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MUJERES CON HISTORIAS | 4

La domadora y el sexo del tigre

El célebre número de Mabel Stark es uno de los más recordados de la historia del circo

Mabel Stark durante su numero de tigres en los años veinte.
Mabel Stark durante su numero de tigres en los años veinte.

Entre las muchas historias asombrosas del mundo del circo destaca especialmente la tan extraordinaria de la domadora de tigres Mabel Stark, una de las primeras en la especialidad, que se metía en una jaula con hasta 18 de esas quisquillosas fieras listadas y tuvo una relación tan íntima con una, el gran macho Rajah, que el felino acababa su número eyaculando sobre ella. Como lo oyen. Stark (Princeton, Kentucky, c.1889-Thousand Oaks, California, 1968 ) tuvo incluso que cambiar su indumentaria de cuero negro por una de color blanco a fin de disimular las embarazosas (!) efusiones de la bestia.

Mabel Stark pionera en los años veinte del pasado siglo de la peligrosísima doma de tigres (la siguieron otras como Madame Morelli, Rita Nazarova o Irina Bugrimova), ha sido reivindicada por el feminismo como una mujer libre y emprendedora que hizo carrera en un campo que parecía entonces, cuando se amaestraba a base de látigo, pistola, músculo y reaños, reservado a la más viril masculinidad. Stark, que domaba a sus fieras con inteligencia, zanahoria en forma de filete de caballo y mano izquierda, fue además al parecer más feliz con los tigres que con los hombres; y eso que se casó al menos cuatro veces (parte de su biografía está envuelta en sombras) y que la mordieron mucho, los tigres.

La artista se encerraba en la jaula con 18 bestias al mismo tiempo

En tres ocasiones estuvo al borde de la muerte a causa de los ataques y su cuerpo, cubierto de cicatrices de la cabeza a los pies, era un poema (de Blake). Cualquiera que haya visto a un domador desnudo (yo he visto a varios cambiándose para la función, entre ellos, en su carromato, a Ángel Cristo en calzoncillos, visión que me llevaré a la tumba) sabe qué tremendas heridas son capaces de infligir los grandes felinos. A Mabel Stark no solo la sajaron con zarpa y colmillo sino que le arrancaron porciones enteras de carne y músculo. Una vez casi le arrancaron una pierna, que le quedó colgando por un pingajo de piel. Cómo al final de su vida –su carrera duró 57 años- no se caía a trozos y seguía aguantando dentro de los uniformes de opereta (blancos) y bajo esa mata de pelo digna de Harpo Marx, eso sí, sin sonreír un ápice, es un misterio.

Dotada de un coraje inexplicable para nosotros los mortales comunes (aunque en cambio le daba miedo el metro, qué cosa), la domadora siempre regresó a la pista, a la jaula y a ponerse bajo la mirada verde esmeralda de la muerte con rayas. Es difícil decir qué llevaba a Mabel a los tigres, unos animales que los propios domadores que los aprecian consideran absolutamente imprevisibles e impulsivos, cuando no traicioneros. “Con un león sabes siempre más o menos lo que hará”, decía Roman Proske, el famoso Capitán Proske, que trabajó con toda clase de fieras en los mejores circos del mundo; “con un tigre jamás”. Los leones siempre rugen antes de atacar, lo digo por si les puede servir en alguna ocasión comprometida. Ese carácter de grandes bluffeurs no lo tienen los tigres. Parece que te acepten, que te obedezcan, que te aprecien incluso, pero a la que te descuidas, ¡zas!, te dejan hecho trizas sin mayor explicación. Cristo lo resumía de manera más contundente que Proske y con varios ex abruptos, aunque recalcaba que a él se lo habían intentado comer tanto tigres como leones.

A Mabel Stark, aunque trabajó también con leones, leopardos y jaguares, le pirraban los tigres. “Llaman al león Rey de la Selva, pero el tigre es el verdadero señor de toda la creación animal”, escribió su autobiografía Hold that tiger (1938). “Puedes acobardar a un león, pero a un tigre nunca”. Solitaria y poco social, se identificaba con ellos, admiraba su belleza, su determinación y pureza. Según Robert Hough, obsesionado con su biografía hasta el punto de escribir una apasionante novela sobre ella en primera persona, The final confession of Mabel Stark (Atlantic Books, 2004), con probablemente incluso menos dosis de invención que las propias memorias de la domadora, la muerte de sus padres cuando era niña le creó un complejo de culpa típica de superviviente que la condujo a un impulso de autodestrucción, y a los tigres. Hough y la historiadora del circo Joanna Joys especulan con que tuviera una crisis nerviosa de joven, fuera tratada por la escasamente sutil psiquiatría de la época y la sometieran a esterilización por ligadura de trompas como se acostumbraba. El caso es que no tuvo hijos en ninguno de sus matrimonios, que en la mayoría fueron con gente del circo que la ayudaron a progresar en su carrera.

Su cuerpo estaba lleno de cicatrices de la cabeza a los pies

Su vida sexual parece haber sido compleja, no solo por lo del tigre rijoso (y porque a uno de sus maridos la gente lo tenía por una mujer), sino porque solía dejar dormir al felino en su cama, lo que no ha de favorecer precisamente una vida conyugal plena. En su novela, Hough pone que Rajah le robaba las bragas a Mabel Stark (¡vaya con el tigre!) y que esta tenía que esconderlas, lo que no era fácil dado el fino olfato que, es sabido, poseen los felinos.

Nacida Mary Hayne, Mabel Stark empezó a trabajar de joven de enfermera pero al poco estaba haciendo de bailarina exótica en un circo. Pasó a trabajar como caballista y de ahí, en 1916, a los tigres, gracias al domador Louis Roth, con el que se casó y al que luego abandonó al caer el hombre en el alcoholismo, que debe de ser dificilísimo de combinar con la doma de fieras. Con tesón y coraje, mucho coraje, Mabel alcanzó el estrellato llegando a ocupar en 1923 con su número de tigres la pista central del Ringling Brothers, Barnum & Bailey, el Olimpo del circo.

Solitaria y poco social, se identificaba con estos animales

El número que la hizo especialmente famosa fue aquel en el que Rajah, el enorme tigre de Bengala al que había cuidado desde cachorro y sacaba a pasear con traílla (llegó a ser su padrino de boda), se le abalanzaba por la espalda y la derribaba mientras ella simulaba estar despistada. La gente gritaba creyendo que el enorme tigre la estaba devorando, pero lo que sucedía, al principio para sorpresa de la propia domadora, era muy distinto. Rajah sujetaba a Stark como hacen los tigres machos con las hembras al copular, y de hecho se metía tanto en situación que, no encontrando mejor forma de culminar, según contó ella misma, acababa eyaculándole encima. La primera vez, los mozos de pista y los artistas que se apercibieron de lo que había sucedido se dieron un buen atracón de risa. No podemos saber si había otras efusiones hors piste. Hough escribe que sí y que la domadora tranquilizaba a su tigre en la intimidad rascando su “pleasure spot”, esté eso donde esté en un tigre.

Tras años en la cúspide, que coincidieron con la época dorada del circo estadounidense, y haberse introducido en el mundo de Hollywood -hizo de doble de Mae West en I’m no angel (1933)-, la carrera de Stark entró en declive al decidir el Ringling prescindir de su número y sustituirla por Clyde Beatty, coincidiendo con el matrimonio de la domadora con un administrador del circo que les estafó una pasta. Stark pasó varios años en circos de segunda fila hasta recalar en 1938 en Jungleland, un centro de adiestramiento de animales para el cine y parque temático. En 1968, tras el disgusto de que a una tigresa escapada, Goldie, la mataran a tiros y que a ella la despidieran, Mabel Stark se suicidó con una sobredosis de barbitúricos. La encontraron al cabo de tres días. Ella siempre sostuvo que quería morir en las garras de un tigre. “La vida sin tigres no vale la pena, no encuentro felicidad ni placer sino con ellos”, escribió. Seguramente Rajah hubiera dicho lo mismo de su domadora.

El peor ataque, en territorio de Stephen King

Durante su carrera, Mabel Stark (sobre la que se ha estrenado un documental el pasado marzo Mabel, Mabel, tiger trainer y a la que Sam Mendes quiere dedicar una película con Kate Winslet) fue atacada por sus fieras numerosas veces. Nunca echó la culpa a sus animales sino a ella misma. Dentro de lo que cabe tuvo mucha suerte. A su predecesora Marguerite Haupt la había destripado en la pista uno de los tigres que pasaron a manos de la domadora. Entre los casos modernos más famosos de ataque está, claro, el que sufrió Roy Horn, del célebre dúo de domadores-magos (y amantes) de Las Vegas Siegfried & Roy, por parte del tigre blanco Manticora en 2003 y que lo dejó dramáticamente paralizado del lado izquierdo. El momento más terrible de Mabel Stark tuvo lugar en Bangor, Maine (¡el lugar donde vive Stephen King!) en 1926. Había llovido, los tigres estaban incómodamente húmedos y no habían comido lo que desde luego aconsejaba cancelar el número, pero la domadora, quizá en un primer impulso suicida, decidió actuar. Fue un desastre. Uno de los tigres, Belle, se sentó en el taburete del macho dominante, Sheik, que, furioso, se fue a por Mabel y la hizo caer de un zarpazo. Otro tigre resentido, Zoo, aprovechó la oportunidad y le arrancó un buen trozo de músculo de la pierna de un mordisco. En medio de un pandemónium de rayas y colmillos, Sheik volvió a la carga para llevarse parte del cuero cabelludo de la domadora y Zoo empezó a arrastrarla para devorarla en un rincón. Stark, bañada en sangre, tuvo la serenidad de desenfundar su revólver y hacer un disparo de salva en el hocico del tigre, que la soltó. La sacaron de la jaula más muerta que viva y estuvo dos años entrando y saliendo del hospital hasta recuperarse. “Me preguntaba en cuántos trozos me descuartizarían los tigres”, recordaba de aquella tremenda hora listada. “Sobre todo estaba preocupada por el público, debía ser una visión horrible contemplar cómo me desgarraban, y sufría también por mis tigres, pensando en el castigo que les impondrían por matarme”.