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OPINIÓN

Grandes maestras, otras miradas

Los grandes museos clásicos han empezado a darse cuenta de que comprar un cuadro de alguna de las grandes maestras no es anatema ni mal negocio

Si hace unos años —incluso pocos— se hubiera vaticinado la reciente compra del maravilloso Autorretrato como santa Catalina de Alejandría de Artemisia Gentileschi por la National Gallery de Londres, uno de los museos de arte clásico más exclusivos del mundo, nadie lo hubiera creído. Al sector más reaccionario le hubiera parecido un anatema más que un mal negocio; a las convencidas de la aportación extraordinaria de tantas mujeres a la historia del arte, un sueño luminoso que quizás no llegaría jamás. Desde luego, las segundas hubieran tenido motivos más que justificados para argumentar su sospecha, a menos que 40 años —bueno, alguno menos, pero pocos— le parezca a alguien un tiempo razonable de espera.

Cuarenta años es el tiempo transcurrido desde la inauguración de la muestra de Nochlin y Harris en 1978 —Mujeres artistas. 1550-1950—, la primera revisión en busca de los nombres olvidados de las grandes maestras. Fue un proyecto memorable que debería haber abierto los ojos a todos. No fue así, pero a partir de entonces el reloj echó a correr y, aunque las mujeres vivas trataban de encontrar su lugar —peleado cada centímetro, por cierto, con un esfuerzo sin tregua—, la incorporación de las creadoras clásicas en la historia se hacía esperar. Mucho. Más de la cuenta. La justificación era clara: artistas contemporáneas aún, pero con Rubens, Vermeer o Miguel Ángel no se jugaba. Esa es pintura seria. Cosa de profesionales. Ahí pocas tonterías de mujeres artistas.

Ahora —estaba a punto de decir que de repente, pero ese término no casa bien con casi medio siglo de espera— los grandes museos clásicos han empezado a darse cuenta de que comprar un cuadro de alguna de las grandes maestras no es anatema ni mal negocio, sino una forma de mirar con ojos renovados. Si la “calidad” —concepto que ha regido la historia del arte durante siglos— es ya un concepto obsoleto, ¿quién dice que esa obra de una gran maestra es peor que la de un gran maestro?

Igual no hace falta ni adquirir obras, por otro lado siempre una magnífica noticia, como cuando el Prado compró el fabuloso retrato de Sofonisba Anguissola, de la cual sería maravilloso si se concretara al fin la exposición en el museo madrileño. Lo fundamental es dejar que las obras de las grandes maestras salgan —y se queden— en las salas; que se revisen las atribuciones, que no vuelva a ser noticia el trabajo de una artista por algo que no sea lo asombroso de la obra misma.