una identitat. Una història de Catalunya (“El ‘Som i serem’ de la sardana La Santa Espina es una línea perdurable de la identidad catalana”; “uno sólo puede separarse si el otro acepta que te separes”; “los catalanes sólo pueden seguir luchando; llevamos así 500 años; no hay otra salida”, ha dicho en diferentes ocasiones sobre el Procés), su contundencia también la dirigió hacia determinado nacionalismo catalán, como el representado por Artur Mas: “Su giro catalanista lo hizo porque era salvador para él”. Del resto del mundo, lo tenía, cómo no, muy claro: veía en la última gran crisis económica “la gran mentira de las políticas de austeridad; se llegó a ella por la degradación de las condiciones de trabajo y la paulatina aplicación de reformas laborales que han eliminado derechos y menoscabado la capacidad de reacción de los trabajadores”, dudaba de la supuesta estabilidad económica actual, veía en la inmigración el gran problema presente y futuro y admitía: “Sí, están ganando los ricos”.

Fiel a su concepto de que “la Historia ha de ser un análisis crítico de los acontecimientos” y de que su estudio “debe ayudar a crear una conciencia de la Historia”, en la pared de su cargadísimo despacho colgaba un poema de Bertolt Brecht que, de algún modo, él con su labor había dado sentido: “Quien todavía esté vivo que no diga jamás: lo que es seguro no es seguro. Todo no será siempre igual. Cuando hayan hablado los opresores, hablarán los oprimidos. El que haya caído, debe levantarse, el que haya perdido, debe luchar. ¿Quién podrá detener al que conoce la verdad? Porque los vencidos de hoy son los vencedores de mañana, y el jamás se va a convertir en ahora mismo”. Decía que le gustaba volver a esas palabras.